Dulce leño que sostiene los dulces clavos y el dulce peso de Cristo - Alfa y Omega

Dulce leño que sostiene los dulces clavos y el dulce peso de Cristo

Nuestra cultura ha tenido muy presente el emblema salvífico de la cruz en infinitud de pinturas a través de los grandes movimientos artísticos. Muchas las podemos contemplar también estos días en el Museo del Prado

Javier García-Luengo Manchado
'La crucifixión' (1509-1519). Juan de Flandes.
La crucifixión (1509-1519). Juan de Flandes. Foto: Museo del Prado.

Este Viernes Santo, un año más, haremos de la cruz el centro de nuestra oración; ante ella adoraremos el magno misterio de la redención, del amor hasta el extremo, del perdón generoso. Recordaremos ese costado que al punto derramó sangre y agua (Jn 19, 34). Adoraremos, en definitiva, ese árbol que según reza el himno Crux fidelis, no tuvo igual ni en hoja, ni en flor ni en fruto.

Precisamente estos días, también de descanso, de recogimiento, pueden ser una buena oportunidad para ir al Museo del Prado y descubrir lo que ha supuesto en la historia de la pintura el signo más importante allende el espacio y el tiempo; ese símbolo que trasciende incluso culturas y civilizaciones, pues la cruz no deja de ser a la vez un ideograma que une el cielo con la tierra, los puntos cardinales, lo positivo y lo negativo. Unión de contrarios, de imposibles para la finitud humana, pero posible para ese Dios encarnado que pasó por el mundo predicando el amor de ese Pastorcico al que glosó san Juan de la Cruz: «Y a cavo de un gran rato se a encumbrado / sobre un árbol do abrió sus braços vellos / y muerto se a quedado asido dellos / el pecho del amor muy lastimado».

'Cristo crucificado' (c. 1632). Diego Velázquez. A la derecha: 'Cristo crucificado' (1780). Francisco de Goya y Lucientes.
Cristo crucificado (c. 1632). Diego Velázquez. A la derecha: Cristo crucificado (1780). Francisco de Goya y Lucientes. Fotos: Museo del Prado.

Nuestra cultura ha tenido muy presente este emblema salvífico en infinitud de pinturas devocionales y catequéticas que han jalonado los principales movimientos artísticos de la historia. Muchas de estas creaciones, acaso algunas de las más importantes, las podemos contemplar en la pinacoteca madrileña. Comenzamos nuestro recorrido admirando la impronta dramática con la que Juan de Flandes, autor por excelencia del gótico hispanoflamenco, concibió La Crucifixión (1509-1519). Jesús, en el centro de la composición, con su padecimiento, con su humanidad desgarrada, nos recuerda aquel «consummatum est» (Jn 19, 30). Nos emocionamos ante este Cristo que es sacerdote, víctima y altar. Así lo celebraremos el Jueves Santo, cuando rememoremos la institución la Eucaristía.

Hablando del costado del Redentor, en pocas pinturas tan elocuente como en La Crucifixión (1597) de El Greco, donde un luctuoso ángel recoge la sangre del Divino Cordero en un cáliz. Esta singular imagen, espiritual y llameante, pende del árbol de la cruz «donde estuvo clavada la salvación del mundo». Como también de un árbol otrora vino la muerte, aquella sobre la que el Hijo triunfó desde la serenidad, desde la paz, desde ese amor que irradia el famoso Cristo crucificado (o de San Plácido, circa 1632) de Diego Velázquez, pintor cumbre del Barroco español. De esta imagen, Miguel de Unamuno, entre la poesía y la oración, entre la duda de la esperanza y la certeza de la belleza, escribió: «Que eres, Cristo, el único / hombre que sucumbió de pleno grado, / triunfador de la muerte, que a la vida / por ti quedó encumbrada».

Prosiguiendo con nuestro recorrido en pos del signo de la cruz en el Museo del Prado descubrimos, también dentro de nuestro Barroco, a Cristo crucificado, con un pintor (circa 1650). Como el artista que aquí se representa (probablemente un autorretrato de Francisco de Zurbarán), añoramos estar al pie de la cruz, inquiriendo a Nuestro Señor como hiciera Gabriela Mistral: «¿Cómo quejarme de mis pies cansados / cuando veo los tuyos destrozados? / ¿Cómo mostrarte mis manos vacías, / cuando las tuyas están llenas de heridas?».

'Cristo crucificado con un pintor'. Zurbarán. A la derecha: 'La crucifixión' (1597). El Greco.
Cristo crucificado con un pintor. Zurbarán. A la derecha: La crucifixión (1597). El Greco. Fotos: Museo del Prado.

De este modo llegamos, cómo no, a la interpretación que de la cruz hiciera Francisco de Goya y Lucientes, precedente del Romanticismo, padre de la modernidad. Admiramos pues a su Cristo crucificado (1780), deudor del ya citado modelo velazqueño, si bien en este caso Cristo está expirando: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46).

Seamos nosotros quienes nos abandonemos a la cruz, compartamos la fe, los sentimientos, la devoción de todos estos creadores y de otros muchos que en diferentes épocas, desde diversas poéticas nos siguen recordando el amor de quien con su sacrificio unió el cielo con la tierra, la vertical de nuestro espíritu anhelante de trascendencia con el horizonte infinito de la esperanza. Ese horizonte por donde, de nuevo, el primer día de la semana saldrá el sol.