El universo y Dios
Antes de perder el pasado lunes la conexión con la NASA, el piloto Victor Glover afirmaba que, frente al misterio del cosmos, el misterio más importante de la Tierra es el amor. La Pascua también nos recuerda que, frente al odio y la barbarie, la fuerza del amor siempre gana; y que la vida vence a la muerte
Decía hace unos días en la Fundación Pablo VI el sociólogo de las religiones Rafael Díaz Andrés, en una conversación con su maestro, Rafa Díaz Salazar, que la fe es ese insondable misterio que nace de la consciencia de nuestros propios límites. Incapaces de responder a los grandes misterios del quiénes somos, a dónde vamos, de dónde venimos, de nuestra vida y nuestra muerte y el por qué del universo, buscamos en algo que no vemos las razones de nuestra propia existencia.
Es por eso que, aun cuando parece que el ser humano ha llegado a la cima del conocimiento científico y del desarrollo tecnológico, Dios sigue siendo la respuesta a las grandes preguntas. En Principia, donde Isaac Newton escribe las normas y leyes para entender el universo, el científico que descubrió la gravedad habla de Dios como ese Creador benigno y científicamente experto en el maravilloso orden del mundo visible; para el padre de la electricidad, Michael Faraday, las leyes naturales que la mente humana interpreta están escritas por el dedo de Dios; James Clerk Maxwell nunca desvinculó sus descubrimientos en el campo de las ondas electromagnéticas de su visión trascendente: «Creo que los cristianos cuyas mentes son científicas, están obligados a estudiar la ciencia para que su visión de la gloria de Dios sea tan extensa como su ser sea capaz», decía el matemático escocés. Neil Armstrong, protagonista de ese pequeño gran paso que llevó a poner por primera vez el pie del ser humano en la Luna, en 1969, consideraba que el paso más importante de la humanidad era el dado por Cristo para entregarse en sacrificio por todos. Y para uno de los hombres con más horas de vuelo espacial del mundo, el astronauta Jeffrey Williams, fue, precisamente, su visión del espacio la que le ayudó a fortalecer su fe, en diálogo con su vocación científica.
Esta semana, el ser humano, a través de la misión espacial Artemis II, ha logrado otro de sus grandes hitos, superando el récord de kilómetros lejos de la Tierra del Apolo 13 y descubriendo imágenes, regiones y características de la Luna nunca vistas por el hombre. Conmovidos por la imagen que les devolvía la contemplación del cosmos, a 406.773 kilómetros lejos de casa, los cuatro astronautas lanzaban un simbólico mensaje pascual en el que ponían de manifiesto cómo sentían a Dios hablar a través de la obra de esa creación que ofrece como instrumento, no solo para su observación, sino también para su cuidado y protección. Antes de perder el pasado lunes la conexión con la NASA, el piloto Victor Glover afirmaba que, frente al misterio del cosmos, el misterio más importante de la Tierra es el amor.
La Pascua también nos recuerda que, frente al odio y la barbarie, la fuerza del amor siempre gana; y que la vida vence a la muerte. Pero, como denunció el Papa en su mensaje urbi et orbi, nos estamos acostumbrando demasiado al mal y a la violencia; nos hemos resignado a ella y vivimos anestesiados ante el odio y los conflictos y sus consecuencias económicas y sociales. Ese mensaje a la ciudad y al mundo entero recuerda los dolores que sigue teniendo esa Tierra contemplada desde el espacio, que, en su inconmensurable belleza, está transida también del horror que la soberbia humana siembra con un desarrollo tecnológico desplegado sin límite; y usando, en algunos casos, el nombre de Dios.
Si la ciencia no aleja al hombre de Dios, la fe no puede separarla de Él. Si los grandes científicos quedaron deslumbrados por la obra de Dios; su contemplación, para ser auténtica, ha de estar unida al compromiso; a ese ver, juzgar y actuar que hace del Evangelio observación, denuncia y trabajo por la justicia. De ello hablaban también maestro y alumno en su conversación sobre las religiones: nombrar a Dios sin comprometerse no nos hace más auténticos; y usarlo para justificar hazañas, conflictos y dominaciones no solo no es cristiano, sino una profanación. Y de eso también se ha hablado esta Pascua.