Dos meses en la otra vida - Alfa y Omega

«Es posible que no entiendas nada. […]. Mañana / cuando salgas a pasear y pises hojas. / Cuando te detengas / a acariciar un detalle en la pared que duele. […] / Mañana, si Dios quiere, trazaremos la ruta elegida». El 7 de abril de 2014 se terminaba de imprimir esta declaración de intenciones en forma de poema, el último de la primera edición de Vivir es tu tarea. Ella, mi amiga Iria Fernández Silva, periodista, profesora de Literatura y poeta, veía sus poesías reunidas en un volumen publicado por Torremozas, con el título sacado de la súplica de su padre mientras velaban en el lecho mortal a la esposa y madre. No han pasado ni diez años de aquella orfandad no digerida e Iria no pudo esperar más. Se fue en busca de mamá. Dos meses en la otra vida, recorriendo la ruta que nos conminaba a elegir mañana, si Dios quiere.

No entiendo nada, tenías razón. El látigo de la ausencia es doloroso. Más en este tiempo sin despedida y con el agravante de la marcha de otra amiga-hermana un mes después. Dos mujeres sin 40, con niños y una eterna sonrisa, abandonaron este mundo como quien marcha callandito. De puntillas. Y yo detenida, acariciando ese detalle en la pared que duele. [De nuevo Iria, siempre, tan certera en sus palabras].

Alguien querido me propuso sostener el dolor en las letras. Fue así como llegó a mis manos José Mateos y Un año en la otra vida (Pre-textos). Y cada palabra de este hombre desconocido ha sido un eco de mi alma. «He escrito de una amiga muerta, del mar o de unos membrillos por el puro gusto de nombrarlos, nada más, porque al nombrar lo que se ama se recrea uno en lo que ama», asegura en el prólogo. Y aquí me tienen, nombrando a Iria y a Diana, por pura recreación, gracias al impulso de un poeta andaluz. Aquí están ellas, ahora que están muertas, «trajinando entre mis palabras».

«Morir puede ser a veces la última forma de entrega, de darse completamente de una manera sutil y para siempre. Cuando alguien muere, al mismo tiempo que nos destroza, nos regala una comprensión más neta de sí mismo», me susurra Mateos al oído. Me tiro horas embelesada en este párrafo. Y sí, empiezo a comprender. Por qué ellas me conformaban. Iria y su fortaleza inaudita. Diana y su capacidad de entrega, hasta el final, literalmente. Y no quiero dejar de embelesarme aquí, en ellas, y pisando hojas. Creo que voy a ir a comprar unos membrillos. Alguien me ha dicho que «durante un minuto mirarlos ha sido como estar rezando con los ojos».

Cristina Sánchez Aguilar