«En la fe cristiana no encaja el automatismo sacramental»

La Comisión Teológica Internacional ha dedicado cinco años de estudio a la relación de reciprocidad que existe entre fe y sacramentos. El resultado es un documento cuya meta es impulsar la práctica sacramental entre los católicos. «Tomar en serio la sacramentalidad exige unos mínimos de fe para evitar que la celebración de los sacramentos caiga en un ritualismo vacío», asegura el padre Gabino Uríbarri, miembro de la comisión

Victoria Isabel Cardiel C.
Foto: CNS

La Comisión Teológica Internacional ha dedicado cinco años de estudio a la relación de reciprocidad que existe entre fe y sacramentos. El resultado es un documento cuya meta es impulsar la práctica sacramental entre los católicos. «Tomar en serio la sacramentalidad exige unos mínimos de fe para evitar que la celebración de los sacramentos caiga en un ritualismo vacío», asegura el padre Gabino Uríbarri, miembro de la comisión

La Comisión Teológica Internacional, un órgano de la Curia romana que ayuda a la Santa Sede y en especial a la Congregación para la Doctrina de la Fe a poner luz en cuestiones doctrinales espinosas, ha analizado durante cinco años la relación de reciprocidad que existe entre fe y sacramentos. El resultado es un sesudo documento, muy técnico, de carácter doctrinal, y con incidencia pastoral y canónica, dirigido tanto a la comunidad académica como pastoral, concebido para impulsar la práctica sacramental entre los católicos. Entre otros aspectos, el organismo del Vaticano que agrupa a la excelencia internacional del campo de la investigación teológica analiza diversas situaciones, como la praxis sacramental realizada sin fe. A este respecto, el profesor de la Universidad Pontificia Comillas Gabino Uríbarri Bilbao, SJ, remarcó en una entrevista con Alfa y Omega que «en la fe cristiana no encaja lo que se puede denominar un automatismo sacramental».

La Comisión Teológica Internacional ha profundizado durante cinco años en el estudio sobre La reciprocidad entre fe y sacramentos en la economía sacramental. ¿De dónde nace la necesidad de hacer un estudio específico sobre la reciprocidad que existe entre la fe católica y los sacramentos?

Los agentes pastorales se enfrentan con frecuencia a situaciones en las que surgen muchas dudas sobre la fe de quienes solicitan los sacramentos, y también hay personas que se consideran cristianas, pero sin práctica sacramental asidua. Se ha constatado una extensión considerable tanto del ritualismo –una celebración sacramental sin fe o con muchas dudas acerca de la fe de quienes reciben los sacramentos–, como de la privatización, una concepción que entiende la fe como un asunto privado con Dios, en el que la Iglesia y su estructura sacramental no tendrían nada sustantivo que aportar.

El documento abunda en la idea de que existe cierta crisis en la práctica pastoral actual. ¿Por qué?

La visión sacramental de la realidad se halla hoy en día fuertemente cuestionada, al menos por cuatro frentes. Desde amplios círculos de la filosofía, se pone en duda que se pueda conocer la realidad. En segundo lugar, predomina el paradigma tecnocientífico, que es ajeno al pensar simbólico que, por ejemplo, hace que el pan consagrado, siendo pan, sea el Cuerpo de Cristo. Asimismo, hoy nos relacionamos con las imágenes desde la lógica de lo virtual, en la que la imagen no necesariamente apunta a una referencia real verdadera que representa sino que, sobre todo, suscita una emoción estética sin más. Así, no hay relación intrínseca entre la imagen-símbolo y la realidad simbolizada, sino un juego estético sin referente real, solo virtual. Por último, la visión sacramental se ve minada por los modos modernos de darse la creencia religiosa (pluralista, individualista, emocional, con bricolaje) que también son ajenos a la lógica sacramental, que contiene un claro componente objetivo, institucional, comunitario y eclesial.

¿Cuál es la finalidad del texto y a quién va dirigido?

La finalidad es clara: «Nos proponemos poner de relieve la esencial reciprocidad entre fe y sacramentos, mostrando la mutua implicación entre fe y sacramentos en la economía divina». Nuestra intención dista mucho de poner barreras a los sacramentos. Al contrario, nos gustaría que el documento ayudara a impulsar la pastoral y la práctica sacramental. Tomar en serio la sacramentalidad en la historia de la salvación exige unos mínimos de fe para evitar que la celebración de los sacramentos caiga en ritualismo vacío, en magia o en la privatización subjetivista de una fe que ya no sería la fe eclesial.

El documento es un texto técnico, de carácter doctrinal, con incidencia pastoral y canónica. Como documento teológico va dirigido a la comunidad académica que se dedica a las ciencias sagradas, en particular a quienes cultivan la teología sacramental y el derecho canónico sacramental. También hemos tenido en mente a los obispos, a los párrocos y a quienes están involucrados en la pastoral sacramental, si bien se precisa una cierta formación teológica previa para leerlo con fluidez.

El texto analiza diversas situaciones prácticas. Entre ellas, la praxis sacramental realizada sin fe. ¿Cuáles son las conclusiones en este ámbito?

El documento argumenta con cierto detenimiento tres puntos fundamentales que son precisos de asimilar para entender el razonamiento posterior. El primero, que la revelación de Dios y la historia de la salvación poseen un tenor sacramental, debido a la importancia máxima de la encarnación. La encarnación no solamente es la cumbre, sino que marca la pauta de cómo acontece la revelación y la salvación. En la encarnación constatamos que una realidad material creada, la humanidad de Cristo, implica la presencia salvífica de Dios en su Hijo en medio de la historia. En términos más técnicos, la historia de la salvación, por ser encarnatoria, es sacramental. Esta revelación sacramental está ordenada a la comunicación de la gracia divina a la persona humana: es dialogal. La fe constituye precisamente la respuesta a la interlocución sacramental del Dios trino. Por eso, la fe cristiana, como respuesta a una revelación sacramental, es de carácter sacramental. De aquí se puede extraer, como conclusión de notable calado, que en la fe cristiana no encaja lo que se puede denominar un automatismo sacramental.

Con estos presupuestos, sin fe simplemente no hay sacramento, porque, aunque se mantiene en pie en todo su vigor la oferta divina de la gracia, sin fe no se da la acogida que se corresponde al carácter dialogal de la historia salvífica.

Nuestras conclusiones van en la línea de reforzar los procesos catecumenales previos a la recepción de los sacramentos; mejorar todo lo posible la propia celebración de los sacramentos, pues una liturgia bien celebrada ayuda mucho a la captación de la gracia sacramental correspondiente, y continuar con un proceso de acompañamiento la recepción de los sacramentos, como se hacía en la Iglesia antigua con las catequesis mistagógicas. Los pastores habrán de juzgar los casos en los que es más conveniente postergar la celebración de los sacramentos hasta que se den las disposiciones mínimas adecuadas.

También se plantean algunos fallos pastorales que descuidan, por ejemplo, la importancia de los sacramentos en la construcción de la comunidad cristiana. ¿Qué están haciendo mal nuestros pastores?

Dentro de la crisis de la reciprocidad entre fe y sacramentos también inciden algunos fallos pastorales Entre ellos figuran la reducción de la fe cristiana al ejercicio de la caridad; la comprensión del Evangelio como algo sustancialmente contrario a los ritos; la edificación de la vida comunitaria al margen de los sacramentos; deficiencias en el acompañamiento de la piedad popular, o una concentración excluyente en la Palabra de Dios.

¿Cuáles son las problemáticas sociales que hacen que un católico no vea necesario ir a Misa todos los domingos por ejemplo?

Todo aquello que daña o impide reconocer la sacramentalidad de la fe. De manera más sencilla, la socióloga británica G. Davie ha definido el modo más común de darse la creencia religiosa en los antiguos países cristianos como «creer sin pertenecer». Según Davie, lo más corriente es que cada uno crea a su estilo, sin ajustarse a las normas o criterios de la Iglesia. Es decir, sin sentir que la ortodoxia eclesial sea buena, vinculante o si quiera conveniente, y sin vinculación institucional. Los sacramentos son primordialmente celebraciones oficiales de la fe de la Iglesia, en los que la fe se presupone, se alimenta, se robustece y se expresa (Sacrosanctum concilium, 59). Por lo tanto, si la fe personal subjetiva no se alinea con la fe eclesial objetiva, se daña la lógica y la práctica sacramental. Si no se considera que, para vivir mi fe cristiana personal (subjetiva), la Iglesia, como comunidad institucional, es la mejor aliada cristiana (objetiva) también se mina lógica y la práctica sacramental.

¿Cómo cambiar la percepción extendida entre muchos católicos de que la fe radica en vivir el Evangelio, despreciando lo ritual?

¿Cómo conecta un cristiano con el Evangelio de Jesucristo? Hay varias posibilidades. Una consiste en acudir a la Escritura. Sin embargo, Jesús de Nazaret no produjo personalmente ningún escrito. Gracias al testimonio autorizado de los primeros cristianos –mediación eclesial institucional–, podemos conocer a Jesús, por ejemplo, en la lectura de los Evangelios. Hasta tal punto es así que se da una sacramentalidad de la Escritura (Benedicto XVI, Verbum domini, 56); al leer los Evangelios, escritos por Marcos, Lucas, Mateo o Juan, escucho a Jesucristo. Además de hablar, ¿sigue Jesucristo actuando hoy, por ejemplo, acogiendo y perdonando a los pecadores? Dice san León Magno: «Lo que era visible en Cristo ha pasado a los sacramentos» de la Iglesia. Los «misterios» de la vida de Cristo, los hechos salvíficos de su vida, se hacen presentes en la celebración de los «misterios» sacramentales. Así, pues, lo ritual sacramental presencializa y actualiza a Jesucristo para nosotros hoy: nos transmite la gracia para vivir su Evangelio.

Los primeros cristianos lo entendieron así desde el principio. En los Hechos se nos narra que se reunían cotidianamente a celebrar la fracción del pan (Hch 2,42.46), la eucaristía, recordando un rito realizado por Jesucristo con cierta solemnidad (cf. 1Cor 11,23-25 y par.). El Resucitado vinculó la misión universal a la que envía a los discípulos con el bautismo (Mt 28,19-20; cf. Mc 16,15-16).

Los sacramentos, pues, instituidos por Cristo (cf. § 36), son un modo privilegiado de entrar en contacto agraciante con Jesucristo para vivir el evangelio.

El capítulo 4 del documento se detiene “en una cuestión que la reciprocidad entre fe y sacramentos no podía dejar de lado: la dilucidación de si la unión matrimonial entre «bautizados no creyentes» se ha de considerar sacramento”. ¿Cuáles son las claves de esta lectura?

Se trata de un punto complejo y delicado (cf. §§ 135-182). La doctrina católica defiende que el matrimonio es una realidad natural, que pertenece al orden de la creación (cf. Gen 2,24). Jesucristo ha elevado esta realidad natural a sacramento. Por lo tanto, para que se dé un matrimonio sacramental se ha de dar un matrimonio natural. El matrimonio natural, según la Iglesia, comporta las mismas características que el matrimonio sacramental. Es decir, no hay dos matrimonios: uno natural (orden de la creación) y otro sacramental (orden de la gracia). Sino un único matrimonio elevado a sacramento. Los bienes del matrimonio natural, que hacen que sea verdadero matrimonio, son los mismos bienes del matrimonio sacramental. Estos son: la indisolubilidad, la fidelidad y la procreación.

Siguiendo a Benedicto XVI, partimos del hecho de que la fe determina las concepciones antropológicas en todos los ámbitos de la vida, también en lo referente al matrimonio. La pregunta que nos hacemos es si la ausencia tan notable de fe, propia de aquellos que se pueden denominar «bautizados no creyentes», afecta a su comprensión del matrimonio. Sobre todo, teniendo presente que en muchos lugares la comprensión socialmente compartida sobre el matrimonio, e incluso la legalmente establecida, no se rige por la indisolubilidad (para siempre), la fidelidad (la exclusividad y el bien del cónyuge) y la procreación (abierta a la descendencia). Es decir, argumentamos que en el caso de los «bautizados no creyentes» la intención de contraer verdadero matrimonio natural no está garantizada. Sin matrimonio natural no hay realidad para ser elevada a matrimonio sacramental: no hay matrimonio sacramental.

¿Y en el caso de un matrimonio celebrado por rito católico pero que uno de los esposos es de otra religión? O ¿si es ateo o agnóstico, pero accede al sacramento por amor?

No tocamos este tema. Fue una experiencia común al inicio del cristianismo que ha seguido dándose en la historia. Se puede acudir a la doctrina común acerca del matrimonio entre cónyuges con disparidad de culto (Catecismo, 1637; Ritual del matrimonio, Praenotanda, 22). La Iglesia bendice este tipo de unión si se da verdadero amor entre los cónyuges y queda salvaguardada la permanencia en la fe de la parte católica, incluido su derecho a educar a los hijos en la fe católica. Se trata de un matrimonio legítimo, pero no sacramental. Para que sea sacramental se requiere que los dos cónyuges estén bautizados, pues en el sacramento del matrimonio ejercen su sacerdocio común, que procede del Bautismo, donándose mutuamente el sacramento mediante el consentimiento recíproco. O los dos están sacramentalmente casados o ninguno; de igual modo que o los dos están casados, el uno con el otro, o ninguno está casado.

Victoria Isabel Cardiel C.
Roma