El encuentro personal con Jesús nos levanta - Alfa y Omega

El encuentro personal con Jesús nos levanta

Domingo de la 2ª semana de Pascua / Juan 20, 19-31

María Yela
'La incredulidad de santo Tomás'. Paolo Morando. Museo de Castelvecchio (Italia)
La incredulidad de santo Tomás. Paolo Morando. Museo de Castelvecchio (Italia). Foto: Wikimedia Commons / Sailko.

Evangelio: Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». 

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Comentario

Estaban los apóstoles encerrados por miedo cuando llegó Jesús resucitado. ¿Nos imaginamos ese momento? «Paz a vosotros», les dijo. ¡La necesitaban! Este texto evangélico nos ayuda a reflexionar acerca de nuestros temores, nuestras incoherencias vitales, nuestras expectativas, nuestros planteamientos, nuestras pérdidas y logros. Y a redefinirlos. Hagamos pausa e interioricemos la situación que estamos viviendo cada uno de nosotros, el agobio que muchas veces nos consume y agota, las noches oscuras por las que pasamos, la sensación de fracaso. Los apóstoles estaban juntos en ese desconcierto cuando entró Jesús. Es impresionante ver cómo Él vuelve a ellos, sigue con ellos a pesar de que le abandonaron en el difícil momento de la cruz. ¿Qué debieron sentir en ese instante aquellos hombres sencillos? ¡Recuperaron las fuerzas y la fe, al verle y escucharle! Es comprensible que Tomás no pudiera creerlo al no estar presente y necesitara comprobarlo por sí mismo. Nos pasa a muchos de nosotros también. De ahí la grandeza de creer sin haber visto, como señala el Maestro. ¿Cómo es nuestra fe, nuestro encuentro con Jesús? ¿Nos encerramos también, asustados? ¿Solos o en compañía? ¿Necesitamos comprobar por nosotros mismos, más que confiar, creer, ofrecer? Es muy humano hacerlo, pero Él viene a mostrarnos otra dimensión. Viene a traernos paz en la confusión. Viene a traernos fuerza para seguir adelante. Viene a enviarnos como luz para otros, tras recibirla de Él. ¿Sabemos captar esa luz? ¿Sabemos replantear nuestra vida día a día, encontrar sentido a los acontecimientos difíciles a veces, gloriosos otras? El Papa Francisco nos propuso avanzar en santidad paso a paso, acogiendo los acontecimientos con amor. No es fácil, pero es el camino. Si así lo percibimos, vamos encauzados y tenemos mucho ganado. 

Este texto evangélico nos muestra a un Dios cercano, a un Dios que llama a nuestra puerta cuando más perdidos estamos. Un Dios que se cuela en nuestro mundo, en nuestro interior. ¿Le hacemos sitio? Él sí nos lo hace a su lado. ¿Nos colamos en Él para poder vivir y ser luz?  ¿Qué nos propone Jesús a cada uno de nosotros? ¿En qué consiste seguirle? ¿Le reencontramos en nuestro camino personal hacia Emaús? ¿Cuántos signos necesitamos para creer? ¿Nos ofrecemos como pan partido y repartido para otros con el fin de que otros crean y superen confusión, incertidumbre y abatimiento? 

Humanicemos este rincón donde hemos nacido y animémonos, como nos propone Luis Aranguren, a cambiar el rumbo de esta humanidad herida. Podemos hacerlo si nos cuidamos unos a otros. Yo lo aprendo cuando acompaño a personas que cumplen penas de prisión, que frenan sus vidas entre rejas. Muchos descubren que perder, puede hacer reflexionar y reconstruir. Son capaces de tomar las riendas y, en vez de apostar por la queja, el rencor, la desconfianza o el temor, dentro de un lugar tan duro como es la cárcel —donde viven separados de afectos, trabajo, proyectos—, hacen por retomar la vida y resucitar. 

Seamos capaces de aprender unos de otros, acoger a los enviados y reconocernos enviados también nosotros, aportando esperanza. Es tiempo de Pascua, de concretar objetivos sencillos que den sentido a nuestra vida. Encendamos nuestra vela interior con esa fuerza que nos trasmite Jesús, viniendo y entrando a nuestra casa. Veamos y valoremos también la fuerza de otros hermanos cercanos o lejanos, conocidos o anónimos, pero compañeros de camino, que luchan con nosotros por un mundo más humano. 

Levantémonos como hizo Lázaro, tras este encuentro personal con Jesús. Él nos busca, nos nombra, nos acoge, nos perdona, nos apoya, nos da razones para la esperanza cuando todo se desmorona alrededor de nosotros y no entendemos nada; nos dice que estará con nosotros siempre. Mucho hemos recibido y mucho podemos aportar. Él nos envía a seguir compartiendo paz.