El espíritu de Helsinki - Alfa y Omega

El 1 de agosto de 1975, dirigentes de 35 países —todos los europeos, salvo Albania, más Estados Unidos y Canadá— firmaron el Acta Final de Helsinki de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE). Los dos bloques, que llevaban décadas midiendo sus fuerzas con la amenaza nuclear de fondo, decidieron sentarse a la mesa de negociaciones y llegar a un compromiso con tres cestas: seguridad («de Vancouver a Vladivostok»); cooperación económica, científica, técnica y protección medioambiental; y derechos humanos (incluida la libertad de pensamiento, conciencia y religión). El Acta de Helsinki contenía un decálogo que hizo posible la distensión y consagraba principios básicos del orden internacional: igualdad soberana, renuncia a la amenaza o al uso de la fuerza, inviolabilidad de las fronteras, integridad territorial, arreglo pacífico de controversias, no intervención en asuntos internos, respeto de los derechos humanos y las libertades, igualdad de derechos y libre determinación de los pueblos, cooperación entre los Estados y cumplimiento de buena fe de las obligaciones internacionales.

Enemigos ideológicos se sentaron en Helsinki para llegar a entendimientos por la seguridad común; entre ellos, Gerald Ford, Leonid Brézhnev, el cardenal Casaroli, los líderes de las dos Alemanias, los dictadores Tito y Ceaucescu, Giscard d’Estaing y el presidente del Gobierno español, Arias Navarro. Es difícil reunir alrededor de una misma mesa a líderes tan opuestos en sus intereses e ideologías, pero la voluntad de acuerdo prevaleció y se logró avanzar en dirección contraria al enfrentamiento, la carrera armamentística y el uso de la fuerza. Surgió así uno de los documentos políticos más importantes del siglo XX, que inauguró un ámbito de diálogo, compromiso y reglas comunes que se denominó «espíritu de Helsinki». A pesar de no ser un texto vinculante, el documento impulsó la distensión en las relaciones internacionales y abrió una brecha de disidencia en los países del bloque comunista, al asentar la doctrina de que el trato que un Estado da a sus ciudadanos es un asunto que concierne a la comunidad internacional. Tras el fin de la Guerra Fría, la CSCE se institucionalizó en 1995 como OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa). 

Décadas después, nos encontramos de nuevo en un contexto de alta tensión en las relaciones interestatales en el espacio OSCE, con la devastadora guerra en Ucrania como preocupante expresión de un nuevo espíritu que contradice los principios de Helsinki. Los riesgos de un enfrentamiento militar abierto y general en nuestro continente han aumentado considerablemente y la retórica sigue escalando. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, declaró meses atrás: «Debemos estar preparados para una guerra de la magnitud de la que vivieron nuestros abuelos o bisabuelos». La presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, declaró en marzo de 2025: «Estamos en una era de rearme. Y Europa está dispuesta a aumentar masivamente su gasto en defensa. ReArm Europe podría movilizar cerca de 800.000 millones de euros para una Europa segura y resiliente». Otros líderes han sido igualmente contundentes: «Tenemos que estar preparados para la guerra en 2029» (Boris Pistorius, ministro de Defensa de Alemania); «tenemos que acostumbrarnos a que ha empezado una nueva era: la era de preguerra» (Tusk, primer ministro de Polonia). Por su parte, el presidente ruso, Vladimir Putin, sostuvo ante la Comisión Militar-Industrial de su país: «Estamos dispuestos a cooperar y a restablecer las relaciones con nuestros vecinos europeos […]. Vivamos en paz; de lo contrario, también nosotros nos veremos obligados a responder». 

Poco antes de su muerte, el Papa Francisco redactó desde su habitación del Policlínico Gemelli una carta publicada en el Corriere della Sera en marzo de 2025, en la que ofrecía al mundo este mensaje: «Debemos desarmar las palabras, para desarmar las mentes y desarmar la Tierra. […]. Mientras que la guerra no hace más que devastar las comunidades y el medio ambiente, sin ofrecer soluciones a los conflictos, la diplomacia y las organizaciones internacionales necesitan un nuevo impulso y credibilidad».

Necesitamos con urgencia un cambio radical de orientación. En el quincuagésimo aniversario de la firma del Acta Final de Helsinki, León XIV afirmó en una audiencia general: «Hoy, más que nunca, es indispensable custodiar el espíritu de Helsinki: perseverar en el diálogo, reforzar la cooperación y hacer de la diplomacia la vía privilegiada para prevenir y resolver los conflictos». No es una apelación ingenua ni un brindis al sol. Cuando la retórica del conflicto va acompañada de la producción masiva de armas, nos acercamos a un límite sumamente peligroso. No hay determinismo histórico ni inevitabilidad, pero se precisa audacia para cambiar de lógica. En su intervención en la Sapienza, León XIV fue aún más claro: «En el último año, el aumento del gasto militar en el mundo, y en particular en Europa, ha sido enorme: no se llame defensa a un rearme que aumenta las tensiones y la inseguridad, empobrece las inversiones en educación y salud, desmiente la confianza en la diplomacia y enriquece a élites a las que nada les importa el bien común». El retorno al espíritu de Helsinki es un imperativo moral, como lo es dar protagonismo a la diplomacia y al diálogo político para encontrar soluciones que permitan un espacio europeo que proporcione seguridad a todos los países, partiendo de la realidad, «aunque —a veces— sea espantosa, sin esquemas preconstituidos, impuestos desde arriba, o sobre la base de doctrinas abstractas», como ha afirmado el cardenal Parolin.