Emmanuel Macron, a los obispos franceses

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Un momento del discurso de Emmanuel Macron. Foto: EFE/Ludovic Marin

«Para encontrarnos aquí, esta tarde hemos tenido que desafiar a los escépticos de cada una de las dos orillas. Y si lo hemos hecho es, sin duda, porque compartimos el sentimiento de que la relación entre la Iglesia y el Estado se ha deteriorado y que nos importa repararla. […] Una Iglesia que pretenda desinteresarse de las cuestiones temporales no haría otra cosa que rehuir su vocación, y un Presidente de la República que pretendiera desinteresarse de la Iglesia y de los católicos faltaría a su deber».

«Yo sé que se ha debatido como si del sexo de los ángeles se trata acerca de las raíces cristiana de Europa. […] Pero, después de todo no son las raíces las que nos importa, porque ellas podrían estar muertas. Lo que importa es la savia. Y yo estoy convencido de que la savia católica debe contribuir a la vida de nuestra nación. Es por esto por lo que estoy intentando aclarar por qué estoy aquí esta tarde. Para deciros que la República espera mucho de vosotros. Espera, si me permitís decirlo, que le entreguéis tres dones: el don de vuestra inteligencia, el de vuestro compromiso, y el de vuestra libertad».

«Habéis establecido una relación íntima entre estas cuestiones que la política y la moral ordinaria querría tratar por separado. Consideráis que nuestro deber es proteger la vida, en particular las vidas más indefensas. En la vida de los niños que van a nacer, la del ser humano que está a las puertas de la muerte, o la del refugiado que lo ha perdido todo, veis el trazo común de la desnudez, de la vulnerabilidad absoluta».

«Entiendo que ciertos principios enunciados por la Iglesia se confrontan con realidades contradictorias y complejas que afectan a los propios católicos. Todos los días, las mismas asociaciones católicas y los sacerdotes acompañan a familias monoparentales, familias divorciadas, familias homosexuales, familias que han recurrido al aborto, a la fecundación in vitro, que se han enfrentado a decisiones sobre qué hacer ante el estado vegetativo de alguno de los suyos, familias en las que no todos son creyentes. En todas esas familias la Iglesia responde a las rupturas que generan las elecciones morales y espirituales. Esta es vuestra realidad cotidiana. La Iglesia acompaña incansablemente situaciones delicadas e intenta conciliar los principios con la realidad. No pretendo decir que la experiencia de lo real desmiente o invalida las posiciones defendidas por la Iglesia. Digo, simplemente, que tenemos que encontrar el límite pues la sociedad está abierta a toda las posibilidades, pero la manipulación y la fabricación de vida humana no puede extenderse hasta el infinito sin poner en cuestión la idea misma del hombre y de la vida. La política y la Iglesia comparten esta misión de meter las manos en el barro de lo real, de confrontarse todos los días con lo temporal, con lo que me atrevo a decir que es lo más temporal».

«Para mí, la Iglesia no es esa instancia que demasiado a menudo se caricaturiza como la guardiana de las buenas costumbres. […] Lo mejor de la Iglesia es esto: una voz amiga que responde a quien interpela, a quien duda, a quien vive en la incertidumbre, en un mundo en el que el sentido siempre se escapa y siempre se reconquista, es una Iglesia de la que no espero lecciones sino esta sabiduría/inteligencia de la humildad que se enfrenta a los temas que habéis planteado».

«Desde mi punto de vista, que es el de un jefe del Estado, un punto de vista laico, yo debo preocuparme de quienes trabajan en el corazón de la sociedad francesa, de que quienes se comprometen para curar las heridas y consolar a los enfermos, tengan también una voz en la escena política, y sobre cuestiones de la vida política nacional y europea. Es lo que vengo a pediros esta tarde, que os comprometáis en el debate político nacional y en el debate europeo porque vuestra fe tiene algo que decir a este debate».

«Algunos dirán que la Iglesia es reaccionaria, otros pensarán que es muy audaz. Creo, simplemente, que ella debe ser uno de esos puntos fijos de los que nuestra humanidad está necesitada en un mundo oscilante, uno de esos puntos de referencia que no ceden al talante de las épocas. Por esta razón, tendremos que aprender a vivir asumiendo vuestra cuota de intempestividad mientras yo tendré que vivir al ritmo que avanza el país. De este desequilibrio constante crearemos un camino común. […] Es un ejercicio de libertad que demuestra que el tiempo de la Iglesia no es el del mundo como tampoco el de la política, y está bien que sea así».

«Hay una tercera libertad que la Iglesia debe donarnos, y es la libertad espiritual. Vivimos en un mundo atravesado por el materialismo. Nuestros contemporáneos necesitan […] saciar su sed que es una sed de absoluto. No se trata de conversión, sino de una voz que, entre otras, hable del ser humano como un ser dotado de espíritu. Quien se atreve a hablar de otras cosas más allá de las temporales, pero sin abdicar de la razón, ni de lo real. Quien osa caminar en la intensidad de una esperanza y quien, a veces, nos hace tocar con el dedo el misterio de la humanidad que se llama santidad y que según dice el Papa en la exhortación aparecida hoy es el rostro más bello de la Iglesia. […] Esta libertad que es la de ser vosotros mismos sin buscar ser complacientes ni seductores. Pero que en el cumplimiento de vuestra obra en toda la plenitud de su sentido, pero en la regla que os es propia y que desde siempre es la de una teología humana, una Iglesia que sabe servir a los más fervientes y a los no bautizados, a los propios y a los excluidos».

Traducción: M.ª Teresa Compte