El belén napolitano es diferente - Alfa y Omega

El belén napolitano es diferente

Javier Alonso Sandoica

No es complicado diferenciar el belén hebreo del napolitano. El primero cuenta con todo el aderezo tradicional que más se aproxima a la época de nuestro Señor. Allí corren los ríos, hay puentes y camellos, las casas se asemejan a las de nuestros pueblos castellanos, que buscan acercarse al modelo palestino. En cambio, el napolitano es una filigrana artística, hija de un tiempo muy concreto. En el año 1719, se descubren las ruinas de Herculano, que habían sido sepultadas bajo la lava en la famosa erupción del Vesubio. Entonces, al arte se le hacen los dedos huéspedes para introducir en sus propuestas material de la época clásica. Las excavaciones iniciadas en Pompeya, en 1748, lograron centuplicar aquel interés, y en el arte belenista se empiezan a introducir elementos grecorromanos.

El belén napolitano del Palacio Real de Madrid es una de las joyas que uno no debe perderse, si quiere aprender que la pasión belenista es mucho más que un entretenimiento. Mezcla lo sofisticado y lo popular, lo cortesano y lo religioso. Y en él hay algo sorprendente, la presencia de una cueva, diseñada en colores púrpura, donde habita el diablo inmediatamente debajo del Misterio. Personalmente, me sobrecogió la imagen, y le pregunté a la conservadora de Patrimonio Nacional si aquello se repetía en los belenes napolitanos, y me dijo que por supuesto, que el diablo empieza a delinear sus asechanzas desde la infancia de Jesús. Es como una vecindad que acompañará al Señor durante toda su vida pública.

El belén del Palacio Real conserva imágenes de la época de Carlos III, como un nutrido grupo de subsaharianos que tocan instrumentos de difícil identificación, todos ellos de viento. Cada talla está fabricada en paja, recubierta de madera en las manos y barro en el rostro, y las telas parecen vestimenta de príncipes. Por cierto que las manos adquieren una especie de vuelo manierista, como esos cuadros de entretiempo, inmediatamente anteriores al barroco, donde cada dedo parece un sarmiento que lucha por salir de sí. Muchas caras reflejan las enfermedades de la época, como el bocio y, en conjunto, uno no puede dejar de sorprenderse por la minuciosidad. Pasa como con los cuadros de Brueghel o El Bosco: la mirada que se queda en la aproximación aérea no atina con el detalle y se lo pierde. Las sedas en las vestiduras de la Sagrada Familia no aluden a riquezas exteriores, hablan de un universo interior.