El Papa aprueba las virtudes heroicas de un padre y su hija, españoles - Alfa y Omega

El Papa aprueba las virtudes heroicas de un padre y su hija, españoles

Conchita Barrechaguren murió de tuberculosis con fama de santidad en 1927, en Granada. Tras quedar viudo, su padre entró en los redentoristas y dedicó sus últimos años de vida al sacerdocio. ¿Quién influyó más en quién? «El hecho es que los dos son santos y que mutuamente debieron ayudarse para llegar a la santidad», asegura el vicepostulador

María Martínez López
Foto: www.barrecheguren.com

Conchita Barrechaguren murió de tuberculosis con fama de santidad en 1927, en Granada. Tras quedar viudo, su padre entró en los redentoristas y dedicó sus últimos años de vida al sacerdocio. ¿Quién influyó más en quién? «El hecho es que los dos son santos y que mutuamente debieron ayudarse para llegar a la santidad», asegura el vicepostulador

El redentorista Francisco Barrecheguren Montagut y su hija Conchita está un paso más cerca de ser elevados a los altares. El Vaticano ha anunciado este miércoles que, tras reunirse el martes con el cardenal Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el Papa Francisco ha reconocido las virtudes heroicas de ambos, junto con las de dos sacerdotes y un laico italianos.

Nacido en Lérida en 1881, Francisco Barrecheguren (hijo de vasco y catalana) sufrió durante toda su vida la pérdida de sus seres más queridos. Cuando tenía solo once meses perdió a su padre, y a los 5 años a su madre. Fue entonces cuando unos tíos lo adoptaron y se lo llevaron a Granada. Años después, en 1927, perdió a Conchita, su hija única, y en 1937 a su mujer Concha, con la que se había casado en 1904. Fue entonces cuando decidió ingresar en la Congregación del Santísimo Redentor.

Conchita había nacido el 27 de noviembre de 1905. Al crecer, tuvo claro que su vocación era la laical. En ella se esforzó en cumplir en todo la voluntad de Dios, como muestran sus escritos espirituales. De naturaleza frágil, durante toda su vida «fue como una presencia que, discreta y débil, se echa en falta cuando, de forma inesperada, desaparece». Así la describe el redentorista Francisco José Tejerizo, vicepostulador de la causa de ambos.

«Dentro de poco partiré de este mundo»

El primer síntoma de enfermedad fue una ligera afonía tras volver de una peregrinación a Lisieux en octubre de 1926: tuberculosis. El único remedio que pudieron ofrecer los médicos fue la recomendación de trasladarla al Carmen, una finca que tenían sus padres junto a los bosques de la Alhambra.

«La vida corre mucho más aprisa de lo que nosotros creemos. Quizá haya transcurrido la mitad, la tercera parte… quizá muera dentro de poco», escribía en su diario espiritual el 27 de noviembre, día que cumplía 21 años. Pero «aun cuando viva muchos años, se pasarán con igual rapidez que los anteriores. ¿Qué es una larga vida, comparada con la eternidad?».

En este sentido proseguía diciendo que, con muchos o pocos años, «dentro de poco partiré de este mundo y de mi vida no quedará rastro alguno. Y esta vida tan corta, tan fugaz, me la da Dios para ganar una eternidad. ¡Desgraciada de mí si la desperdicio!». Por ello, pedía al Señor «que no los desaproveche, que no me entretenga con las cosas de la tierra y, mucho menos, ponga en ellas mi corazón, que mis días no sean vacíos, sino llenos de tu amor y de buenas obras».

«No estoy abandonada»

El 5 de abril, con la enfermedad ya mucho más avanzada, era consciente de que «nadie puede curarme y los remedios que me dan resultan inútiles. No encuentro alivio alguno en la tierra». Pero «ahora más que nunca», rezaba, «sé que estás a mi lado siguiendo los pasos de mi enfermedad con la solicitud más tierna y cariñosa, y deteniendo cuanto pudiera perjudicarme». «No, no estoy abandonada, tengo un Padre amante que no aparta sus ojos de mí, ni por un momento».

La joven murió el 13 de mayo de 1927, justo diez años después de la primera aparición de Fátima. A pesar de su discreta vida, la noticia se extendió como la pólvora por Granada. Sus amigos y conocidos «descubren, poco a poco un atractivo que, hasta entonces, les había pasado desapercibido. Tenía algo que les empieza a servir de referencia», y se empiezan a difundir algunos de sus escritos. «Nunca nadie –ni Conchita, ni sus padres, ni sus amigos–, pudieron pensar que la fragilidad y debilidad de aquella niña iba a despertar tanta admiración e interés después de su muerte», subraya el vicepostulador.

¿Quién ayudó a quién a ser santo?

«¿Fue santa porque tuvo un padre santo? –se pregunta el padre Tejerizo–. Eso decía la gente. Francisco dirá, con gran humildad, que fue ella, Conchita, la que con su santidad influyó mucho en su vida cristiana. El hecho es que los dos son santos y que mutuamente debieron ayudarse para llegar a la santidad».

En 1937 muere Concha, de la que Francisco estaba profundamente enamorado. Su vocación religiosa no fue una huida de la viudez y de la soledad tras esta enésima pérdida. De hecho, tardón ocho años en tomar la decisión. Ingresó en los redentoristas en 1945, y dos años después hizo la profesión religiosa en Nava del Rey (Valladolid). fue ordenado sacerdote el 25 de julio de 1949 en Madrid, pero ese mismo verano fue destinado a Granada.

Durante los años siguiente estuvo totalmente dedicado al ejercicio del sacerdocio. También se implicó en la causa de Conchita, abierta por el cardenal Agustín Parrado en 1938. Murió el 7 de octubre de 1957.

Posible milagro en Alicante

En un principio, las causas de la hija y el padre siguieron caminos distintos. Pero la de Conchita sufrió varios retrasos, sobre todo cuando en 1977 la Congregación para las Causas de los Santos pidió un proceso diocesano supletorio. Este recibió el visto bueno definitivo en 1992. Como al año siguiente se abrió la Causa del padre y en 1994 llegó a Roma, ese año la diócesis de Granada se retiró de la de Conchita, cediendo la actuación a los redentoristas.

Con el decreto de virtudes heroicas, Francisco y Conchita pasan a ser considerados venerables. La Causa queda a la espera del análisis de los posibles milagros. En el caso de la hija, ya existe uno posible: la curación inexplicable de una niña de 16 meses tras sufrir un shock séptico multiorgánico. El proceso canónico se llevó a cabo entre 2016 y 2017 en la diócesis de Orihuela-Alicante y ya está en Roma.

María Martínez López