El frío se ceba con las personas sin hogar: seis muertos en cinco semanas
A pesar de las bajas temperaturas, los recursos habitacionales están infrautilizados. Los expertos demandan servicios de atención adaptados a las necesidades reales de los usuarios: que puedan llevar sus pertenencias o mascotas
Se llamaba Eusebio y tenía 57 años. La noche entre el 6 y 7 de enero falleció mientras dormía en la calle, presumiblemente a causa del frío. Pero no es el único. Un día antes sucedió algo similar en Badalona. Un vecino fue a llevar un caldo caliente a una persona sin hogar que se acostaba en los aledaños de su casa, pero no logró despertarlo y alertó a los servicios de emergencia. No estaba dormido, sino muerto. Junto a ellos, otras cuatro personas han perecido en la vía pública en las últimas cinco semanas solo en Cataluña, que se suman a las muertes en otras partes del país. «Es indignante y triste, una vulneración total de derechos», lamenta Beatriz Fernández, directora de la Fundación Arrels. Se trata de la entidad gracias a la cual conocemos la identidad de Eusebio, al que visitaban regularmente en el barrio de Les Corts, en Barcelona. Allí pernoctaba a pesar del frío extremo que estos días ha congelado España, tras rechazar ir a un recurso de emergencia.
Entre las razones que llevan a una persona sin hogar a rechazar un techo bajo el que cobijarse en estas circunstancias, Fernández explica que los recursos de emergencia se abren cuando el termómetro baja de una determinada temperatura y vuelve a cerrarse cuando sube. «Con lo cual, estamos hablando de un servicio que está disponible apenas unos días y sin previo aviso». La directora, además, señala que son recursos a los que no se pueden llevar sus pertenencias personales, ni tampoco a sus mascotas. Por supuesto, no se pueden consumir sustancias. Todo esto lleva a la mayoría de indigentes a rechazar la ayuda. «Aceptarla implica abandonar el espacio donde duermes habitualmente para tener que volver al poco tiempo, con el riesgo de que te hayan robado las cosas, que otra persona se haya instalado en él o, incluso, que hayan colocado en tu ausencia un elemento de arquitectura hostil para que abandones el lugar», advierte Fernández.
Un modelo distinto es el de la propia Fundación Arrels, que se ha preocupado por conocer a las personas que duermen en la calle en Barcelona y sus necesidades. Su último balance, realizado el 3 de diciembre, detectó a unas 2.000 personas durmiendo al raso. Con todos los datos sobre la mesa, han montado el Piso Cero, «un espacio de pernocta, abierto de 20:00 a 08:00 horas, que no tiene límite de tiempo», detalla la directora. «Hay personas que llevan una semana y otras dos años». Al recurso «se puede acceder con las pertenencias y con los animales». Incluso «se puede consumir dentro, pero solo bajo supervisión de un profesional. Lo que se intenta es adaptar el recurso a las necesidades reales de quien lo necesita».
A vida o muerte
Aun con todo, sea por espacio o por decisión propia, hay gente que se queda fuera. Ocurre en Cataluña y también en Madrid. Para ellos, la Comunidad de Sant’Egidio está recogiendo mantas, sacos de dormir y ropa de abrigo. «Luego lo repartimos todo en los recorridos que hacemos por el centro los miércoles y los viernes», explica Tíscar Espigares, responsable de la Comunidad en Madrid. Y añade: «Una manta o un saco de dormir en estas noches de temperaturas bajo cero puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte».
La acción de Sant’Egidio no se encuentra entre las estrategias para acabar con el sinhogarismo; se trata más bien de un gesto de amistad. «Hay que tener claro que la pobreza se combate estructuralmente», advierte Espigares. «Pero hay que distinguir entre la pobreza y los pobres». A estos últimos «hay que encontrarlos, que es lo que nosotros hacemos con esta iniciativa. Por eso los llamamos nuestros amigos de la calle».
33 mil personas se calcula que viven en las calles en todo el territorio nacional.
Seis personas han muerto las últimas cinco semanas en Cataluña.
400 personas fueron desalojadas en Badalona de un antiguo instituto, un caso por el que la Fiscalía ha abierto diligencias contra el alcalde de la ciudad.
No obstante, esa pequeña muestra de cariño puede ser el germen de algo mucho más grande. A Espigares le recuerda a la Navidad, cuando la Palabra se hizo carne. «Se encarnó en un niño débil, que no podía hablar, que se expresaba a través del llanto». Quizá esto «nos indica que el primer lenguaje al que tenemos que hacer caso es al del llanto, al de las lágrimas de los que sufren, de los pobres, de los que tienen frío, o hambre, o están enfermos». Ante todas estas realidades, pide acercarse «con sentido maternal, tratando de comprender qué les pasa». Así «podremos empezar a ofrecerles respuestas a sus problemas concretos» e incluso, algún día, «llegar a la solución definitiva».