Conocí tardíamente la obra de José Jiménez Lozano. «Es un maestro en claridades», me comentó un buen amigo, elogiando su prosa limpia y transparente. Prosa castellana, pero con la sensualidad de un cuento de hadas oriental. Prosa de altura, pues busca incansablemente a Dios. No con la perspectiva del teólogo, sino con la de un pobre lazarillo que lucha contra las tinieblas. Jiménez Lozano nunca se extravió en lo abstracto. Su exquisita humanidad le hizo percibir a Dios como un amor que ha aceptado ser humillado para garantizar la posibilidad de la libertad. Teresiano, sanjuanista, pascaliano, Jiménez Lozano asimila el conocimiento con la débil llama que tiembla en algunos cuadros de Georges de La Tour. La luz de una bujía o una vela que ilumina sus Magdalenas no es tibia claridad ni penumbra atenuada. Es «hambre de luz», por utilizar una expresión de Saint-Exupéry. Hambre de absoluto, sed de plenitud.

Distinguido con la Medalla Pro Ecclesia et Pontifice, Jiménez Lozano siempre fue escrupulosamente fiel a la Iglesia católica. Saludó con entusiasmo al Concilio Vaticano II, escribió un hermoso libro sobre Juan XXIII y leyó a san Agustín con una mezcla de pudor y fervor. Su austeridad castellana le impidió entregarse al exhibicionismo autobiográfico. En cambio, su vena pascaliana le empujó a escarbar en su interior, apelando al corazón para no caer en el escepticismo. Maestro en claridades, sí, pero también orfebre de paradojas. Su interés por Grecia y la Ilustración convivió con un irracionalismo altamente emotivo que le situó en atmósfera moral de los solitarios de Port-Royal. Su simpatía por los jansenistas no le hizo desdeñar la virtud, compañera necesaria de la gracia. El hombre es una caña que piensa y obra. Ahí está su grandeza y también su miseria.

Alma castellana

Autor de una prolija y heterogénea obra literaria y periodística, el genio de Jiménez Lozano es inseparable de su amor por santa Teresa de Jesús, a la que califica de «mística anarquista». Espontánea, ruda, ingenua y ermitaña, la prosa de la reformadora del Carmelo se interna en lo sublime con un aparente descuido, levantando puentes entre lo sobrenatural y lo cotidiano. Teresa sabe que la belleza no necesita artificios. Brota libremente en los espíritus que aman mucho. Jiménez Lozano no mostró menos aprecio por san Juan de la Cruz, el poeta que se acercó a Dios mediante la renuncia total. El frailecillo de la morería, el mudejarillo enamorado del silencio, el místico de la noche oscura, le abrió los ojos a las raíces híbridas de nuestra cultura. La literatura castellana se nutre del bullicio de las aljamas, donde lo judío, lo islámico y lo cristiano dialogan sin fin. Jiménez Lozano rescata las pequeñas maravillas alumbradas por ese cruce de culturas: un suelo empedrado de guijarros, una maceta de albahaca, los granillos de cal de las paredes enjalbegadas, parras con hojas de un verde claro y jugoso. Jiménez Lozano muestra una piedad franciscana hacia las distintas formas de la naturaleza. Se conmueve con la tristeza de una alondra o el gemido de un riachuelo. Su sensibilidad cristiana depura las emociones, quedándose con lo esencial. El mundo es un don y la obligación del poeta es alabar al Creador, agradeciendo el prodigio de la vida.

Toda la vida de Jiménez Lozano transcurrió entre Ávila y Valladolid. Castilla es algo más que un paisaje. Es una forma de entender la vida. Lejos de la angustia existencial de los noventayochistas, Jiménez Lozano celebró el alma castellana como un espacio de encuentro entre estilos y tradiciones. Castilla es una tierra fronteriza. Con atalayas y jardines, transita de la fantasía a la sobriedad. Sus guerreros y sus místicos han aportado gestas y grandes poemas, pero sus gentes sencillas no han sido menos valiosas, con su trabajo callado y su alma templada. La literatura de Jiménez Lozano es una oda a lo gratuito y pequeño. Se recuerda a Juan Ramón Jiménez por su burrito de peluche y azabache, «Marco Aurelio de los prados». Si buscáramos un animal que reflejara la sensibilidad de Jiménez Lozano, no sería ese burrito de ensueño, sino el asno tallado en los capiteles románicos, «el hermano entrañable de todos los pobres e inocentes de la tierra». Su literatura es un oasis para el espíritu, un recinto impregnado de frescor y recogimiento.

Jiménez Lozano ha muerto con la misma discreción con la que ha vivido. Su obra nunca se dejó someter por el signo de los tiempos. Prefirió vivir a contracorriente, aceptando una inmerecida marginación. El tiempo siempre hace justicia y, de hecho, Jiménez Lozano ya ocupa un lugar entre los clásicos. Escritor de pluma feraz, nos ha legado un caudal de libros que nunca defrauda al que acude a sus aguas, buscando esperanza. Cautivado por la alegría, nunca dejará de recordarnos que el sentido de la vida y la historia es desembocar en la plenitud.

Rafael Narbona
Escritor y crítico literario