El enfermo y la mirada del samaritano de hoy - Alfa y Omega

El enfermo y la mirada del samaritano de hoy

La compasión cristiana no comienza con un discurso, sino con presencia. Y de fondo, la comunidad que arropa. Porque, igual que el samaritano buscó un posadero, estamos llamados a reunirnos en un «nosotros» más fuerte que la suma de pequeñas individualidades

Guillermo Vila Ribera
El cardenal Michael Czerny durante la celebración en la diócesis de Chiclayo, Perú, de la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo, el pasado lunes 9 de febrero de 2026
Foto: Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

En este mundo de experiencias mediadas, de pantallas y atajos emocionales, urge recuperar lo concreto, lo personal. Empecemos por el que sufre: el que tiene un cáncer, una soledad imposible, una pobreza escondida. La Iglesia celebra este miércoles en Chiclayo, Perú, la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo. ¿Y ese quién es? Buena pregunta. Solo se puede responder con un nombre propio. Si no, la palabra será ideología, o idea, o algo para que escriban esos teólogos a los que se les olvida arrodillarse.

La cosa cambia si hablamos de Carlos, de María, de Mohamed o de Richard: porque son rostro, sudor, mal olor, lágrima y piel. Ese enfermo es al que debemos dirigir nuestra mirada, puerta del corazón de carne con que fuimos creados.

El Papa, en su mensaje con motivo de esta jornada, nos invita a mirar nuevamente la parábola del buen samaritano, que no se limita a curar las heridas del enfermo: se acerca a él, lo toca, le regala su tiempo y su dinero; no pasa de largo. Ese pasar de largo sigue siendo muy habitual, no solo en su versión más radical, la de la indiferencia total, sino también en su matiz escapista: la del bizum acelerado, la moneda sin gesto, el sobre escuálido de Manos Unidas o el «buenos días» oscuro a la puerta de la iglesia. Todo eso puede estar muy bien. Y, aun así, puede dejarnos en el lugar del sacerdote y del levita. Pasamos de largo si nuestra moneda solo sirve para escapar del desafío de la pobreza ajena, si apenas nos vale para ganarle cinco minutos de paz a la conciencia. 

Cómo cuesta bajar la mirada, coger la mano, sostener la tristeza, secar el sudor, dar de ese tiempo que crees no tener; cómo cuesta no juzgar ni creerse superior. Y sentimos equivocadamente el sufrimiento como ajeno, cuando el enfermo es alguien que simplemente nos lleva un tiempo de ventaja. El dolor llega siempre como un «ensayo de la muerte», que cantó Enrique Bunbury.

La imagen es paradigmática: el cardenal Michael Czerny representa a esa Iglesia que toca, que desciende hasta donde está el herido y lo mira a los ojos. La compasión cristiana no comienza con un discurso, sino con presencia. Y de fondo, la comunidad que arropa: enfermeros, médicos, familiares. Porque, como recuerda el Papa, igual que el samaritano buscó un posadero, estamos llamados a reunirnos en un «nosotros» más fuerte que la suma de pequeñas individualidades.

El rojo del hábito cardenalicio remite a la sangre de los mártires, a una vida ofrecida hasta el extremo. Y la cruz, que se inclina con dulzura ante la persona herida, se ofrece no como explicación, sino como compañía, como tirita de madera y fe, como respuesta última al misterio del sufrimiento humano.