La Iglesia quiere recuperar la credibilidad y liderar la batalla contra «un problema universal y transversal»

Durante cuatro históricos días, los máximos jerarcas de la Iglesia reunidos en Roma han escuchado a las víctimas de abusos sexuales. Han tomado nota de su sufrimiento y han pedido perdón por haberlas abandonado en el pasado. Todo ello, retransmitido prácticamente en directo, en un ejercicio de transparencia raramente visto antes no ya en la Iglesia, sino en ninguna otra institución. Para algunas víctimas, sin embargo, esta cumbre se ha quedado corta. Hay que respetar estas frustraciones comprensibles y confiar en ir respondiendo poco a poco a sus objeciones con actuaciones concretas. Un error fue quizá que algunas voces anunciaran que el discurso de clausura del Papa aportaría unas medidas concretas, cuando a todas luces el sentido de su intervención no podía ser otro que ofrecer unas orientaciones generales que se detallarán en documentos sobre los que la Santa Sede está ya trabajando.

Se ha criticado también que Francisco no se ciñera a abordar la problemática de los abusos en contextos eclesiales, y señalara que el problema afecta a todos los ámbitos, especialmente la familia. El giro del Papa, sin embargo, resulta oportuno, después de haber dejado meridianamente claro que su intención no es eludir la responsabilidad ante unos crímenes «todavía más graves» si se producen en la Iglesia. Si realmente se quiere combatir esta lacra, es necesario ampliar el enfoque y buscar la cooperación con los gobiernos y la sociedad civil, incidiendo en ámbitos como el turismo sexual o la pornografía en internet. De hecho, esa misma Iglesia a menudo hoy en la picota de la opinión pública por los escándalos de abusos está calladamente en primera línea en la lucha contra la violencia sexual que, según las estadísticas, padece o ha padecido nada menos que uno de cada cinco menores.

Habría mucho que matizar sobre la las especificidades de los abusos propias del ámbito religioso. Todo ello habrá que afrontarlo, pero sin descuidar una lacra que afecta a toda la sociedad y de la que hasta ahora se ha hablado muy poco. Razón de más para que la Iglesia se dote de mecanismos eficaces para prevenir y responder ante sus abusos, y recupere una credibilidad que le permita, como sugiere Francisco, dar la batalla junto a otros actores contra «un problema universal y transversal».

Alfa y Omega