«El padre Ruiz me ayuda desde el Cielo»

El padre Fernando Azpiroz lleva un año al frente de la Casa Ricci, la misión que dejó el Ángel de Macao, el jesuita padre Luis Ruiz, en China. Una labor que revolucionó la visión de los leprosos en el país, al llegar un español a convivir entre ellos, los desahuciados de la sociedad. Ahora, nos cuenta cómo ha sido para él recoger las riendas de tamaña labor y cuál es el trabajo de los jesuitas en China

Cristina Sánchez Aguilar

El padre Fernando Azpiroz lleva un año al frente de la Casa Ricci, la misión que dejó el Ángel de Macao, el jesuita padre Luis Ruiz, en China. Una labor que revolucionó la visión de los leprosos en el país, al llegar un español a convivir entre ellos, los desahuciados de la sociedad. Ahora, nos cuenta cómo ha sido para él recoger las riendas de tamaña labor y cuál es el trabajo de los jesuitas en China

¿Qué le atrajo a usted de la labor del padre Luis Ruiz, tanto como para llegar a ser su sucesor al frente de Casa Ricci?

Mi provincial me envió a Macao a ayudar al padre Ruiz unos días después de mi ordenación, en el año 2005. Aquel año, el padre Ruiz estuvo muy enfermo, casi a punto de morirse. Sin nadie que lo sucediera, el provincial temía que toda la importante obra que el padre estaba haciendo por los más pobres y marginados de China corriese peligro.

En lo personal, creo que lo que más me atrajo del él desde un comienzo fue la fuerza de su sencillez. Esa sencillez que sabe que el Señor construye grandes cosas a través de los pequeños pasos que damos cada día siguiendo sus inspiraciones. El padre Luis sabía que estando cerca de los mas pobres, él nunca iba a estar lejos de Dios. Por eso su pasión por servirlos y acompañarlos. Así como las estrellas o la brújula orientan a los navegantes, a él eran los pobres y marginados quienes le orientaban hacia Dios y daban sentido a su vida. Más que la dimensión de su obra, me atrajo su estilo, su persona, su manera de entregarse al Señor a través de su entrega a los demás.

¿Qué ha supuesto la figura del padre Luis para China y Macao?

Si bien el padre Ruiz empezó su obra en Macao cuando tenía 37 años, en China empezó, fundamentalmente, cuando él ya tenía 80 años. Creo que el Gobierno de China se maravilló al ver a un hombre de su edad preocupado, e invirtiendo tanto esfuerzo y dinero en personas que para la sociedad no contaban y casi no existían.

Las personas afectadas por lepra no eran una prioridad, y el padre Ruiz las transformó en su prioridad. Al llevar electricidad, construir caminos, preocuparse por su alimentación, enviar religiosas para curar sus heridas, dar educación a los más jóvenes… miles de pacientes afectados por lepra recuperaron su dignidad de personas. La obra del padre Ruiz permitió que estas personas superaran su aislamiento, derribando el muro que la discriminación había construido. Ellos no sólo pudieron acercarse a la sociedad, sino que la sociedad se atrevió también a acercase a ellos. En cierta forma, él comenzó un movimiento que hoy permite que muchas personas y grupos, incluidas personas del Gobierno, puedan acercarse a las personas afectadas por lepra.

Ahora que se cumple un año de su fallecimiento… ¿cómo han vivido allí su ausencia?

Más que la experiencia de su ausencia, lo que vivo hoy es la experiencia de su presencia. Una presencia mucho más fuerte y profunda que la que yo experimentaba antes de su fallecimiento. Creo que ahora comprendo al padre Ruiz y su obra mucho mejor que cuando él vivía conmigo en Macao.

Siento la fuerza de su sonrisa y de su compañía, su presencia inspiradora en muchas personas que hoy nos acompañan y apoyan la obra de Casa Ricci en China. Es cierto que siento una mayor responsabilidad, la tensión del querer ser fiel a su carisma, el no perder a ninguno de los muchos amigos y colaboradores que él tenía. Pero, al mismo tiempo, creo que todo ha sido mucho más sencillo de lo que yo me hubiera imaginado. Sin duda, el trabajo que el padre Ruiz está haciendo desde el Cielo tiene mucho que ver con todo esto.

¿Tres palabras para definir al Padre Luis?

Sonreír, amar, servir, y esperar en el Señor. Estas eran palabras que él solía repetir durante sus últimos años de vida. Creo que lo definen muy bien. Definen su espiritualidad y su manera de entender la vida. La sonrisa del padre Ruiz nacía de esa sabiduría divina que nos ayuda a diferenciar lo importante de lo que no es importante.

Es la sonrisa que nacía de su fe absoluta en Dios y en su presencia en todos los acontecimientos, que nunca son malos o buenos, sino que simplemente son. El amar y servir definían el sentido de su vida. Ruiz era un hombre de acción, de hechos concretos. Y para él, lo más concreto era el servicio del amor. Esperar en el Señor definían su no tener miedo a soñar, a empezar cosas nuevas, a saber que no es uno el que toma la iniciativa, sino el Señor. El Señor que siempre va adelante, el Señor que acompaña y nunca deja que falte nada de lo necesario para realizar su obra.

¿Qué le sostiene a usted cada día, cuál es su fortaleza?

SIn duda es la oración y la fuerza que me da la colaboración. No soy todo lo fuerte que yo quisiera, por lo que no me queda otra que recurrir permanentemente al Señor, y depender de la paciencia y del apoyo de nuestros colaboradores y amigos para llevar adelante obras y desafíos que superan completamente mis fuerzas.

¿Qué nos recalcaría del padre Ruiz, como modelo de aprendizaje aquí en Occidente?

Creo que en Occidente nos sentimos seguros cuando podemos controlar. Cuando podemos controlar situaciones, controlar la información. Cuando tenemos instrumentos y recursos que nos aseguran que vamos a lograr lo que queremos. En Occidente tenemos miedo a nuestros propios límites. Tratamos de pensar y actuar negándolos, pensando que todo lo podemos, o que todo lo tendríamos que poder.

El padre Ruiz era una persona muy consciente de sus límites, de que podía controlar muy poco, o casi nada. Sin ir más lejos, su mandarín era muy pobre, por lo que muy pocas personas entendían lo que quería decir. Cuando comenzó su misión en China, ya era una persona muy limitada físicamente. Necesitaba que lo llevaran de un lado al otro como a un niño. Necesitaba de personas que le organizaran cosas, que tradujeran o expresaran lo que él no podía expresar. Él nunca se reveló contra sus límites. Todo lo contrario, los vivía como su fuerza, casi como una bendición. Sabía que Dios trabajaba mucho más libre y claramente a través de sus límites.

Cristina Sánchez Aguilar