¿El ocaso de las fuerzas de paz de la ONU? - Alfa y Omega

Desde el primer día en el que Donald Trump pisó la Casa Blanca en su segundo mandato, profundizó algunas dinámicas en medio de su pugna contra el liberalismo europeo y de su ruptura con el multilateralismo tradicional representado por organizaciones supraestatales como la ONU. En el marco de su campaña para limitar el alcance de organismos como la UNRWA, la OMS o la UNESCO, como colofón se han visto afectadas las misiones de paz de las Naciones Unidas: los cascos azules.

La pérdida de apoyo económico ha propiciado el anuncio de una caída del 15 % en su presupuesto, con un previsible recorte del 25 % en el número de efectivos destinados a ellas. En vísperas de la Jornada Mundial de la Paz que el Papa León XIV y la Iglesia celebran el primer día de 2026, el mundo se encuentra en un contexto en el que las grandes potencias y pesos regionales no se ven tan apegados al multilateralismo ni constreñidos por sus compromisos con el derecho internacional. Por ello, el efecto de estos recortes se hará notar en un cambio de las dinámicas que ya es perceptible. En concreto se verá una priorización de intereses nacionales, la apuesta por coaliciones con una carga política y una unilateralidad que deje de lado el multilateralismo que representaban las fuerzas de la ONU.

Oriente Medio y África son las dos grandes regiones donde se concentran la mayoría de estas misiones, a veces con décadas de antigüedad. Algunos conflictos de larga data no solo se encuentran lejos de desescalar, sino que han llegado a nuevos picos de crisis, como el del este de la República Democrática del Congo. La misión de la ONU (MONUSCO) es una de las más importantes para la organización, tanto por sus dimensiones como por situarse en el foco de muchos actores regionales.

El Gobierno congoleño solicitó su cierre ante la indignación por el repunte de actividad de los grupos rebeldes, acusando a los actores presentes en el terreno de ineficacia. Pero el fin de una fuerza como la MONUSCO supondría un reto a la hora de encontrar un garante de la estabilidad, pasando el rol presumiblemente hacia fuerzas nacionales o regionales ajenas a la ONU. Angola y Sudáfrica han tratado de liderar procesos de distinto cariz que se han topado con la influencia de Ruanda, que estaría ayudando a los rebeldes congoleños. Un reciente acuerdo mediado por Estados Unidos, aunque lejos de apaciguar el conflicto, podría influir en la transformación de la fuerza de paz.

Del mismo modo se ha visto la evolución de procesos como los de Somalia o Haití, donde fuerzas multilaterales no estrictamente dependientes de la ONU han asumido roles que, por otro lado, no están teniendo éxito a la hora de estabilizar sus territorios. En el caso de Somalia, organizaciones regionales como la Unión Africana han tratado de asumir un liderazgo que también se topó con oposición de actores internos.

Asimismo, diversas crisis internas vividas por las organizaciones de África Occidental (CEDEAO) y del Cuerno de África (IGAD) no pronostican facilidades para permitir la transición de fuerzas de la ONU como las que han operado en Malí (MINUSMA) o Sudán del Sur (UNMISS). Precisamente dos años después del cierre de la misión de Malí tras un cambio de régimen, su ejemplo muestra que los países que han acudido a sustituir estas fuerzas tampoco han logrado pacificar el país. El reciente deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y Sudán del Sur a causa de amenazas, recorte de ayudas y restricciones de viaje obligan a poner el foco en este país para ver qué ocurre con su proceso de paz y las fuerzas de la ONU allí presentes.

La siempre olvidada MINURSO, para el Sáhara Occidental, ve redoblada la presión para su marginalización. Las potencias occidentales prefieren la asunción de la soberanía marroquí y el fin del proceso de paz. Del mismo modo, en República Centroafricana las perspectivas de la MINUSCA son una incógnita ya que, aunque ha sobrevivido a periodos tensos por la guerra civil del país, el recorte de fondos podría ser aprovechado por coaliciones de nuevos socios del Gobierno que le ayudan a sostenerse frente a sus rivales internos.

Pero el caso más serio es el de Oriente Medio. Ya se ha visto el interés estadounidense en que la ONU diese amparo legal al acuerdo de Gaza, pero sin recurrir a fuerzas de la organización supraestatal sino a un marco dirigido y controlado por Washington, sus socios europeos y las potencias del mundo árabe-islámico.

En este contexto de liderazgo estadounidense reforzado, la carta blanca que obtiene Israel obliga a poner la mirada en conflictos que podría retomarse en el futuro próximo en Cisjordania, Siria, Irán o el Líbano. Una de las misiones de paz con el futuro más cuestionado podría ser la UNIFIL en este último país. Ya hay naciones como Italia ofreciendo continuar su presencia una vez expire la misión. Ahí se ve claramente cómo la erosión del multilateralismo va dejando de lado a las fuerzas de paz de la ONU para ir a este nuevo marco. Veremos si en 2026 el presidente estadounidense, aspirante al Premio Nobel de la Paz, alcanza su objetivo declarado o, por el contrario, lleva la guerra a más escenarios como Venezuela.