El impacto afectivo de estas fechas

Los sentimientos de aflicción se reavivan con frecuencia estos días. La persona querida ausente, se hace especialmente presente en el recuerdo y en el corazón

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Foto: EFE/Christian Escobar Mora

Los sentimientos de aflicción se reavivan con frecuencia estos días. La persona querida ausente, se hace especialmente presente en el recuerdo y en el corazón

Las navidades tienen un importante impacto espiritual, económico, social, laboral, gastronómico, estético… Pero también afectan a la experiencia afectiva de muchas personas. Algunas emociones se intensifican, a la vez que se observan contrastes emocionales significativos.

La alegría aparece como protagonista. Las vacaciones, los regalos, los encuentros familiares y la misma Navidad son el motivo. Es alegría sana y buen humor, lejos de la risa hueca con la que algunos intentan camuflar el vacío interior. Además, la alegría y el sentimiento de felicidad crecen al alegrar y hacer felices a los demás. Así lo afirman los psicólogos y lo experimentan los que, de forma desinteresada y callada, tienden su mano a los que más lo necesitan. ¿Puede la tristeza imponerse a la alegría? A veces, sí. Unos ríen y otros lloran. Es el contraste entre la alegría de unos y la tristeza de otros. Tristeza por la pérdida de un ser querido, del trabajo, de la salud… y, la más grave, la pérdida de la ilusión por la vida, unida a un sentimiento de amargura.

Los sentimientos de aflicción se reavivan con frecuencia estos días. La persona querida ausente, se hace especialmente presente en el recuerdo y en el corazón; la silla vacía del salón o del comedor resulta ahora especialmente visible y elocuente. Pero este sentimiento de aflicción se puede transformar en gratitud y en honda satisfacción por la vida de la persona fallecida. Algunos escuchan interiormente su voz que les anima a seguir adelante.

Con el avance de la edad llegan con frecuencia los sentimientos de nostalgia. Añoranza, con una buena dosis de idealización, de los tiempos pasados. Pero no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor. Mirar al pasado, sí; pero no para estancarse en él, sino para vivir con realismo y satisfacción el presente y abrir la esperanza al futuro.

La envidia aprovecha la ocasión y se cuela con facilidad durante estos días. No es la sana emulación que desea superar a otros para superarse uno mismo, sino el desear que otros estén por debajo de donde uno está; en los regalos, en las comidas, en la ropa… Es mejor admirar e imitar a los que nos superan en las fortalezas humanas más importantes. La gratitud neutraliza la envidia y la ira. Gratitud por los encuentros, por vivir en un lugar sin guerra, por un año más de vida y crecimiento interior… por el misterio de la Navidad. Gratitud, sentida y expresada. Es ver la vida como un don y no como algo que se nos debe.

Días proclives al exceso en la comida y en la bebida, pero también a los excesos emocionales, con la ira de protagonista. La prolongación de las comidas y reuniones, con el alcohol como invitado, favorece las pequeñas o grandes explosiones, durante las cuales se dice o se hace lo que luego provoca vergüenza y culpabilidad. En su lugar, limar las expresiones hirientes y aprovechar los encuentros para intensificar los vínculos de afecto y amistad.

No se trata de aplanar las emociones ni de enfriar el corazón a la temperatura del cava o de las frías noches de invierno, pero sí de ser conscientes de ellas y evitar así que sean ellas las que nos controlen. Ocasión, pues, para desarrollar la inteligencia emocional, para conocer y controlar mejor las propias emociones. Pero también para practicar la empatía, para «ponerse en el zapato del otro». Por ejemplo, ¿cómo se sentirá aquel a quien acaban de diagnosticar una grave enfermedad?, ¿el que ha perdido el trabajo?, ¿el que está lejos de su patria y de su familia?, ¿los que sufren el azote de la guerra y sus secuelas? No se trata de acibarar el turrón ni de convertir la alegría navideña en un amargo llanto, sino de sintonizar nuestro corazón con el de la humanidad sufriente y estimular los sentimientos y acciones de simpatía, compasión y solidaridad.

Contemplar el portal de Belén –no la mirada superficial– constituye el mejor tónico afectivo, para controlar las emociones negativas y estimular las positivas, así como para disolver nuestros miedos o ansiedades y henchirnos de alegría, sano optimismo y esperanza. Esa sencilla y familiar escena, recuerdo de algo que ocurrió hace algo más de 2.000 años, sigue irradiando amor, comprensión, paz, gratitud, generosidad… hondura espiritual y plenitud. Dios llega en la cercanía y en el amor. Su venida constituye el mejor y definitivo regalo para toda la humanidad, y no solo para los cristianos.

Que no acallen este mensaje universal de paz, amor y esperanza la publicidad al servicio del consumismo, el laicismo combativo, ni tampoco nuestra tendencia a trivializar u olvidar lo realmente valioso, cuando se ofrece con sencillez y de forma gratuita.

¡Feliz Navidad! ¡Feliz Año Nuevo!

Enrique Pallarés Molíns
Profesor emérito de la Universidad de Deusto