El Séder pascual para entender la Eucaristía - Alfa y Omega

El Séder pascual para entender la Eucaristía

Cada vez más parroquias celebran en la antesala de la Semana Santa el Séder de Pésaj, el memorial de la Pascua judía que Jesucristo celebró durante toda su vida –también en la Última Cena–. En este ritual cargado de símbolos, los judíos rememoran la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto antes de llegar a la Tierra Prometida. Los cristianos se unen a esta celebración «porque Jesucristo mismo lo celebró y porque, al entenderla, comprendemos muchas más cosas de la Eucaristía», explica un sacerdote

Cristina Sánchez Aguilar
Brindis con una de las cuatro copas de vino que se toman durante la celebración de la Pascua judía. Foto: Parroquia de San José Obrero de Móstoles

«Esta idea de celebrar la Pascua judía no es algo exótico. Estamos ante un memorial que tiene mucho que ver con los cristianos: Jesucristo mismo lo celebró cuando se encarnó, como judío que era, durante la Última Cena –lo identifican claramente los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas–, y lo llevó a plenitud con su muerte y resurrección». Lo explica el sacerdote Antonio Izquierdo, párroco de San José Obrero, en Móstoles (Madrid), donde cada año los fieles rememoran este ritual alrededor del 14 de Nisán (Nisán es el primer mes del calendario hebreo que se cuenta a partir de la liberación de la esclavitud del pueblo de Israel). El objetivo es recordar el paso de la esclavitud a la libertad, el Pesáj (palabra hebrea que se traduce por paso). «Cuando entendemos esta celebración comprendemos muchas más cosas de la Eucaristía», afirma.

Séder significa orden. Los judíos toman este nombre para referirse a la noche de Pascua porque en la celebración todo está rigurosamente ordenado. Cada oración, cada símbolo, cada elemento que constituye la mesa está pensado minuciosamente y se repite cada año sin variar ni un milímetro.

El núcleo central del ritual es la narración de una parte del Éxodo, que se representa en la cena casi literalmente. Una parte de la liturgia, que da comienzo a la celebración, recuerda: «Este mes será para vosotros el principal de los meses, el primer mes del año. El 10 de este mes cada uno procurará un animal para su familia. Será un animal sin defecto, macho, de un año. Lo escogeréis entre corderos y cabritos, lo guardaréis hasta el día 14 del mes y toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. Esa noche comeréis la carne asada a fuego y panes sin fermentar, y hierbas amargas. No comeréis de ella nada crudo, ni cocido en agua, sino asado a fuego, con cabeza, patas y vísceras. No dejareis restos para la mañana siguiente y, si sobra algo, lo quemaréis. […]. Este será un día memorable para vosotros, en él celebraréis la fiesta en honor del Señor, de generación en generación».

El pueblo judío ha perpetuado esta petición durante siglos; eso sí, con salvedades. Por ejemplo, «no comen cordero porque no tienen templo. Según el Deuteronomio, el cordero hay que sacrificarlo en el templo». Así que representan al animal con un hueso que «expresa el brazo potente del Señor y el dolor por no comer cordero. Mientras, esperan que su templo se reconstruya», cuenta el sacerdote.

Cuatro noches y cinco copas

La Pascua «siempre se realiza de noche» y el elemento fundamental de la celebración es el vino. Cada copa que se alza «corresponde a la explicación de una etapa del ritual, de una noche fundamental» en la historia del pueblo de Israel.

La primera copa de vino que se alza marca la santificación, «el paso de la oscuridad a la luz. En este momento también tiene lugar el rito del fuego. El presidente enciende con una vela la menorá, candelabro con siete brazos que representa el número de la plenitud, de la presencia de Dios». A continuación la señora de la casa realiza la oración de bendición de la luz y se encienden el resto de velas.

La otras tres copas, que se van tomando a lo largo de la noche recuerdan el sacrificio de Isaac, la redención y la noche de la venida del Reino definitivo, «cuando pasemos de este mundo a Dios». La copa que más tiempo está en la mesa sin beberse «es la de la redención, cuando se relata el paso de la fe de una generación a otra. En este momento, el más joven de la familia pregunta al presidente por qué esta noche es diferente de todas las otras noches», explica el sacerdote.

Hay una quinta copa en la mesa, que se sirve pero no se toma. Es para Elías, por si llega esa noche a anunciar la venida del Mesías. Cuando la cena se termina se manda a un niño a abrir la puerta a ver si está el profeta. Como no está, se derrama el vino sin que nadie lo tome.

La celebración ritual de la Pascua tiene tres grandes dimensiones, que compartimos los cristianos cuando celebramos la Eucaristía: «Es memorial, recuerdo que se hace presente. La segunda dimensión es la de la bendición, la acción de gracias. La tercera dimensión es la del sacrificio», concluye Izquierdo.

Algunas simbologías

• Los varones tienen que llevar kipá, la prehistoria del solideo de los obispos. Los hombres son cabeza de la mujer, como dice el mismo san Pablo, pero por encima de él está Dios. La kipá recuerda constantemente al hombre que no es Dios.

• El color ideal de vestimenta es el blanco. Es un día de fiesta, así que hay que adecentarse como tal.

• Los hombres también llevan puesto un talit, una especie de chal del que cuelgan, en cada esquina, cuatro flecos largos con cinco nudos que simbolizan el Pentateuco.

• El presidente siempre es el padre de familia, aunque haya un sacerdote. El Séder es una celebración familiar.

• Ninguno de los comensales se sirve a sí mismo. Todos son servidos.

• Hay que beber como mínimo cuatro copas de vino. Quien no puede beber vino no debe celebrar el Séder. Los judíos hasta tienen una medida concreta para llenar las copas.

• En un momento de la celebración el presidente toma unas gotas de vino con los dedos y tira diez gotas al suelo para rememorar las diez plagas de Egipto.

• Cada vez que se elevan las copas se tapan los panes. Cuando la copa vuelve a su sitio se destapan los panes, porque se sigue con el relato del sufrimiento.

• Los judíos, la víspera del 14 de Nisán, hacen un rito de búsqueda de pan leudado por la casa. Van recorriendo el hogar buscando todo lo que quede de pan fermentado, mientras recitan una oración. Buscan la levadura, signo de todo lo que es vano, figura del pecado –en la Eucaristía, será el rito penitencial de entrada–. No puede quedar nada. Los restos se queman la mañana del 14 de Nisán, a la hora a la que Jesús fue crucificado. Así el corazón puede estrenarse.

• Hay dos lavatorios de manos durante la celebración: la primera es higiénica, la segunda es el lavado ritual. Tiene un sentido purificador y es el lavatorio de manos del sacerdote en la Misa.

Los alimentos presentes

Pan ácimo: hay tres panes, pueden ser redondos o cuadrados, y son ácimos, sin levadura. Este pan cuesta morderlo y digerirlo, es pastoso. Simboliza la dureza de los años de esclavitud. También recuerda el momento de la liberación, cuando los israelitas salieron corriendo y no pudieron dejar fermentar el pan toda la noche. «La novedad que Jesucristo aportó en la Última Cena es que, a partir de ese momento, el pan sería su Cuerpo entregado por nosotros, que rompe la esclavitud más profunda que tiene todo ser humano, la del pecado», afirma Antonio Izquierdo, párroco de San José Obrero, en Móstoles, y gran conocedor de este ritual. El tercer simbolismo del pan alude a los dos modos de ser del hombre: por un lado el pan ácimo es un pan sin levadura que representa al hombre puro. El fermentado es el hecho con reposo, con tiempo, con envanecimiento de sí mismo, y representa al hombre orgulloso.

Vino: Siempre presente en la cena, representa la alegría de ser libres, la vida, la fiesta, la abundancia.

Cordero: es el plato memorial por excelencia. Tiene que estar asado a fuego con todo, patas, vísceras, entrañas… y al menos tener un año. Puede ser cabrito.

Hierbas amargas: pueden ser lechuga, apio… Simbolizan la amargura de la esclavitud, y se aliñan con agua salada o vinagre, que recuerdan las lágrimas vertidas mientras eran esclavos en Egipto. En la Eucaristía, será la amargura del pecado del que nos ha librado Cristo.

Jaroset: las hierbas amargas se comen junto a una pasta dulce, el jaroset, que alude a que la vida tiene momentos dulces y amargos. Esta pasta está hecha con manzana, nuez, avellana, miel, dátiles. Todo frutos que aparecen en las Sagradas Escrituras. Su color y textura recuerda a los ladrillos que elaboraban como esclavos los israelitas.

Huevo duro: simboliza al pueblo de Israel, que cuantas más dificultades pasan por él, más se endurece, más fuerte se hace.