Tengamos presentes a quienes están combatiendo la pandemia y a quienes dan cierta normalidad a estos días excepcionales, así como a los enfermos y fallecidos

En una semana, España ha pasado de llenar manifestaciones, campos de fútbol y bares al #YoMeQuedoEnCasa para intentar frenar los contagios por coronavirus y evitar el colapso del sistema sanitario. Aunque algunos –pocos– ya habían alzado la voz hace semanas, en cuestión de días buena parte de la población ha pasado de la inconsciencia e incluso de la irresponsabilidad, de pensar que esto no era China y ni siquiera la vecina Italia, a la certeza de la vulnerabilidad humana.

Poco después de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, compareciera para explicar qué implicaba el Estado de alarma, miles y miles de españoles salieron a sus ventanas, movidos quizá por el anhelo de no saberse solos y por la convicción de que esta batalla se ganará desde la unión. Rompieron en aplausos a quienes están combatiendo la pandemia en primera línea, pero también a quienes dan cierta normalidad a estos días tan excepcionales.

Vaya nuestro aplauso a los médicos, a los enfermeros y al resto de personal de los hospitales públicos y privados, conscientes de que gastan su vida para que otros no la pierdan. Vaya también nuestro aplauso a las autoridades que aparcan sectarismos y toman decisiones no siempre fáciles. Y a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado por su protección. Vaya nuestro aplauso a los transportistas y a los empleados de almacenes y supermercados, quienes permiten que en los hogares haya lo básico. Vaya nuestro aplauso a los sacerdotes, religiosos y capellanes que, aun en medio de las dificultades, tienen una palabra de esperanza. Vaya nuestro aplauso a los trabajadores y voluntarios que no abandonan a los más débiles. Y a los periodistas que no escatiman detalle, ni bueno ni malo, de esta realidad. Vaya nuestro aplauso a los farmacéuticos, a los conductores y a las demás personas que quizá se nos quedan en el tintero, pero siguen al pie del cañón.

En un tiempo propicio para el encuentro con el Señor, como recuerdan las campanas de los templos cada día a la hora del ángelus, tengámoslos presentes en nuestras oraciones. Como presentes tenemos a los enfermos, a los fallecidos y a sus seres queridos. Somos vulnerables, sí, pero no estamos solos.

Alfa y Omega