El mundo creado por George R. R. Martin se convirtió en fenómeno televisivo gracias a unas excelentes seis temporadas, cerradas de forma apresurada con un final que enfureció a sus seguidores. Uno de los motivos que se adujeron para tamaña diferencia de calidad fue que las dos últimas no tenían libros en que apoyarse, con toda esa riqueza de personajes y tramas secundarias que los caracterizaba. Después vino La casa del dragón, una precuela que tenía todos los ingredientes para triunfar: intrigas, batallas, paisajes sobrecogedores… ¡y dragones! Además era una historia bien documentada, al estar recogida en el libro Fuego y sangre, del propio Martin. No podemos decir que haya tenido el mismo éxito, algo que este humilde comentarista vaticinó. La historia es atractiva, la producción es espectacular, mantiene esa fusión entre fantasía y política que tanto enganchaba… pero no hay personajes buenos. No me refiero a perfectos; sino a esa búsqueda honesta del bien, aunque caigan en su empeño. La tensión principal hacia la que tienden los personajes es su propio interés. Ningún personaje aúna los rasgos que, en una obra claramente de grises y llena de cinismo, aportaban la bocanada de aire precisa para no asfixiar. Eso lo ha bordado, para sorpresa de muchos (no del aquí escribiente) El caballero de los siete reinos, que sigue las andanzas de un caballero errante y su improvisado escudero, un niño con el pelo afeitado que esconde algunos secretos. No hay dragones, no hay grandes batallas, los escenarios son más íntimos. Y, sobre todo, los protagonistas son buenos. Existe una clara línea entre los malos (esa locura de los Targaryen en Aerion, la mezquindad de tantos señores pequeños) y los buenos (Dunk, Baelor, Egg, Steely Pate). Insisto: no desde la perspectiva de perfección, sino por su deseo sincero de tender al bien. Que eso significa, al final, ser caballero. Y para llevar esto a la pantalla no necesitas dragones, sino contar una historia que merezca la pena.