En la corte de la Reina Victoria

Tras su paso por París y Roma, el Museo Thyssen-Bornemisza acoge la exposición Alma Tadema y la pintura victoriana en la colección Pérez Simón, una muestra abierta al público hasta el mes de octubre, que incluye a algunos de los artistas más emblemáticos de la pintura inglesa del siglo XIX. Los cuadros pertenecen al empresario mejicano nacido en Asturias Juan Antonio Pérez Simón

Eva Fernández
Su mirada y sus pensamientos se encuentran en la lejanía, de Alma Tadema

Tras su paso por París y Roma, el Museo Thyssen-Bornemisza acoge la exposición Alma Tadema y la pintura victoriana en la colección Pérez Simón, una muestra abierta al público hasta el mes de octubre, que incluye a algunos de los artistas más emblemáticos de la pintura inglesa del siglo XIX. Los cuadros pertenecen al empresario mejicano nacido en Asturias Juan Antonio Pérez Simón

Cuando la Reina Victoria llegó al trono en 1837, Inglaterra vivía inmersa en una sociedad agraria rural, pero, tras 65 años de reinado, el imperio británico se convirtió en el más industrializado de Europa. Paralelamente, en el continente, el concepto de arte cambiaba de forma radical con la aparición de las vanguardias. Pero, en Gran Bretaña, un grupo de artistas apostó por volver la vista hacia la antigüedad clásica y las leyendas medievales y artúricas, dando lugar a un movimiento cultural y artístico, conocido como Aesthetic Movement (movimiento estético), que al terminar la Primera Guerra Mundial les valió ser vapuleados sin piedad por la crítica y acabaron relegados a los almacenes de los museos. A todos ellos les tocó vivir en una época rígida y llena de prejuicios, fruto de la prosperidad conseguida por la Revolución Industrial, pero a la vez plagada de grandes abusos sociales.

Como respuesta a los claroscuros de esta época, se produjo una gran renovación cultural en todas las artes, sobre todo en la pintura. Es la época de Charles Dickens y de su Oliver Twist, de las hermanas Brontë, de Lewis Carroll, de H.G. Wells, de Oscar Wilde, de Arthur Conan Doyle, de Bram Stoker y de Robert Luis Stevenson. La selección de obras que muestra la exposición Alma Tadema y la pintura victoriana en la colección Pérez Simón, nos permite descubrir hasta qué punto el arte británico del siglo XIX siguió un modelo diferente al del resto de Europa. Londres era entonces una destacada capital cultural, en la que la creciente actividad de coleccionistas y marchantes animaba el mercado del arte, por lo que los pintores de este movimiento gozaron de gran fama en su tiempo, y la nueva burguesía les encargaba cuadros para dar suntuosidad a sus viviendas privadas. Entre ellos, se encontraba Lawrence Alma Tadema, Frederic Leighton, Edward Coley Birne-Jones y John William Godward, entre otros, que en sus pinturas ofrecían un fuerte contraste con las actitudes moralistas de la época: la vuelta a la antigüedad clásica, el culto a la belleza femenina y la búsqueda de la armonía visual, todo ello ambientado en decorados suntuosos y con frecuentes referencias a temas medievales, griegos y romanos. La muestra presenta 50 obras pertenecientes a la colección Pérez Simón, la más importante del mundo en lo que a pintura victoriana se refiere. Este empresario mejicano, nacido en Asturias, posee una impresionante colección de arte que supera las 3.000 piezas. Durante los últimos 30 años, se ha dedicado, de forma exhaustiva, a recuperar cuadros de este estilo pictórico, que años después inspiraría el diseño del vestuario cinematográfico del género conocido como peplum, en películas como Los Diez Mandamientos o Salomón y la Reina de Saba.

La belleza femenina, según los cánones clásicos

El mayor número de obras de la muestra pertenece a Lawrence Alma Tadema, un pintor nacido en Holanda, que se instaló en Inglaterra y llegó a ser nombrado sir por la Reina Victoria. Le llamaban el marbelous painter (el pintor maravilloso) por esa forma maravillosa de emular en pintura las superficies de mármol, jugando en inglés con el doble adjetivo de pintor de mármoles y pintor maravilloso. Casi se puede sentir la textura del mármol en La pregunta (1877). Sus ambientes están creados para acoger a sus personajes femeninos. El paisaje se adapta a los cuerpos y rostros de sus mujeres. En Agripina con las cenizas de Germánico (1866), la riqueza de ropajes da el toque de distinción que, en aquellos momentos, señalaba a las grandes damas. Su admiración por Pompeya, cuyas ruinas fue a visitar, se refleja en la escenografía de muchas pinturas, con títulos tan sorprendentes como el de Su mirada y sus pensamientos se encuentran en la lejanía (1897). En estos pintores, la mujer se convierte en protagonista absoluta de sus cuadros: Belleza clásica (1908), de John William Godward. Ante nuestros ojos desfilan mujeres pensativas, enamoradas, soñadoras, ensimismadas, que además se transforman en heroínas de la antigüedad o del Medievo. Se las representa en entornos naturales, o en majestuosos palacios.

En la muestra hay cuadros icónicos, como La bola de cristal (1902), donde John William Waterhouse enmarca a la protagonista, una mujer sola, con un vestido carmesí, en un interior abierto a un paisaje, que está concentrada en la lectura de una bola de cristal.

Otro de los pintores victorianos, John M. Strudwick, tuvo clientela fija entre los armadores de Liverpool. Su estilo se caracteriza por un marcado carácter decorativo y el gusto por el detalle, tal como vemos en Canción sin palabras (1886).

El recorrido por esta exposición se cierra con unos versos del poeta John Keats: Beauty is truth, truth beauty (La belleza es verdad, la verdad es belleza): unas palabras que intentan explicar por qué motivo la verdad y la belleza siempre nos atrapan.

Eva Fernández