El reparador de neumáticos que cura endemoniados en África - Alfa y Omega

El reparador de neumáticos que cura endemoniados en África

Gregoire Ahongbonon ha devuelto la salud «con amor» a 200.000 enfermos mentales en África. Muchos de ellos son encadenados durante años por sus familias

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Ahongbonon durante la presentación de su proyecto en Madrid.
Ahongbonon durante la presentación de su proyecto en Madrid. Foto: J. L. V. D.-M.

«Yo soy simplemente un reparador de neumáticos». Así se presenta Gregoire Ahongbonon, fundador de la asociación Amigos de Saint Camille, una red que desde hace más de tres décadas rescata de las calles africanas a personas con enfermedades mentales, drogodependientes o en situación de pobreza extrema. Está en Madrid estos días para presentar el proyecto de un nuevo centro en Masa, Benín, con el impulso de la ONG Cesal.

Casado y padre de seis hijos, Ahongbonon nació en Benín y emigró joven a Costa de Marfil. Allí, confiesa, «las cosas me iban muy bien». A los 23 años ya tenía coche y cuatro taxis. «Amaba a Dios y a la Iglesia —recuerda—, pero cuando llegó el dinero me olvidé». Su fortuna se esfumó en apenas un mes, entre accidentes y desgracias. «Lo perdí todo. Pensé en quitarme la vida. Todos me abandonaron, excepto mi familia», relata.

Tentado por otras iglesias, un sacerdote misionero lo escuchó y le dedicó su tiempo. «Volví como el hijo pródigo», explica. Aquel sacerdote le pagó un viaje a Jerusalén, donde vivió una experiencia que cambió su vida. «En esa peregrinación, Dios me dio mucho», asegura. De vuelta, organizó un grupo de oración y empezó a visitar enfermos en hospitales. En una de esas visitas descubrió una sala donde los enfermos estaban abandonados, sucios y sin tratamiento, «porque en África, si no tienes dinero, no puedes acceder a medicinas», lamenta.

Uno de los enfermos rescatados por Gregoire Ahongbonon.
Uno de los enfermos rescatados por Gregoire Ahongbonon. Foto: Amigos de Saint Camille.

Él y sus compañeros comenzaron a limpiarles, a mostrarles afecto y a buscar fondos para pagar sus tratamientos. «Algunos pudieron curarse, y otros no, pero los que murieron lo hicieron con dignidad», recuerda. Sus negocios mejoraron, pero su mirada cambió: «Quería buscar a Dios en los pobres», dice. Empezó a visitar a presos en las cárceles, y a conocer niños de la calle, leprosos y finalmente enfermos mentales. Para hacerse entender, comienza diciendo que estos últimos son «los olvidados de todos: comen de la basura, van desnudos y son apedreados porque se les considera endemoniados».

El mismo Gregoire también los evitaba, hasta que en 1990 su vida dio otro giro. «Vi a uno de esos enfermos y me paré. Empecé a verlo con amor de verdad. Vi a Jesús sufriendo en él», confiesa. Desde entonces se dedicó a buscarlos, a ofrecerles comida y agua, y a llevarlos al hospital. «Los resultados eran sorprendentes», dice.

Pero en 1994 sufrió un nuevo impacto: le llamaron para que fuera a un pueblo a ver a un joven encadenado al suelo. «Tenía los pies y los brazos atados a un tronco por hilos de alambre, y estaba podrido y lleno de gusanos». Estaba tan trabado que no lo pudo liberar ese día, pero sí al día siguiente, valiéndose de herramientas que encontró en una ferretería. «Cuando lo limpiamos, me dijo: “Señor, no sé cómo darle las gracias a Dios y a usted. Yo no sé qué he hecho para que me hicieran esto. ¿Puedo seguir viviendo?”». Lamentablemente, ese chico murió poco después, pero «lo hizo como un ser humano, con dignidad».

Enfermos que cuidan de enfermos

Desde entonces, Ahongbonon y sus voluntarios comenzaron a recorrer aldeas para liberar a los enfermos encadenados. «No es culpa de las familias —aclara—, ellos simplemente no saben qué hacer. No hay apenas hospitales psiquiátricos en África».

A este panorama se une también la proliferación de sectas en los países africanos, «que ven demonios por todas partes, engañan a las familias, se llevan a los enfermos para encadenarlos otra vez, dejarlos sin comer y pegándoles para que salga el diablo». «No es más que un negocio para ellos», denuncia.

La iglesia es el núcleo de la actividad de los centros de la asociación.
La iglesia es el núcleo de la actividad de los centros de la asociación. Foto: Amigos de Saint Camille.

Hoy, Saint Camille cuenta con 18 centros en Benín, Togo y Costa de Marfil y numerosos dispensarios, muchos de ellos gestionados con el apoyo de congregaciones religiosas. Allí, «los enfermos son quienes cuidan de los enfermos», explica con orgullo. De momento, ya han salido de ellos, «curados», cerca de 200.000 enfermos.

«Cuando veo a una persona encadenada —dice— veo la imagen de todos los seres humanos del mundo». Por eso pide no olvidar estas historias y recuerda que su obra vive «de la Providencia» y de las ayudas de quienes simpatizan con su proyecto, una aventura que, como insiste una y otra vez, «es más grande que yo».