En los hospitales hay mucha gente que cuida sin ser médico
Los enfermeros y limpiadoras, discretos y a veces infravalorados, custodian confidencias y deseos pendientes en cuidados paliativos
«La vida cambia en un minuto», nos cuenta el capellán de la Fundación Instituto San José. Pero otras veces, pasar de un estadio crónico al final toma varios meses e incluso años. Con una población cada vez más envejecida y un sistema preventivo que agarra a tiempo muchas enfermedades, cada vez más las que acaban con la vida de nuestros vecinos son las incurables. Pero no incuidables. «La medicina no puede abandonar al paciente», nos dice con fuerza la jefa de paliativos del centro.
Sin quitarle mérito al suprimir de un plumazo los dolores más insoportables, los cuidados paliativos van mucho más allá de lo meramente farmacológico. Tienen un marcadísimo componente social, pues los médicos y enfermeros —e incluso el personal de limpieza, discretísimo y a menudo garante de las confidencias más insospechadas— juegan un papel clave para humanizar el abismo más intimidante y permitir a los pacientes reconciliarse con sus familias, encontrar un sentido a su trayectoria vital y asistencia espiritual. En el caso de que sean creyentes, es fácil deducir que la que mejor les vendrá será la católica. Lo sorprendente es que, «sin bibliazos», como nos dice el gerente del centro, quizá para los no creyentes también. No por un afán proselitista del que el Papa Francisco nos previno una y mil veces, sino por la experiencia constatada en personas que pasaron la vida a la carrera y no fue hasta el final que pudieron preguntarse el por qué de aquellas prisas.
Siendo médicos, se presupone a los profesionales de este sector mucho conocimiento técnico. Lo tienen. Pero, como nos cuenta María Antonia, el hecho distintivo está en «la humanidad» con la que acompañaron a su hermano en sus últimos momentos. Ella ilustra a la perfección esas reconciliaciones que se producen al final, cuando las barreras caen, incluso aunque Luis le diera algún disgusto. Ahora el reto es, no solo apoyar estos recursos sino, aún con salud, pensar con quién más nos tenemos que reconciliar.