El escudero del Papa bueno

Fallecido a los 100 años, el cardenal Loris Capovilla, secretario de Juan XXII entre 1953 y 1963, era la memoria viva del Papa que impulsó el Concilio Vaticano II, con quien vivió los acontecimientos que dieron a la Iglesia un giro irreversible. Fue generoso con periodistas e historiadores aunque poniendo un límite: el buen nombre de la Iglesia y el del Papa bueno

José María Ballester Esquivias
Loris Capovilla, en su residencia de Sotto il Monte Giovanni XXIII (Italia), en el año 2012. Foto: CNS

Fallecido a los 100 años, el cardenal Loris Capovilla, secretario de Juan XXII entre 1953 y 1963, era la memoria viva del Papa que impulsó el Concilio Vaticano II, con quien vivió los acontecimientos que dieron a la Iglesia un giro irreversible. Fue generoso con periodistas e historiadores aunque poniendo un límite: el buen nombre de la Iglesia y el del Papa bueno

Según él mismo relató a la revista Gente Veneta, Loris Capovilla «conoció» al que aún era monseñor Angelo Giuseppe Roncalli –subiría a la Silla de Pedro en 1958 bajo el nombre de Juan XXIII– en 1935, cuando era un seminarista y vio su foto en un ejemplar de la publicación Italia Cattolica que había caído entre sus manos. Desde ese momento, empezó a mostrar interés por quién entonces era un brillante diplomático de la Santa Sede que acaba de asumir el cargo de delegado apostólico para Turquía y Grecia. No era nuncio, pues Roma aún no mantenía relaciones diplomáticas plenas con esos dos países.

Años después, Roncalli y Capovilla se vieron fugazmente con motivo de una visita del prelado a la iglesia de San Lázaro de los Armenios, sita en Venecia, de cuyo Patriarcado Capovilla era sacerdote desde 1940. El conocimiento definitivo entre ambos fue producto de un golpe de suerte. En 1953, Pío XII nombró al cardenal Roncalli, a la sazón nuncio apostólico en París, patriarca de Venecia.

El padre Capovilla fue el elegido por el canciller del Patriarcado para acompañarle a la capital francesa con el objetivo de ultimar los detalles de la toma de posesión del purpurado. Tras el primer cara a cara que mantuvo con el canciller, el cardenal Roncalli sugirió: «Aquel joven sacerdote que le acompaña y al que conocí en San Lázaro de los Armenios podría ser mi secretario…». Respuesta del canciller: «Es un buen sacerdote, pero es de salud frágil y vivirá poco». «Pues si es de salud frágil y no vivirá mucho, que venga conmigo y muera también conmigo», sentenció el cardenal, que ya tenía 72 años.

La elección de Roncalli fue, pues, fruto de la intuición. Sin embargo, la trayectoria de Capovilla le capacitaba perfectamente para desempeñar sus nuevas funciones: desde su ordenación había ocupado en el Patriarcado puestos tan dispares como el de capellán de prisiones y de hospitales, catequista y maestro de ceremonias de la basílica de San Marcos. Y durante los duros años de la Segunda Guerra Mundial hizo gala de valor humano y diplomático: tras el armisticio de 1943 –que partió Italia en dos– logró evitar que muchos aviadores que habían sido compañeros suyos en el servicio militar fuesen deportados a Alemania.

Capovilla apenas conocía la Curia romana cuando, en el otoño de 1958, el nuevo Papa le pidió que siguiera siendo su mano derecha. Optó por la discreción, por tender puentes con todos los sectores de la Curia –a veces enfrentados entre ellos– y, sobre todo, trabajó a destajo para que la figura del Santo Padre fuese más accesible, acompañándole en todas sus innovaciones. Las hemerotecas delatan de forma nítida la presencia de Capovilla en los dos primeros gestos espectaculares de Juan XXII, que fueron la visita a los niños enfermos del hospital de Gesú Bambino el día de Navidad de 1958 y la celebración de la Eucaristía en la cárcel de Regina Coeli, en presencia de los presos, menos de 24 horas después. Gestos que por cierto han venido realizando todos sus sucesores.

Proteger a la Iglesia y al Papa

Capovilla también estuvo en primera línea cuando se trató de idear y poner en práctica la recepción en el Vaticano de personalidades planetarias a las que, hasta entonces, parecía imposible ver traspasar el umbral del Palacio Apostólico, como el arzobispo de Canterbury Geoffrey Francis Fisher o la hija del dirigente soviético Nikita Jruschov, que fue recibida por el Papa junto a su marido; un encuentro que supuso el inicio del lento deshielo entre Roma y los países comunistas.

El fiel sacerdote tampoco se separó de Juan XXIII en momentos tan difíciles como la crisis de los misiles cubanos –el mensaje papal del 25 de octubre de 1962 consiguió rebajar la tensión– o su agonía, que duró desde la Pascua de 1963 (14 de abril) hasta su muerte acaecida a última hora de la tarde del 3 de junio de 1963.

Sin embargo, donde fue más útil fue en la preparación y lanzamiento del Concilio Vaticano II. Solo Capovilla supo de las íntimas convicciones de Juan XXIII al respecto. De ahí que al ser requerido por periodistas e historiadores –a los que nunca les cerró las puertas– pusiese especial interés en que sus palabras no fuesen recuperadas por tradicionalistas o progresistas según las respectivas conveniencias de cada bando. Se trataba de proteger a la Iglesia y, por ende, a la figura del Papa.

Pablo VI, sucesor de Juan XXIII, nombró a Capovilla obispo de Chieti en 1967, y cuatro años más tarde rector del santuario de Loreto, cargo al que renunció en 1988 para dedicarse en exclusiva al Museo de Juan XXIII en Sotto il Monte, el pueblo natal de este último.

En 2014, el Papa Francisco le otorgó una púrpura cardenalicia que tenía bien merecida.

José María Ballester Esquivias