El cartero que se cambió por su hijo para salvarlo de la muerte
Juan Rubio publica la crónica de la entrega de los doce mártires de Andújar. «Hubo una persecución sistemática», dice
El que fuera director de la revista Vida Nueva, Juan Rubio, acaba de publicar el libro Testigos del amor crucificado: doce mártires de Andújar por odio a la fe, una crónica de la entrega que hicieron once curas y un cartero de la localidad jienense durante la Guerra Civil.
—¿Cómo es este libro? ¿Qué nos podemos encontrar?
—Este libro nace con los 124 mártires de la Guerra Civil en Jaén. De Andújar fueron doce: once curas y un seglar. Yo ya había escrito un libro bastante duro sobre el asedio al santuario de la Virgen de la Cabeza, y me di cuenta de que la mayoría de las personas de 50 años para abajo no saben nada de lo que pasó con la Iglesia en la guerra. Me interesaba mucho contextualizar todo eso en un lenguaje sencillo, pero a la vez contundente y documentado, bajando aquí al terreno de lo que pasó en Andújar.
—¿Qué fue lo que pasó?
—Hubo una persecución perfectamente diseñada, ellos tenían claro que había que exterminar a la Iglesia. Para la República, la Iglesia era un problema, pero luego se convirtió en un mal a erradicar.
—¿También en Jaén?
—Es algo muy curioso, porque esta es una ciudad muy religiosa, había celebrado el 700 aniversario de la Virgen unos años antes. Yo me pregunté cómo es posible que se volviera loca esta sociedad para hacer lo que hicieron.
La revolución
—¿Cuál fue la razón de aquella sinrazón?
—En la Guerra Civil, cuando se metieron los soviéticos, se produjo prácticamente una revolución marxista, y lo que interesaba era crear una masa que pensara como masa. Por eso, quienes antes decían: «Viva la Virgen de la Cabeza», luego gritaban: «Matemos a los curas». Al final, en dos meses se acabó con todos los párrocos de Andújar y con todos los coadjutores. Fue una persecución sistemática.
—Hubo también un laico…
—Un cartero que se cambió por su hijo, al que iban a matar. Ese hombre, José Manuel Solás, cuando se enteró de que su hijo estaba en una lista se ofreció a ir él en su lugar, porque además tenían el mismo nombre. El nieto del mártir luego fue provincial de los Paules en Venezuela.

—¿Qué caso te ha impactado especialmente?
—Por ejemplo, el de Pedro Solís, mi antecesor de aquellos años como párroco en la iglesia de Santa María, en Andújar. Él venía con tres doctorados de Roma, un hombre inteligentísimo. Le tenían en ganas, y al final lo mataron como a un cochino, es decir, lo ataron a una cuerda, lo sacaron por la plaza y lo abrieron en canal. Es duro escribir lo que le hicieron, pero es que las actas martiriales tienen que anotar lo que pasó.