El testimonio de un cura que hizo crack: «Nadie me ha tratado como un juguete roto»
«Hace dos años y medio tuve que parar porque me sentí desbordado». Le causaba ansiedad el ministerio, y «también estaba triste», confiesa. Pero «pedí ayuda y se me dio»
«Hay muchos sacerdotes que necesitan escuchar que, si están mal, van a ser ayudados». Eugenio Pérez Turbidí ha puesto rostro y voz a una de las cuestiones que más ha salido en CONVIVIUM: el cuidado de los sacerdotes.
Se vio durante la primera fase, en los trabajos de los más de 300 grupos entre consejos pastorales, congregaciones religiosas, realidades eclesiales… Volvió a salir en las preasambleas que mantuvieron los sacerdotes por franjas de edad de ordenación previas a la asamblea general. Y el martes 10 de febrero, justo antes de la lectura de las conclusiones y de la clausura, Pérez Turbidí lo contó en primera persona.
Un día después, tras muchos mensajes de sacerdotes dándole las gracias, piensa que «diciendo esto ayudo, y el Señor se hace presente». Eugenio es sacerdote de la diócesis de Madrid desde 2018. «Hace dos años y medio tuve que parar porque me sentí desbordado». Le causaba ansiedad el ministerio, y «también estaba triste».

«Me costó muchísimo decirlo, pero la necesidad se impuso». A quien primero se lo contó fue a su madre. Y después, a Jesús Vidal, entonces obispo auxiliar de Madrid. «Me permitieron parar». Y esto lo remarca, porque «a veces tenemos la sensación de que no podemos parar, y que si lo hacemos, vamos a decepcionar al mundo o las almas no se van a salvar…».
Eugenio pasó cinco meses en la casa que los sacerdotes operarios diocesanos tienen en Castellón. Tenía ilusión por volver, pero a la vez miedo. «Quién iba a contar conmigo, si hay sacerdotes que son geniales, que no se cansan, y luego estoy yo, que me he roto». Pero «fue lo contrario». Se tuvo que adaptar un poco a la vuelta, pero se empezó a dar cuenta de que muchas personas se le acercaban a él precisamente por lo que había pasado.
«La santidad pasa por la humanidad». Y piensa en Cristo. «Jesús no tiene miedo de exponer sus heridas; en la cruz está totalmente destrozado, y transmitió su salvación desde su carne destrozada». En un mundo donde «todo es apariencia y todo tiene que ser perfecto, Jesús quiere transmitir su salvación a través de sus heridas».
Sacerdotes humanos
«Necesitamos sacerdotes que sean humanos, que sientan que pueden ponerse malos o tener ansiedad o depresión; parece que si estás mal te tienes que esconder, que vas a ser peor sacerdote». Pero esto es algo «completamente estúpido» porque, reflexiona, «si nosotros, sacerdotes, vemos a alguien roto, lo cuidamos, pero a nosotros mismos no nos lo permitimos».
Habla de una cultura social, y también sacerdotal, de mucha autoexigencia. Que no exigencia. «Evidentemente, el mundo exige y juzga, pero el peso es la propia mirada». Observa que «sales del seminario con mucho fuego» pero «descubres que no eres el sacerdote que querías ser, y eso genera dolor».
«No soy el único de mi generación que siente cosas como las que yo he experimentado» y antes o después esto «repercute muy negativamente en ellos y en su ministerio». Es una autoexigencia que nace «de un deseo genuino de ser santos, pero mal conducido». «En mi caso, no me sentía capaz de amar más; sentía que mi amor era poco valioso y que no era suficiente para Dios».
«¡Pero no pasa nada por que te equivoques, por que no seas quien creías que ibas a ser!». Y no es un «no pasa nada» en el sentido de volverse mediocre o tibio, subraya, sino en que «nadie te va a juzgar». «Yo pedí ayuda y se me ayudó; y volví exactamente a donde estaba, nadie me ha tratado como un juguete roto». De hecho, volvió a sus tareas habituales, participa en el consejo para la Vicaría del Clero y recientemente ha sido nombrado viceconsiliario en Madrid del Movimiento de Cursillos de Cristiandad.
«La experiencia que he vivido ha sido de las más importantes de mi vida; me ha hecho tanto bien entender las cosas desde esta herida que lo volvería a pasar», concluye.