En el cielo se habla español
El Papa ha autorizado a la Congregación de las Causas de los Santos a promulgar 17 nuevos Decretos, entre los que se encuentran el reconocimiento oficial de santidad de la monja alemana Hildegarda de Bingen y las virtudes heroicas de un sacerdote y una religiosa españoles, que fundaron dos Congregaciones, a finales del siglo XIX. Y la Iglesia ha reconocido también el martirio de 22 fieles españoles asesinados por su fe, en los años 30 del siglo XX: mientras se prepara una gran beatificación para 2013, a Roma siguen llegando las Causas de cientos de nuestros mártires
En la audiencia de Benedicto XVI al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, el pasado jueves 10 de mayo, el Papa extendió a la Iglesia universal el culto litúrgico en honor de santa Hildegarda de Bingen, «inscribiéndola en el catálogo de los santos», lo que supone una declaración formal equivalente a una canonización. Además, estudia declararla Doctora de la Iglesia en los próximos meses —según se prevé, a la par que a san Juan de Ávila—.
Si bien los Papas habían permitido en Alemania el culto de santa Hildegarda, perteneciente a la Orden de San Benito, que nació en 1089 y murió en 1179, la mística —famosa por sus visiones y profecías— nunca había sido propiamente canonizada, porque el proceso abierto medio siglo después de su muerte fue interrumpido.

Benedicto XVI, que la ha citado en varias ocasiones y dedicó a su figura dos catequesis de sus audiencias generales, define a Hildegarda como una «importante figura femenina de la Edad Media, que se caracterizó por su sabiduría espiritual y santidad de vida», cuyas «visiones místicas se parecen a las de los profetas del Antiguo Testamento: al expresarse con las categorías culturales y religiosas de su tiempo, interpretaba a la luz de Dios las Sagradas Escrituras, aplicándolas a las circunstancias de la vida».
Venerable cuidadora de enfermos
El Santo Padre también reconoció las virtudes heroicas de la española María Josefa del Santísimo Sacramento, una de las fundadoras de la Congregación de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, junto con Benito Menni y María Angustias Jiménez. Según reconocen las Hermanas Hospitalarias, «la noticia nos ha llenado de alegría, porque se confirma en la Iglesia la verdad de su vida y el camino que estamos haciendo en la Hospitalidad».
María Josefa nació en 1846. Muy joven, contrajo matrimonio con Antonio Fernández, con quien convivió durante 16 años, sin tener descendencia. Fue durante esta etapa de su vida cuando conoció a María Angustias, junto a la que sintió la llamada de Dios a entregar su vida a la causa de los pobres y enfermos. Antonio murió, y Josefa abrazó la vida consagrada, junto a su amiga y confidente.
Conocieron a san Benito Menni en Granada, y se pusieron bajo su guía espiritual. En 1880, ambas jóvenes llegaron a Ciempozuelos, donde se formó la Congregación de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, de la que pudo disfrutar poco: María Josefa murió en 1883, tras haber cumplido su misión: fundar una Congregación para cuidar a los enfermos y disminuidos físicos y psíquicos, que persiste en la actualidad.

Otro fundador español, esta vez del Instituto Secular de las Hijas de la Natividad de María, el sacerdote coruñés Baltasar Manuel Pardal Vidal, también se encuentra más cerca de los altares al ser reconocidas sus virtudes heroicas. Nacido en el seno de una familia humilde de campesinos en 1886, desde que fue ordenado sacerdote se entregó a la labor catequética de los barrios más míseros de La Coruña. Especialmente sensible a la condición de la mujer y los niños, fundó la conocida como La Grande Obra de Atocha, una escuela en la que llenaba «los estómagos vacíos de los niños más desfavorecidos, para llenar después sus cabezas de conocimientos y sus corazones de amor a Dios». Fue en 1939, cuando fundó, en torno a la Grande Obra, el Instituto Secular Hijas de la Natividad de María, con el carisma que él mismo vivió: ser como niños en el espíritu del Evangelio. Fallecido en 1963, la Obra del Siervo de Dios Baltasar Manuel Pardal se ha extendido por toda España y varios países de Iberoamérica.
El Papa también ha reconocido las virtudes heroicas del jesuita Jacques Sevin, fundador de los Scouts de Francia, y ha autorizado a la Congregación de las Causas de los Santos promulgar el Decreto relativo de las virtudes heroicas del cubano padre Félix Varela.
Nuevas beatificaciones de mártires españoles
Al padre Jaime Puig, de la congregación de los Hijos de la Sagrada Familia, el día de su bautizo, su padrino le dio una peseta por su bautismo de agua «y otra peseta por su bautismo de sangre». Se la cobró en las primeras horas de la noche del 30 de julio de 1936, cuando el padre Jaime, junto al joven laico Sebastián Llorens, trató de esconder la milenaria imagen de la Virgen del Pilar, Patrona de Blanes. Ambos fueron detenidos y asesinados después en medio de una carretera. El Papa Benedicto XVI acaba de autorizar la publicación de su Decreto de martirio, y el de otros 18 hermanos de la congregación de los Hijos de la Sagrada Familia; junto a ellos, también ha reconocido el martirio de los padres dominicos españoles Raimundo Castaño González y José María González Solís, asesinados por odio a la fe, en Bilbao, el 2 de octubre de 1936.
Entre los religiosos Hijos de la Sagrada Familia, fundados por san José Manyanet en 1864, se dieron testimonios de fe verdaderamente edificantes. El padre Francisco Llach fue detenido y conducido a la cárcel de Reus, donde organizó unos Ejercicios espirituales, en preparación para la muerte, a los numerosos detenidos, hasta que fue asesinado el 25 de agosto. El padre Eduardo Cabanach consiguió llevar consigo el Breviario a la cárcel de Reus y a los distintos buques prisión de Tarragona, y allí lo rezaba con los otros religiosos, con gran provecho espiritual. Su hermano carnal y de congregación, el padre Ramón Cabanach, el día 20 de julio, revestido de sobrepelliz y estola, retiró la reserva del Santísimo y la puso a salvo, pasando sorprendentemente entre los milicianos que ya rodeaban el colegio donde trabajaban. Los seminaristas Pedro Ruiz y Pedro Roca, después de haber sobrevivido a los primeros meses de persecución, dejaron un refugio seguro para poder huir a Roma y proseguir con sus estudios de teología; fueron detenidos y asesinados el 12 de abril, antes de cruzar la frontera. El padre Segismundo Sagalés, logró poner a salvo los restos mortales de san José Manyanet, carbonizándolos con la ayuda de dos familias; poco después fue detenido y asesinado en la carretera de Vic a Manresa.
En el mismo episodio de la persecución religiosa desatada en España en aquellos años, los dominicos Raimundo Castaño González y José María González Solís aceptaron sufrir torturas, vejaciones, humillaciones y hasta la muerte, antes de abandonar su fe. Antes al contrario, la defendieron y la proclamaron abiertamente ante sus verdugos, y hasta convirtieron el lugar de prisión en un improvisado campo de apostolado. Ambos se encontraron en la vicaría de las dominicas de Quejana, donde ejercía su ministerio fray Raimundo; allí llegó fray José María, el 1 de julio de 1936, para reponer su delicada salud y predicar después Ejercicios espirituales a las religiosas. El 25 de agosto fueron detenidos y llevados prisioneros a Bilbao, al barco-prisión Cabo Quilates, donde los sometieron a malos tratos, humillaciones y burlas continuas. En la noche del 2 al 3 de octubre de 1936, los hicieron subir a la cubierta del barco, y allí fueron fusilados.
El Papa ha reconocido el martirio de Odoardo Focherini, periodista del diario L’Avvenire d’Italia, presidente de la Acción Católica Italiana y padre de siete hijos, que salvó la vida de 105 judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Organizó una red para expatriar judíos a Suiza, hasta que fue arrestado mientras ayudaba a un judío enfermo. Encarcelado por las SS, durante una visita, su cuñado le dijo: «Te expones demasiado, ¿no piensas en tus hijos?». Y Odoardo respondió: «Si hubieras visto lo que he visto yo en esta cárcel, todo lo que hacen padecer a los judíos, lamentarías no haber hecho lo suficiente por ellos, y no haberlos salvado en mayor número». Antes de morir en el campo de concentración de Hersbruck, escribió varias cartas en las que mostraba su confianza en la Providencia y su fe en la Iglesia: «A mis siete hijos quisiera verlos antes de morir. Sin embargo, acepta, Señor, también este sacrificio y custódialos Tú, junto a mi mujer y mis seres queridos. Muero en la más pura fe católica y en plena sumisión a la voluntad de Dios, ofreciendo mi vida en holocausto por mi diócesis, por la Acción Católica, por el Papa y por la paz del mundo. Decid a mi mujer que le he sido siempre fiel, he pensado siempre en ella, y la he amado siempre intensamente».