La acumulación de refugiados a las puertas del supermercado, a pocos cientos de metros del nuevo campo de confinamiento que les habían asignado las autoridades locales se produjo poco después de saberse, este último sábado, que Atenas ha constituido una fuerza especial de Policía para custodiar las instalaciones del recinto construido en Kara Tepe, que va a sustituir a Moria, devastado por las llamas.

Toda una alegoría sobre la actual política migratoria de Europa. Los gobiernos proporcionan la «seguridad», los uniformados que según ellos deben vigilar a los recién llegados, y estos –los que huyen de las guerras y la miseria– deben acercarse a la tienda más próxima para pagar de su bolsillo las necesidades más básicas.

El incendio de Moria no solo ha destruido un enclave impropio para cualquier ser humano sino que ha dejado convertido en cenizas cualquier argumento capaz de defender la posición de un club de naciones que hace muy pocas décadas exportaba a sus ciudadanos a la espera de la solidaridad de otros, que ahora prefiere sustituir por muros y alambre de espino.

Porque mientras que Atenas se apresuraba a construir un nuevo emplazamiento en cuestión de días –la podredumbre de Moria existió durante años–, y pregonaba que su antecesor era «cosa del pasado», miles de demandantes de asilo siguen hacinados en condiciones en similares en otras islas del mismo país.

Leer editoriales como el que escribía el matutino Ekathimerini que bajo el título de «Nunca otro Moria» exigía campos donde «la legalidad y el respeto a la dignidad humana se hagan cumplir por igual» mientras este periodista observaba las cuadrillas de ratas que le disputan el terreno a los refugiados en el centro de acogida de la isla de Samos parecía un ejercicio de cinismo tan abrumador como los que se prodigan en Bruselas.