El general jesuita que amainó las aguas

María Martínez López
Foto: CNS

Ayer se celebró en Beirut (Líbano) la Misa funeral por el jesuita Peter-Hans Kolvenbach, prepósito general de los jesuitas durante casi 25 años (1983-2008), fallecido el pasado sábado. El Papa ha subrayado su «fidelidad total a Cristo y su Evangelio, unida a su compromiso generoso al ejercitar con espíritu de servicio su oficio particular por el bien de la Iglesia».

El religioso holandés desempeñó un papel fundamental tendiendo puentes entre la Compañía de Jesús y la Santa Sede, en un momento delicado de las relaciones entre ambas. Kolvenbach fue elegido prepósito general dos años después de la intervención de la Compañía por parte de Juan Pablo II. En 1981, el padre Pedro Arrupe, entonces general, había sufrido una trombosis cerebral, y el Papa Wojtyla, que no había ocultado su preocupación por la deriva de los jesuitas hacia posiciones teológicas ideologizadas en América Latina, nombró a un representante pontificio en vez de aceptar una sucesión según el reglamento interno.

El largo ministerio de Kolvenbach sirvió para amainar las aguas. Se recuerda, por ejemplo, que en 1987 Juan Pablo II le pidió que predicara los ejercicios espirituales anuales para la Curia romana.

Con el beneplácito de Benedicto XVI, Kolvenbach presentó su renuncia en 2008 a un cargo para el que había sido elegido de forma vitalicia. Desde entonces, residía en Beirut, la ciudad que le había conquistado cuando tenía 30 años. Sus últimos años los pasó dedicado a sus estudios de la lengua y la literatura armenia.

M.M.