El buen doctor

Isidro Catela
Freddie Highmore en la serie The good doctor. Foto: ABC

Decir de un médico que es bueno, al menos en el buen sentido de la palabra bueno, que diría Machado, debería ser una innecesaria redundancia. Ya el juramento hipocrático afirmaba que el médico pasaría su vida y ejercería su profesión con inocencia y pureza, y que en cualquier casa donde entrara, no llevaría otro objetivo que el bien de los enfermos.

Lo que sucede es que, a menudo, los que dan juego en la ficción son los malotes. De David Shore, el mismo creador del mítico House, nos llega ahora The good doctor, uno de los éxitos más rotundos de los últimos años en Estados Unidos. Aquí, en España, se estrenó de pago en AXN en octubre de 2017, y desde el pasado 16 de julio ha arrancado en abierto en Telecinco, los lunes a las diez de la noche.

Protagonizada por un espléndido Freddie Highmore (Charlie y la fábrica de chocolate) en el papel de Shaun Murphy, The good doctor nos cuenta otra historia de médicos, pero lo hace como quizá hasta ahora no nos la habían contado: desde el punto de vista de un brillante cirujano con autismo y síndrome de Savant, conocido también como el síndrome del sabio, que convierte a las personas que lo padecen en enciclopedias ambulantes, pero al mismo tiempo con importantes dificultades a la hora de desarrollar otras capacidades que para el común de los mortales nos resultan cotidianas. No es un personaje paranoico, ni retorcido, ni cínico, ni está enfadado con el mundo, ni está atravesando una crisis personal. Busca el bien de los demás y convierte en mejores personas a las que están a su alrededor. Hay que verlo para creerlo. Es verdad que no será la serie de nuestras vidas, que convencerá más al público que a la crítica, que a veces se les va la mano con la sensiblería de la trama y que no siempre nos va a gustar cómo se resuelven los conflictos planteados, pero qué quieren que les diga, con todas sus debilidades, es ideal, al menos para los que a estas alturas de curso estamos un poco hartos de tanta oscuridad televisiva y anhelamos la claridad del verano.

Isidro Catela