Se cumple el aniversario de la tercera renovación, esta vez por cuatro años, del acuerdo para el nombramiento de obispos entre la Santa Sede y la República Popular de China. Y esto es ya una noticia, porque las veces anteriores (2020 y 2022) fueron solo por dos años. No se trata de un pacto global sobre todos los temas concernientes a las relaciones entre China y la Iglesia, sino sobre las elecciones episcopales, donde el Papa tiene la decisión última.
El contexto mundial actual es el de la gestación de un nuevo equilibrio entre países tradicionalmente cristianos y otros que históricamente no lo han sido, pero que reconocen que, sin el cristianismo, Occidente no hubiera ejercido la hegemonía global durante siglos. Todos, sin embargo, aceptan el ascendiente de la figura del Papa, y no solo en el plano religioso. Luego, tras la firma de este acuerdo, hay también geopolítica.
Quiero añadir un par de ejemplos para entender la singularidad histórica china. Cuando Gutenberg cambió nuestro mundo con su imprenta, China llevaba siglos imprimiendo. Cuando se inició el desarrollo científico moderno con Galileo, Kepler, Bacon… el misionero que diseñó la evangelización en Asia, Valignano, tras los primeros contactos con China pidió a Roma que, si se quería iniciar el encuentro cultural y religioso con ellos no bastaba solo enseñar a los misioneros teología, sino que debían ser además científicos, pues el Imperio del Centro era tan o más avanzado que Europa. Estas recomendaciones modificaron el modelo de enseñanza jesuita y tal vez sin ellas no entenderíamos el auge de la ciencia en el XVII. Por tanto, cuando pensemos en China no lo hagamos desde una cierta «soberbia eurocentrista». Además, China es ahora la vanguardia del desarrollo científico, tengámoslo presente.
Las partes que han pactado el acuerdo saben las implicaciones y riesgos que deben asumir. Desde la perspectiva eclesial, se ha tenido en cuenta que la Iglesia es «católica», o sea, «universal». Que debe mostrar el Evangelio («Cristo ha resucitado») y su doctrina a los hombres de todos los tiempos y culturas (solo hay 44 dogmas, el resto son tradiciones eclesiales donde ha influido el devenir histórico). Que se fundamenta sobre los «doce apóstoles» y sus sucesores. Que solo existe Iglesia si está alrededor de Pedro. Que hay 20 millones de católicos en China a los que se debe cuidar. Son premisas intocables porque, si no, una parte firmante no sería la Iglesia.
Es por ello normal que lo nuclear sea la elección de obispos. Sin ellos no existiría la Iglesia en China. Y esto lo sabe también el Gobierno chino, que no es para nada ajeno a la teología católica. «Allí donde está el obispo, allí está la Iglesia», escribió Ignacio de Antioquía; por lo que, al existir un único obispo, en cada diócesis china se garantiza la unidad de la Iglesia con Pedro. Recuerdo a Benedicto XVI, que escribió: «La misión de la Iglesia católica en China no es la de cambiar la estructura o la administración del Estado, sino la de anunciar a Cristo, Salvador del mundo, a los hombres apoyándose […] en la potencia de Dios». Y a san Juan Pablo II, que afirmó: «Tampoco la Iglesia católica de hoy pide a China y a sus autoridades políticas ningún privilegio, sino únicamente poder reanudar el diálogo, para llegar a una relación basada en el respeto recíproco y en el conocimiento profundo».
El acuerdo prorrogado no ha servido solo para restablecer la comunión eclesial, al menos en teoría; sino que, por ejemplo, ha ayudado en estos años a que los futuros sacerdotes en China puedan formarse leyendo a autores patrísticos, medievales… hasta a los ya clásicos del siglo XX. O a que se pueda tener una vida de piedad pública, lo que es esencial para la cultura china, que se aleja de algunas de nuestras formas más interioristas. No olvidemos que «el Espíritu sopla donde quiere» y que hay que confiar en Dios. Hoy es posible subirse en un taxi en Beijing y que el taxista le diga con total libertad a uno de sus compatriotas que él o algunos de sus familiares son católicos, lo aseguro. ¡Esto sería impensable hace unos años!
Y entiendo las reticencias eclesiales al acuerdo. Ya pasó tras las persecuciones romanas y el establecimiento de la paz constantiniana. Y también comprendo las de China, pues durante décadas, como consecuencia de las guerras del siglo XIX, los países occidentales usaron en ocasiones el estar bautizado como un elemento de impunidad, pues solo se podía ser juzgado por un tribunal europeo.
Creo que es el momento de fomentar los encuentros eclesiales entre Occidente y China; de establecer alianzas para el estudio de todo aquello que nos une antropológica o culturalmente y que nos puede aportar recíprocamente. Así lo hizo y hace la tradición misionera en China.