El Papa pide no reducir el decálogo a una «hermosa fachada de una vida que sigue siendo una existencia de esclavos»

Para no caer en esta actitud hipócrita, Francisco animó a los fieles a «reconocerse como mendigos» y «enfrentar» así «el desorden de nuestro corazón» y «dejar de vivir egoístamente»

José Calderero de Aldecoa
Foto: REUTERS/Alessandro Bianchi

Para no caer en esta actitud hipócrita, Francisco animó a los fieles a «reconocerse como mendigos» y «enfrentar» así «el desorden de nuestro corazón» y «dejar de vivir egoístamente»

El Papa ha abordado en la audiencia general de este miércoles el último de los mandamientos –No codiciarás los bienes ajenos, ni la mujer de tu prójimo–, el cual no agrega un nuevo contenido –su contenido está latente en los mandamientos que se refieren específicamente al adulterio y al robo–, pero que da cumplimiento al viaje emprendido en el decálogo.

«Todo el itinerario del decálogo no tendría ninguna utilidad si no llegase a tocar el corazón del hombre», aseguró Francisco, al tiempo que explicó que el reto del décimo mandamiento es precisamente «liberar el corazón de todas las cosas malvadas y feas. Si el corazón no se libera, el resto sirve de poco».

Indicar el límite de la vida

Por otro lado, el Pontífice también atribuyó a los mandamientos la tarea de «indicar el límite de la vida, el límite más allá del cual el hombre se destruye y destruye a su prójimo, estropeando su relación con Dios».

Asimismo, pidió no reducirlos a una «hermosa fachada de una vida que sigue siendo una existencia de esclavos y no de hijos». A menudo, explicó el Santo Padre, «detrás de la máscara farisaica de la sofocante corrección, se esconde algo feo y sin resolver».

Para no caer en esta actitud hipócrita, el Papa animó a los fieles a «reconocerse como mendigos» con la ayuda de las últimas palabras del decálogo. Estas «nos ayudan» también «enfrentar el desorden de nuestro corazón, para dejar de vivir egoístamente y volvernos pobres de espíritu, auténticos ante la presencia del Padre, dejándonos redimir por el Hijo y enseñar por el Espíritu Santo».

J. C. de A.