«El designio amoroso del Padre no puede reducirse a un determinado contexto cultural»

«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?», se preguntó el Papa en su primera Misa en Tailandia. «Pienso especialmente en esos niños, niñas y mujeres, expuestos a la prostitución y a la trata; pienso en esos jóvenes esclavos de la droga; pienso en los migrantes despojados de su hogar y familias, así como tantos otros que, como ellos, pueden sentirse olvidados, huérfanos, abandonados» 

José Calderero de Aldecoa
Foto: Lillian Suwanrumpha

«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?», se preguntó el Papa en su primera Misa en Tailandia. «Pienso especialmente en esos niños, niñas y mujeres, expuestos a la prostitución y a la trata; pienso en esos jóvenes esclavos de la droga; pienso en los migrantes despojados de su hogar y familias, así como tantos otros que, como ellos, pueden sentirse olvidados, huérfanos, abandonados»

Ante más de 60.000 personas, Francisco reivindicó el Evangelio como «una invitación y un derecho gratuito» de todos los hombres y aseguró que «el designio amoroso del Padre es mucho más grande que todos nuestros cálculos y previsiones y no puede reducirse a un puñado de personas o a un determinado contexto cultural».

El Papa hizo estas declaraciones durante su primera Misa multitudinaria, celebrada este jueves en el Estado Nacional de Bangkok, donde recordó cómo Jesús «rompe no solo los determinismos religiosos y legales de la época, sino también todas las pretensiones excesivas de quienes podrían creerse con derechos o preferencias sobre él».

De esta forma, el Santo Padre definió al discípulo misionero no como «un mercenario de la fe» o «un generador de prosélitos», sino como «un mendicante que reconoce que le faltan sus hermanos, hermanas y madres, con quienes celebrar y festejar el don irrevocable de la reconciliación que Jesús nos regala a todos».

Y, ¿quiénes son mi madre y mis hermanos?, se preguntó el Pontífice. «Pienso especialmente en esos niños, niñas y mujeres, expuestos a la prostitución y a la trata, desfigurados en su dignidad más auténtica; pienso en esos jóvenes esclavos de la droga y el sin sentido que termina por nublar su mirada y cauterizar sus sueños; pienso en los migrantes despojados de su hogar y familias, así como tantos otros que, como ellos, pueden sentirse olvidados, huérfanos, abandonados».

Todos ellos, aseguró el Santo Padre, «son parte de nuestra familia. No le privemos a nuestras comunidades de sus rostros, de sus llagas, de sus sonrisas y de sus vidas; y no les privemos a sus llagas y a sus heridas de la unción misericordiosa del amor de Dios». El discípulo misionero «sabe que la evangelización no es sumar membresías ni aparecer poderosos, sino abrir puertas para vivir y compartir el abrazo misericordioso y sanador de Dios Padre que nos hace familia».

Ante este cometido, Bergoglio puso de ejemplo a Jesús, que «no tuvo miedo de sentarse a la mesa de los pecadores, para asegurarles que en la mesa del Padre y de la creación había también un lugar reservado para ellos; tocó a los que se consideraban impuros y, dejándose tocar por ellos, les ayudó a comprender la cercanía de Dios, es más, a comprender que ellos eran los bienaventurados».

J. C. de A.