El malo de la película - Alfa y Omega

Decía Otto Preminger, quizá sin pretenderlo, que en Anatomía de un asesinato no hay nadie completamente inocente. Y mucho menos el fiscal. Ese personaje, magníficamente interpretado por George C. Scott, tan pulcro en sus modales como implacable en sus conclusiones, que entra en escena convencido de que su misión es que su verdad sea justicia. Y, claro, cuando uno cree que la justicia consiste en ganar el alegato, acaba confundiendo la virtud con una mera victoria. Volvía a la película estos días, cuando el titular y tema candente es la condena al Fiscal General del Estado —ahora ex—. No pretende este ser un artículo que aclare detalles jurídicos, nada más lejos, pero sí que recuerde aquel eco de Preminger: qué frágil es la justicia cuando quienes deben custodiarla olvidan que el poder no les pertenece. Que no hablan en nombre propio. Que su autoridad no brota de su astucia, sino de su servicio. El fiscal de la película parece fuerte porque empuja, acorrala y presume de tener todas las piezas del puzle. Pero la cámara lo desmonta mostrando que si la verdad no es buscada con humildad y la ley en la mano se convierte en un instrumento más a utilizar por quienes creen que lo correcto es lo que se ajusta a sus planes. Quizá sea esa la tentación que ronda a tantos responsables públicos: la de olvidar que la justicia no está en un papel timbrado, una toga bien planchada o un cargo que garantiza aforamiento. Es, antes que nada, una virtud. Y ya sabemos que las virtudes solo crecen donde hay conciencia. Es por eso que esta cinta sigue siendo tan actual, pues desenmascara esa soberbia disfrazada bajo unas puñetas de dignidad moral. El fiscal de Preminger no es un villano de caricatura, sino el espejo incómodo que nos recuerda que cuando uno carece de principios fácilmente puede convertirse en el malo de la película.