El monumento

Joaquín Martín Abad

Para después de la Cena del Señor las rúbricas del Jueves Santo fijan: «Se lleva el Santísimo Sacramento hasta el lugar de la reserva, preparado en alguna capilla convenientemente ornamentada». En España, a ese lugar se le llama monumento, donde queda para la veneración hasta el Viernes Santo cuando se comulga en la acción litúrgica de la Pasión del Señor. Y añaden: «Exhórtese a los fieles a que dediquen algún tiempo de esta noche, según las circunstancias y costumbres de cada lugar, a la adoración del Santísimo Sacramento».

El monumento más monumental en Madrid era el de la iglesia del real monasterio de San Lorenzo de El Escorial, como lo atestiguan diferentes grabadores de siglos pasados; su gran réplica actual, ni la mitad de lo que fue, puede verse en un costado del mismo templo; es un templete de buen leño, con cupulino ventanado sobre cuatro frisos triangulares sostenidos por columnas, con acceso a su interior por escaleras a sus cuatro lados.

En español repetimos la palabra latina monumento (en vez de sepulcro) cuando se narra en los Evangelios que José de Arimatea pidió el cuerpo de Jesús tras su muerte: «Et posuit eum in monumento («y lo colocó en el sepulcro»)» donde permaneció hasta su Resurrección. Es traducción del griego de μνημειον (Mateo, Marcos, Juan) y μνημα (Lucas). Ambas palabras significan sepulcro o tumba.

Existe la tradición de visitar el monumento de distintas iglesias. Nuestros padres, cuando nos asían de la mano para realizar la visita familiar, nos enseñaban a rezar la estación: seis padrenuestros (oración dirigida a Dios Padre) con sus avemarías (a la Virgen Madre) y glorias (a la Santísima Trinidad); y un séptimo por el Papa. Además de la oración vocal hemos aprendido la oración de ad-oración, en la que no median palabras ni sentimientos sino la fe que rinde el corazón y expone el alma a la unción del Espíritu Santo, en la contemplación de la Pasión y Muerte de Jesús y en la espera de su Resurrección.

Toca realizar este Jueves y Viernes Santos de clausura familiar mucho más que unas meras visitas virtuales: toda una real comunión espiritual, posiblemente orientándonos hacia la iglesia más cercana, donde permanece la presencia eucarística del Señor, pues no lo impiden la distancia ni las paredes.

Joaquín Martín Abad