El sirio que volvió a nacer gracias al Papa - Alfa y Omega

El sirio que volvió a nacer gracias al Papa

Han pasado cuatro años, pero Qutaiba Tuma sigue emocionándose cuando relata cómo su infierno acabó gracias a Francisco. Es uno de los 21 sirios que en 2016 abandonaron el campamento donde malvivían en Lesbos para comenzar una nueva vida en Roma

Victoria Isabel Cardiel C.
El Estado Islámico capturó a Qutaiba y le acusó de espionaje. Le torturaron durante seis meses. Foto: Victoria I. Cardiel

La mirada hundida de Qutaiba Tuma mezcla la potencia destructiva de la guerra y la luz esperanzadora que emanan las segundas oportunidades. La suya es una vida arrebatada a la muerte justo a tiempo. Deir ez-Zor, la ciudad siria donde trabajaba como ingeniero en un yacimiento de petróleo, fue masacrada por la batalla entre el Estado Islámico y las tropas regulares sirias. Logró huir de las bombas y se estableció en Raqqa. Pero justo cuando empezaba a pensar que había dejado atrás el infierno, ocurrió algo peor. El autoproclamado califato islámico implantó allí su régimen de decapitaciones y el horror llenó la vida cotidiana de sus habitantes. En especial la suya, pues acabó siendo capturado por los terroristas con la acusación de ser un espía. No hubo un solo día en los seis meses siguientes en el que no fuera torturado. Hasta que no pudo más. Un día apareció tendido en un charco de sangre, con el cráneo despedazado a golpes y las falanges de sus dedos hechas añicos. No recuerda cómo o ayudado por quién, pero a los tres días escapó y acabó siendo operado de urgencia en Turquía. El cirujano, otra alma caritativa en su camino, se saltó las reglas y le ayudó a cruzar la frontera con Grecia. Qutaiba se instaló, todavía convaleciente, en una de las tiendas de campaña del campo de refugiados de Moria. El mismo que ardió hace unas semanas. Sin luz ni agua corriente. Con colas de varias horas para conseguir un lote de comida. Era el 1 de abril de 2016 y faltaban pocos días para que el Papa visitase la vergüenza de una Europa ajena a la desesperación.

Lo que nadie sabía entonces era que el Pontífice, además de usar toda su dialéctica para denunciar las miserias de los refugiados, iba a predicar con el ejemplo. La Santa Sede había pedido a la Comunidad de Sant’Egidio que seleccionase a los posibles candidatos que Francisco quería traerse en el avión de vuelta. «Encontramos a Qutaiba la misma tarde que llegamos. Era el único del grupo que hablaba inglés. Sus condiciones de salud eran muy graves; por eso queríamos traerlo cuanto antes a Italia», explica Cecilia Pani, de esta organización católica con amplia experiencia en materia de migración. Francisco estuvo solo cinco horas en la isla, pero la carga emotiva fue tan intensa que confesó ante los periodistas que era el viaje más duro que había realizado hasta ese momento. «Lo que ustedes y yo vimos en el campo de refugiados te hace llorar». «Miren lo que traje para enseñarles», continuó tras sacar un pliego de dibujos que le entregaron los niños de Moria.

Al borde de la deportación

El Gobierno griego impuso criterios claros para que los refugiados sirios pudieran dejar el campo. Debían haber llegado a Grecia antes del 20 de marzo, fecha en que entró en vigor el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía para frenar las llegadas. Justo la noche antes de partir con el Papa, el Gobierno italiano avisó a la Comunidad de Sant’Egidio de que Qutaiba iba a ser deportado. «Ahora no sería complicado traerlo porque hemos firmado el acuerdo de los corredores humanitarios. Pero en aquel momento se nos cayó el mundo encima. Fue gracias a la presión que ejerció el Vaticano ante el Gobierno griego y el de Italia que pudimos obtener su visado», detalla Pani. En total fueron doce las personas las que aquel 16 de abril abandonaron Lesbos en el avión del Papa. Para Qutaiba y otros ocho compatriotas los trámites burocráticos se extendieron otros dos meses, hasta mediados de junio. 21 personas salvadas. A todas ellas las invitó a comer el Papa en su residencia, Casa Santa Marta, pocos días después: «Recuerdo que me preguntó qué tal estaba, si necesitaba algo. Me trasmitió mucha tranquilidad. Es una persona muy serena y humilde. Le estoy muy agradecido», detalla Qutaiba. Y reseña otra anécdota: «Había carne en la mesa, pero el Papa se me acercó y me dijo: “Tranquilo, esto no es cerdo. A mí tampoco me gusta. Yo tampoco me lo como”».

Esboza una amplia sonrisa cuando se le pregunta por su vida en Siria antes de la guerra: «Cada uno de nosotros tenía un trabajo, una casa, una rutina. Una vida en paz, como la que puede cualquiera en Roma». Su rostro arrastra las cicatrices de su pasado. Literalmente. Nada más llegar a Roma, le tuvieron que implantar una placa de metal en el cráneo y darle medicación para paliar los continuos ataques de epilepsia. Además, le operaron los ojos en el hospital San Camillo, aunque todavía no ha recuperado toda la visión y es difícil que pueda volver a trabajar en una plataforma petrolífera. Una vez recuperado físicamente, la Comunidad de Sant’Egidio le ayudó a encontrar un hogar. Primero se alojó en casa de unos religiosos y luego en una parroquia. Lo siguiente era aprender italiano. Frecuentó las clases ofrecidas por enseñantes de la comunidad en el céntrico barrio de Roma de Trastévere. A los pocos meses encontró trabajo. Primero en una pizzería y después como técnico del gas. Y a los dos años se casó con Gaia, que estaba atrapada en un campo de refugiados del Líbano. Gracias al Papa, de nuevo, pudo cumplir con otro sueño: «La Comunidad de Sant’Egidio pudo traerla a Roma en 2018 gracias a los corredores humanitarios».  

Los que no tuvieron suerte

En ese momento saca el teléfono móvil y muestra a esta periodista una fotografía. Es un rostro irreconocible por la sangre negra reseca, las contusiones y los moratones. Es él. Pero sin que dé tiempo a preguntar nada, pasa a otra imagen que él mismo presenta como «el inicio de la nueva vida». Es su primer día en Roma. Todavía tiene un deseo que cumplir: «Espero que mi hijo pueda conocer al Papa. Cuando crezca le explicaré que los cristianos, la gente del Vaticano y de la Comunidad de Sant’Egidio, nos ayudaron mucho a su madre y a mí».

No todos los sirios han corrido la misma suerte. En cinco años de conflicto han muerto más de 384.000 personas, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos. Muchos han muerto en el mar y otros siguen encerrados en un campo de refugiados. «Son muchos los que se han quedado atrás. Por eso es importante que se cuente la historia de los que sí lo han conseguido. Su voz por los que no pueden hablar», explica la mediadora social de la organización católica. Pani traga saliva cuando recuerda por ejemplo a una bebé de apenas 14 días con un mordisco de rata en la cabeza en el campo de Kara Tepe.

El hijo de Qutaiba y Gaia nació en Roma en 2019 «en un lugar seguro, gracias a Dios». Le pusieron Omar, que en árabe significa «el de larga vida»: «En Siria he visto morir a niños. No hay agua o alimentos. Todos los días bombas y destrucción. En mi tierra no hay futuro. Está todo destruido. Es un callejón sin salida». 

Un gesto que señaló el camino

El Papa escuchó conmocionado la historia de Qutaiba Tuma. Una más en medio del drama de los cientos de miles de refugiados, entre ellos muchos niños, que hoy siguen compartiendo miserias entre las paredes de plástico de las tiendas de campaña que pueblan la isla de Lesbos. Con este gesto de acogida ante una de las mayores crisis humanitarias desde la Segunda Guerra Mundial, marcó el paso de los líderes europeos. Pero la situación en este agujero negro de Grecia ha cambiado poco desde entonces.