El problema del mal

El comienzo de la temporada y final del verano nos deja tres propuestas que tocan la cuestión del mal, dirigidas a públicos diferentes: Epic, el mundo secreto para niños, se centra más en la corrupción de la naturaleza; Cazadores de sombras: Ciudad de hueso, para adolescentes, propone la lucha trascendente entre el bien y el mal en términos pseudopaganos; y Mud, para espectadores más adultos, se centra en el mal moral

Juan Orellana
Fotograma de la película Epic

El comienzo de la temporada y final del verano nos deja tres propuestas que tocan la cuestión del mal, dirigidas a públicos diferentes: Epic, el mundo secreto para niños, se centra más en la corrupción de la naturaleza; Cazadores de sombras: Ciudad de hueso, para adolescentes, propone la lucha trascendente entre el bien y el mal en términos pseudopaganos; y Mud, para espectadores más adultos, se centra en el mal moral

El veterano director Chris Wedge (Ice Age: La edad de hielo, Robots…) afronta con Epic un nuevo proyecto de animación basado en un libro del escritor, ilustrador y ganador de un Oscar William Joyce. Joyce vuelve al microcosmos de los pequeños animales que ya explotó en la época en la que trabajó para Pixar en Bichos. En esta ocasión, se trata de una historia sobre la interminable batalla entre las fuerzas del bien, encargadas de mantener la vida, y las fuerzas del mal, que pretenden destruirla. Mary Katherine es una adolescente que intenta reanudar la relación con su padre viudo, el Profesor Bomba, un científico cuya obsesión es descubrir una diminuta sociedad secreta que habita en el bosque. Esta idea a su hija le parece disparatada hasta que, inesperadamente, es transportada a ese universo secreto, donde se está librando una batalla entre los Hombres Hoja y los Boggans.

Este relato de fantasía y aventuras es el telón de fondo para la reconstrucción del vínculo paterno-filial entre Mary y su padre. La trama ecológica no tiene el aire ideológico cargante de otras producciones, y el ser humano aparece más como aliado de la naturaleza que como su destructor. La cinta es muy vistosa, con sentido del humor e imaginativa, y carece de las bromas escatológicas de algunas franquicias de animación.

Mud

Elis y Neckbone, en una escena con Mud

El director Jeff Nichols, que dirigió la interesante Take Shelter, vuelve a los dramas familiares en esta historia sureña, escrita por él, y ambientada a las orillas del Mississippi en su paso por Arkansas. Ellis y Neckbone son dos chavales de 14 años que descubren, durante una de sus escapadas en lancha por el río, a Mud, un hombre refugiado en una isla en medio del río. Empiezan con él una relación amistosa que va desvelando las verdaderas razones por las que Mud se encuentra allí escondido. Cuando se quieran dar cuenta, los chavales estarán metidos en un importante lío.

La historia, aunque tiene algo de tvmovie de sobremesa, está bastante bien llevada, consigue captar el interés del espectador, y se resuelve satisfactoriamente. Muy bien rodada y montada, cuenta con una solvente interpretación de Matthew McConaughey (Mud) y del niño Tye Sheridan, apoyados por unos secundarios de lujo como Reese Witherspoon, Michael Shannon o Sam Shepard. Toda la historia gira en torno a la fe de Ellis en el amor verdadero. A lo largo de la historia, él tendrá que decidir si su fe es razonable o debe abandonarse al escepticismo. En ese sentido, si no fuera por la violencia de algunas escenas, estaríamos hablando de una cinta casi familiar. A la cuestión del amor romántico, se añade el tema de las relaciones paterno-filiales, que también son desarrolladas con interés. El resultado es una película entretenida, muy positiva en su fondo y esperanzada, algo habitual en el cine clásico y que ahora es casi excepcional.

Cazadores de sombras: Ciudad de hueso

Imagen de la última película de Cazadores de sombras

Si hay una saga literario-fílmica que, por llegar al cine después que otras, sirve de compendio de muchos planteamientos metafísicos del cine mainstream es Cazadores de sombras, cuya autora literaria es Cassandra Clare, que empezó en 2003 a publicar estos relatos, dos años antes que Crepúsculo, de Stephenia Meyer.

La trama se centra en Clary Fray, una adolescente neoyorkina aparentemente normal. Una noche, en compañía de su amigo de siempre, Simon, decide ir a la discoteca de moda Pandemonium. Allí presencia cómo un extraño joven llamado Jace parece asesinar a alguien, pero el cuerpo de la víctima desaparece y nadie más parece haberlo visto. Jace comienza a seguir a Clary, sintiéndose cada vez más atraído por ella, hasta que termina revelándole su secreto: pertenece a los Cazadores de sombras, un grupo de poderosos guerreros mitad ángeles-mitad humanos, enfrascados en una antigua batalla para proteger nuestro mundo de los demonios.

Indicar las inevitables referencias a otras dos sagas literario-fílmicas, Harry Potter y Crepúsculo, es una obviedad, pero aun así es necesario hacerlo. En ambas series se mantiene la lucha entre las fuerzas del mal y del bien, siempre entendidas de una forma penúltima y abstracta. En el caso de Harry Potter, la batalla se circunscribía al ámbito de la magia. En Crepúsculo, una renovada lectura de las historias vampíricas y de licántropos ofrecía un planteamiento metafísico novedoso. Sin embargo, en ambos casos, lo sobrenatural en un sentido cristiano brillaba por su ausencia. En la guerra entre el bien y el mal, no existe un personaje llamado Dios, ni siquiera presentado de forma metafórica o alegórica. La saga de Cazadores de sombras da un paso más, ya que se introducen los ángeles como elementos clave de su diégesis demonológica. Llama la atención que la existencia de estos ángeles bíblicos no parece guardar ninguna relación con el Dios judeo-cristiano que los ha creado. Es como si en la jerarquía del más allá, los ángeles ocuparan el escalafón más alto en la región del Bien. En la región del Mal están los demonios, que también parecen realidades autónomas y autosuficientes, y no creaturas rebeldes como describe la tradición cristiana. Ángeles y demonios son los polos opuestos de una concepción metafísica claramente maniquea.

Es curioso lo poco que pinta en esto el ser humano, que ocupa el centro de las atenciones divinas en la teología cristiana. Aquí es como un pelele que no participa de su propia salvación o condenación.

Se trata de una metafísica atea -al menos, desde el punto de vista práctico-, cuyos elementos trascendentes responden a una concepción dialéctica entre seres diabólicos y seres angelicales que luchan por el poder y el control del mundo. Obviamente, si habláramos de una historia de la redención, habría que decir que la salvación aún no ha tenido lugar, sino que depende del resultado de las guerras descritas entre las distintas fuerzas en juego.

Juan Orellana