En 1784, el magazine alemán Berlinische Monatsschrift divulgó un opúsculo de Immanuel Kant, bajo el título «¿Qué es la ilustración?», en el que más allá de teóricos conceptos filosóficos, se explicaba el tránsito hacia un nuevo mundo ilustrado que dio lugar al Estado moderno.
A lo largo de los años y, especialmente, tras los envites sufridos en las dos grandes guerras del siglo XX, el Estado, basado en el exclusivo imperio de la ley y no en la voluntad del gobernante, asume un rol omnicomprensivo de todas las dimensiones de la vida. Transformaciones en la economía, en la ciencia, en la cultura o en la organización administrativa dieron lugar a una sociedad nueva donde el Estado de derecho se convierte en un instrumento organizado para el bienestar general con una sólida estructura institucional —una máquina generadora de certidumbre, diría Esteve Pardo—.
Hoy el nuevo paradigma social, cultural y geopolítico nos sitúa, en palabras de Prigogine, ante un «final de las certidumbres». Basta para ello con observar los sucesos que se están desenvolviendo y que han llevado a no pocos editoriales y tertulias de estas primeras semanas de 2026 a emplear la expresión «guerra». Y es verdad que estos acontecimientos pueden cuestionar al Estado, al principio democrático, a la política o al derecho en su vocación de dar seguridad, de establecer reglas y de organizar la convivencia de las sociedades. Pero es en medio de tantas incertidumbres y nubarrones cuando hay que saberse atemperar, decía Baltasar Gracián. Solo bajo el imperio de la ley, el ser humano puede vivir en libertad frente al despotismo, la tiranía y la arbitrariedad. Cada vez que el imperio de la ley ha cedido ante el imperio de la fuerza, los resultados han sido catastróficos para la humanidad.