El latido del corazón de la Semana Santa - Alfa y Omega

Cuando llega la Semana Santa, el corazón de la Iglesia parece latir con una intensidad especial. No es solo una sucesión de celebraciones y manifestaciones de piedad. Es, en realidad, un verdadero movimiento del corazón creyente: un latido que tiene dos tiempos inseparables, como sucede con el corazón humano, sístole y diástole.

La sístole es el momento en que el corazón se recoge y concentra su fuerza. Algo semejante ocurre en la liturgia, especialmente en las celebraciones del Domingo de Ramos y del Triduo Pascual. En ellas, la Iglesia entra en el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Allí están la fuente y el culmen de toda la vida cristiana, como recuerda el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 11). En la liturgia, la comunidad cristiana escucha la Palabra de Dios, celebra los sacramentos y contempla el amor extremo de Cristo, que nos amó hasta el final.

Pero el corazón no solo se contrae: también se abre y se expande. Esa diástole se hace visible en las procesiones y en las diversas manifestaciones de piedad popular que, durante estos días, llenan calles y plazas de nuestros pueblos y barrios. En ellas, el pueblo de Dios expresa con un lenguaje sencillo y profundo la fe recibida. Las imágenes, los pasos, la música, el silencio, el incienso o las saetas hablan al corazón de los hombres y mujeres de nuestro tiempo de un Dios que no permanece distante, sino que se acerca y camina con su pueblo.

La piedad popular tiene una fuerza evangelizadora muy particular. Habla a todos los sentidos: a la vista que contempla las imágenes, al oído que escucha la música o el silencio orante, al olfato que percibe el aroma del incienso o de las flores, al tacto que roza un paso o una medalla, incluso al gusto con postres tradicionales tan propios de estos días como las torrijas. A través de estos signos sencillos, el misterio invisible del amor de Dios se hace cercano y asequible.

Por eso, liturgia y piedad popular no son realidades opuestas, sino dos movimientos del mismo corazón creyente. La liturgia es la fuente que alimenta la fe; la piedad popular es su expansión misionera en medio de la vida cotidiana de nuestros pueblos.

Cuando contemplemos esta Semana Santa una procesión que atraviesa nuestras calles, o cuando participemos en las celebraciones litúrgicas, recordemos que todo forma parte de un mismo latido. Es el latido del corazón de Cristo, abierto en la cruz por amor, que sigue invitando a cada persona a entrar en el misterio de su misericordia.

Y quizá esa sea la gracia más grande de estos días: que, al compás de ese latido, también nuestro corazón aprenda a latir al ritmo del corazón de Dios.