«El sacerdocio no es Netflix, hay cruz y resurrección»

«El sacerdocio no es Netflix, hay cruz y resurrección»

El Seminario Conciliar de Madrid celebra la fiesta de San Juan de Ávila con 200 sacerdotes agradeciendo el don recibido

Begoña Aragoneses
Los sacerdotes convocados durante la Eucaristía. Foto: Javier Ramírez.
Los sacerdotes convocados durante la Eucaristía. Foto: Javier Ramírez.

El Seminario Conciliar de Madrid ha acogido este viernes una gran celebración del sacerdocio por la fiesta de San Juan de Ávila, patrón del clero secular en España. En el salón de actos se han dado cita cerca de dos centenares de sacerdotes, en un acto que ha estado presidido por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, y los obispos auxiliares Juan Antonio Martínez Camino y Vicente Martín

Juan Carlos Merino, vicario diocesano para el Clero, ha presentado la jornada, en la que se ha rendido homenaje a los que cumplían sus bodas de plata y oro sacerdotales, pero también los 60 (bodas de diamante) y los 70 años (bodas de titanio). 

El cardenal Cobo ha querido dar las gracias a Dios «por todo el abanico de experiencias» y por los proyectos de futuro. En este sentido, ha hablado de la próxima visita del Papa León XIV, un momento «intenso de vida eclesial y de escucha», y ha invitado a los presentes a que animen a sus comunidades para estar en la Misa del Corpus, en la vigilia de la Plaza de Lima y en el gran encuentro diocesano del Bernabéu. 

Un canto de alabanza 

Este año se producía una particularidad, y es que los que cumplían sus 25 años de sacerdocio eran dos cursos. El primero se ordenó el 6 de enero de 2001, adelantándose unos meses a la fecha prevista. Ha sido Ignacio López-Vivié, uno de los que celebraban sus bodas de plata, el que ha explicado cómo pidieron al entonces arzobispo de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela, que le adelantaran las ordenaciones haciéndolas coincidir con las de los obispos que san Juan Pablo II ordenada en Roma en la clausura del Jubileo del año 2000. 

Un momento de la intervención de Julio Palomar. Foto: Javier Ramírez.
Un momento de la intervención de Julio Palomar. Foto: Javier Ramírez.

Además, en nombre de todos sus compañeros de curso, de los que ha ido citando sus lemas sacerdotales, ha resumido su vida sacerdotal hasta ahora, sostenida por la «fidelidad del Señor y el amor a su Iglesia». Aunque hoy «el ministerio sacerdotal me sigue pareciendo demasiado grande», se ha mostrado inmensamente agradecido y, como el salmista, ha pedido «hacer de nuestras vidas un canto de alabanza a Dios». 

Grandes maestros 

El otro curso que se ordenó aquel 2001 fue el de Francisco González Adrán, el 12 de diciembre. Ha arrancado su testimonio haciendo reír a los presentes contando anécdotas de cuando estudiaban Teología —«hemos tenido grandes maestros que nos han forjado en el ministerio»—, para después dejar constancia de la «desproporción del don recibido». «Dios es fiel», ha subrayado. «Tras casi 25 años de cura el asombro continúa descubriendo que mi debilidad ha sido transformada en su fortaleza». 

Ha reconocido, dirigiéndose especialmente a los seminaristas, que «en la vocación hay una promesa de plenitud; es real». Pero ha aterrizado: «El sacerdocio no es un cuento de hadas o una serie épica de Netflix; en el sacerdocio hay plenitud, hay cruz, pero hay resurrección; hay vida oculta, hay sufrimiento personal y la carga del dolor de los hermanos, pero Cristo se da por entero». 

Y ha concluido con unas palabras de José María García Lahiguera, fundador de las Oblatas de Cristo Sacerdote: «Gracias porque el Padre me eligió, porque el Hijo me llamó, porque el Espíritu Santo me confirmó; mil veces naciera, mil veces sacerdote». 

Sacerdote para servir 

Por parte de los sacerdotes que cumplen este año las bodas de oro ha tomado la palabra Julio Palomar. Casi 80 años de vida y ha comenzado con un elocuente «siempre estaré agradecido a esta diócesis que me acogió y me ordenó sacerdote». 

Palomar ha perfilado su vida de parroquia, tantos años en Carabanchel, en concreto en el barrio de Caño Roto, que despertó en él «una sensibilidad especial hacia los más vulnerables». Con una marcada «vocación de servicio desde el ministerio sacerdotal», la parroquia para él «no es una parcela aislada o un feudo a administrar», sino una «comunidad de comunidades» donde se comparte la fe, un lugar de encuentro y acogida «donde quepamos todos» porque «las diferencias no entorpecen, sino enriquecen». 

Ministerio encarnado 

En estos años «la salud me ha respetado, la ilusión la tuve y la tengo» y ha sido cura en el lugar concreto en el que la diócesis le ha puesto. ¿Cómo? «Se trata de encarnarse en el lugar y con la gente de ese lugar; eres enviado para servir, para ser y estar con ellos, para acompañar y dejarte acompañar». 

Se ha referido también a los tres pilares de la pastoral: la catequesis, una formación que genere procesos para «hacer testigos del evangelio»; la liturgia, y la caridad, «la opción por los pobres como primero signo de la evangelización». 

Palomar ha resumido lo que a él le ha sostenido en estos 50 años: la confianza en el Señor y «recordar cada día que fui llamado para servir al pueblo de Dios, y que en la respuesta no estoy solo, el Espíritu nos acompaña». También la Palabra, Eucaristía, la oración, las celebraciones litúrgicas «bien cuidadas», ser «compañero y amigo de los sacerdotes», caminar con la comunidad, «estar contento con lo que se hace; nunca satisfechos, porque siempre se puede hacer más y mejor»; la buena relación arciprestal… Todo un programa de vida. 

Los homenajeados han recibido el abrazo del cardenal Cobo, así como de los obispos auxiliares, el aplauso de sus compañeros y un regalo, entre ellos un icono de Jesús Buen Pastor. La celebración continuó con una Eucaristía en la capilla del Seminario y una comida fraterna.