El Papa pide a los obispos de Zimbabwe que trabajen por la reconciliación - Alfa y Omega

El Papa pide a los obispos de Zimbabwe que trabajen por la reconciliación

Zimbabwe entró en el siglo XX con una radical reforma agraria que provocó que los alimentos pasaran de ser una necesidad básica a un consumo de lujo, y que el 80% de la población…

Redacción

Zimbabwe entró en el siglo XX con una radical reforma agraria que provocó que los alimentos pasaran de ser una necesidad básica a un consumo de lujo, y que el 80% de la población se encontrase sin trabajo. Esto, sumado a una serie de decisiones políticas equivocadas como la política de control de precios, y de fenómenos como la sequía o la pandemia del Sida, supuso que seis millones de zimbabwenses se viesen envueltos en una situación de pobreza extrema, y que centenares de miles de niños necesitaran asistencia especial. Una situación de la que, el país, no ha salido todavía. De hecho, en 2007, la Conferencia Episcopal publicó un texto titulado Dios escucha el grito del oprimido, que se leyó en todas las parroquias del país, y en el que mostraban su preocupación por la crisis. En el documento, ponían de relieve «la desintegración de la salud pública, la paralización de las actividades en las escuelas y los servicios públicos hechos pedazos». Durante la visita ad limina de los obispos zimbabwenses a Roma, el Papa, que reconoció que los habitantes del país «han llegado a su límite humano», agradeció a los obispos que se hayan mantenido «firmemente unidos a su gente» y les pidió que guiasen a quienes toman decisiones «con gran ternura hacia la unidad y la sanación»

«La Iglesia en vuestro país se ha mantenido firmemente unida a su gente, tanto antes como después de la independencia, y ahora también en estos años de sufrimiento abrumador, en el que millones de personas han abandonado el país sumidos en la frustración y la desesperación, en el que muchas vidas se han perdido y en el que tantas lágrimas se han derramado». Son palabras del discurso del Papa Francisco a los obispos de la Conferencia Episcopal de Zimbabwe, que han concluido en Roma su visita ad limina.

Tal y como el Santo Padre explicó en el discurso, el crecimiento de la Iglesia en ese país «es parecido al de un árbol joven y fuerte, lleno de vida que ha dado fruto» y no dejó de mencionar que muchas generaciones, entre ellas miembros de la clase política, se han educado en las escuelas católicas. Después elogió a los prelados porque, en el ejercicio de su ministerio profético, han dado voz a todas las personas que sufren en Zimbabwe, en especial a los oprimidos, como dejaron patente en la Carta Pastoral de 2007 titulada Dios escucha el grito del oprimido, en la que afirmaban que los orígenes de la crisis que sacudía a la nación eran, a la vez, espirituales y morales. También señalaban que  las «estructuras de pecado» incrustadas en el orden social estaban, en última instancia, enraizadas en el pecado individual, «lo que requiere una profunda conversión personal».

«Hay cristianos -prosiguió el Papa- en todas las partes del conflicto en Zimbabwe, y por eso os insto a guiar a todos con gran ternura hacia la unidad y la sanación». En un país donde algunos son muy ricos, pero la mayoría es extremadamente pobre, «se necesita conversión y sanación, con el fin de llegar a ser cada vez más plenamente un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo», añadió. Ojalá «vuestras Iglesias locales, a través de la predicación y las obras de apostolado, demuestren que la reconciliación no es un acto aislado, sino un largo proceso por el cual todas las partes son restablecidas en el amor», sostuvo. «Sé que muchas personas han llegado a su límite humano y no saben a quién recurrir», reconoció el Papa Francisco. En medio de todo esto, pidió a los obispos que animen a los fieles «a no olvidar nunca que Dios escucha sus súplicas y responde a sus oraciones».

Finalmente recordó que, en este tiempo de Pascua en que la Iglesia en todo el mundo celebra la victoria de Cristo sobre el poder del pecado y de la muerte, el Evangelio de la Resurrección debe ser claramente predicado y vivido en Zimbabwe: «En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. El bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia», concluyó, citando su exhortación apostólica Evangelii gaudium.

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