El poder del Gobierno no es omnímodo y está sometido al escrutinio público, que entronca con una de las razones de ser de la prensa

La semana pasada se publicó el barómetro de abril del CIS. Buena parte de los reproches se centraron esta vez en la pregunta: «¿Cree usted que en estos momentos habría que prohibir la difusión de bulos e informaciones engañosas y poco fundamentadas por las redes y los medios de comunicación social, remitiendo toda la información sobre la pandemia a fuentes oficiales, o cree que hay que mantener la libertad total para la difusión de noticias e informaciones?».

Aparte de la enrevesada redacción, causa estupor por el momento elegido y por la falsa oposición entre censura y caos. Cuando todo apunta a que las dramáticas cifras oficiales de fallecidos por coronavirus son incompletas, pareciera que se busca justificación para acallar cualquier discusión sobre la gestión del Ejecutivo. Chirría también que, en aras de combatir las informaciones falsas y los mensajes de odio, se cuestionen la libertad de expresión y el derecho a la información.

Aun en estas difíciles circunstancias, el poder del Gobierno no es omnímodo y debe estar sometido al escrutinio público, que entronca con una de las razones de ser de la prensa. Es exigible que la Administración sea más transparente; al tiempo que los medios, en los que tiene cabida la opinión indicada como tal, deben verificar, contextualizar, jerarquizar… Sin plegarse a otros intereses, según la Comisión Episcopal para las Comunicaciones Sociales, hoy los periodistas tienen que «narrar el drama mortal de esta pandemia y a la vez los ejemplos esperanzadores de entrega y solidaridad». Muchos lo están haciendo. Sin infantilizar a la sociedad ni escamotearle motivos de esperanza.

Aquí emerge, por último, la responsabilidad individual. No son nuevas las «mentiras deliberadas» que juegan con el interés del receptor, de las que advertía Hannah Arendt. Pero circulan a una velocidad sin precedentes y muchas veces, cuando los mecanismos para frenarlas se ponen en marcha, el daño ya está hecho. La clave es que tenemos a nuestro alcance más información que nunca –y buena información– para desmontarlas. Cada uno debe ir formando su propio criterio y, en caso de duda, respirar hondo y parar la cadena. Porque la libertad siempre implica responsabilidad.

Alfa y Omega