«Dios es fiel, no nos ha dejado solos» - Alfa y Omega

«Dios es fiel, no nos ha dejado solos»

Un Papa postrado frente a la cruz en un imponente templo vacío. Un vía crucis recogido y silencioso en una plaza solo iluminada por velas en el suelo. Una bendición urbi et orbi impartida por primera vez desde el altar de una basílica de San Pedro desierta y no desde el balcón de la Logia central ante cientos de fieles. La Semana Santa del 2020 deja para la posteridad imágenes minimalistas, con los ritos reducidos a su mínima expresión, que contrastan con el fervor de las calles e iglesias repletas de peregrinos en años anteriores. La ausencia frente a la multitud. Lo íntimo frente al exterior

Victoria Isabel Cardiel C.
Celebración del vía crucis en la plaza de San Pedro, el Viernes Santo. Foto: AFP/Claudio Peri

El COVID-19 obligó a Francisco a celebrar su octava Semana Santa de forma insólita, a puerta cerrada, pero su mensaje, que permanece inmutable a pesar de la dureza de las circunstancias, caló con ímpetu en lo más hondo de los corazones de la humanidad: Jesús resucita siempre.

El mundo, sumido en la pandemia de coronavirus que al cierre de esta edición ya ha dejado más de 120.000 muertos en todo el mundo y cerca de 1,9 millones de contagiados, vio en directo las celebraciones litúrgicas del Triduo –la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo–. De hecho, fue la Pascua más telemática de la historia. Y también la más seguida por internet y televisión. Por poner un ejemplo, solo en Italia, el rito del vía crucis en la plaza de San Pedro, retrasmitido por la cadena de televisión pública Rai1, fue seguido por cerca de ocho millones de personas, lo que supone un 25,6 % de share.

El Papa ha convertido en una de las señas de identidad de su pontificado los oficios del Jueves Santo. En cinco ocasiones los ha celebrado tras las barras de una prisión. De hecho, la fotografía del Pontífice arrodillado ante doce reclusos, a pesar de sus más de 80 años y su ciática, es todo un símbolo. Pero este año la ceremonia del lavatorio tuvo que ser suprimida. Sin embargo, el mundo de la cárcel fue otra vez protagonista. Las reflexiones que vertebraron las 14 estaciones con las que los cristianos recuerdan las últimas horas terrenales de Cristo  fueron escritas por un condenado a cadena perpetua, un sacerdote acusado falsamente de pederastia, la madre de un chico en prisión, un agente de policía penitenciaria o una catequista, entre otros. Entre los portadores de la cruz también había médicos y enfermeros que están trabajando en primera línea de los hospitales italianos asistiendo a pacientes afectados por el coronavirus.

Francisco siguió con el corazón encogido el impresionante camino de la cruz en torno al obelisco que se erige en el centro de la plaza de San Pedro.

A sus «hermanos sacerdotes»

El Papa, el Viernes Santo, durante la adoración de la cruz. Foto: AFP/Andrew Medichini

Un día antes, celebró la Eucaristía del Jueves Santo, la Misa en Coena Domini, que conmemora la institución de la Eucaristía en recuerdo de la Última Cena de Jesús con los apóstoles. Durante la homilía, completamente improvisada, homenajeó a sus «hermanos sacerdotes». A aquellos que han muerto en primera línea cuidando a enfermos de COVID-19 y aquellos que son «calumniados» por la calle. «Sacerdotes que ofrecen la vida por el Señor, que son siervos; estos días han muerto más de 60 sacerdotes mientras atendían a los enfermos. Como los médicos y los enfermeros, son santos de la puerta de al lado», señaló. Y continuó: «Buenos sacerdotes, hoy os llevó en el corazón y os llevo al altar. Hay sacerdotes calumniados… Muchas veces sucede hoy que no pueden ir por la calle porque les dicen cosas feas en referencia al drama que hemos vivido con el descubrimiento de los sacerdotes que han hecho cosas feas. Algunos me han contado que no pueden salir de casa con alzacuellos».

Durante todas las celebraciones que ha presidido Francisco en la basílica de San Pedro estaba presente el crucifijo milagroso de la iglesia de San Marcello al Corso, que fue llevado en procesión por los barrios de Roma durante la epidemia de peste del siglo XVI. Un emblema para la esperanza en tiempos de muerte. Como su mensaje durante la ceremonia de la Vigilia Pascual.

Se trata de la celebración en la que los católicos esperan la Resurrección de Jesús, y el Pontífice aprovechó la ocasión para hacer un canto a la esperanza frente al avance del virus descubierto en China. Francisco dedicó la homilía al significado de ser cristiano y a la necesidad de ser portadores de esperanza, sobre todo, en situaciones de prueba como la que vive el mundo con la pandemia.

«No cedamos a la resignación, no depositemos la esperanza bajo una piedra. Podemos y debemos esperar, porque Dios es fiel, no nos ha dejado solos, nos ha visitado y ha venido en cada situación: en el dolor, en la angustia y en la muerte. Su luz iluminó la oscuridad del sepulcro, y hoy quiere llegar a los rincones más oscuros de la vida», recalcó. Por ello, reivindicó la figura de los cristianos que consuelan, que «llevan las cargas de los demás», que «animan» y que son «mensajeros de vida en tiempos de muerte». En este sentido, reseñó la figura de las mujeres que, ante la muerte de Jesús, «no se quedaron paralizadas, no cedieron a las fuerzas oscuras de la lamentación y del remordimiento, no se encerraron en el pesimismo, no huyeron de la realidad». El Papa manifestó que, con la Resurrección de Jesús, los cristianos conquistan el derecho fundamental de una «esperanza nueva, viva, que viene de Dios» y dejó claro que «no es un mero optimismo, no es una palmadita en la espalda o unas palabras de ánimo de circunstancia», sino «un don del cielo». La Vigilia Pascual es una de las celebraciones litúrgicas más sugestivas de la Semana Santa, que comenzó con la basílica de San Pedro sumida en la oscuridad total para simbolizar la Muerte de Jesús. No obstante, fue una liturgia sobria, sin Bautismos de adultos, con solo una docena de fieles muy separados en el ábside de la basílica de San Pedro.

Francisco, durante la bendición ‘urbi et orbi’, en una basílica de San Pedro vacía. Foto: AFP/Andreas Solaro

Un «desafío histórico»

El domingo, el Papa presidió la Misa de Resurrección en una basílica de San Pedro vacía por las restricciones ante la emergencia provocada por el coronavirus. Su imagen reflejaba la soledad de un mundo enclaustrado para evitar el contagio. Francisco impartió después el urbi et orbi, la bendición a la ciudad y al mundo que permitió además a los más de 1.300 millones de católicos obtener la indulgencia plenaria, es decir, el perdón de sus pecados, en un momento tan difícil, con medidas de confinamiento que afectan a más de 3.000 millones de personas. Desde el centro de la basílica de San Pedro clamó contra el «egoísmo», la «indiferencia» y la «división» ante un mundo «abrumado por la pandemia» provocada por el COVID-19. Su alocución tenía un protagonista indiscutible: la Unión Europea, a la que pidió expresamente que dejara a un lado las «rivalidades» y encontrara «soluciones innovadoras». «Hoy, la Unión Europea se encuentra frente a un desafío histórico, del que dependerá no solo su futuro, sino el del mundo entero. Que no pierda la ocasión para demostrar, una vez más, la solidaridad, incluso recurriendo a soluciones innovadoras», señaló.

En su alocución, el Pontífice recordó a los que han sido afectados directamente por el coronavirus: «los enfermos, los que han fallecido y las familias que lloran por la muerte de sus seres queridos, y que en algunos casos ni siquiera han podido darles el último adiós; también quienes aún están atravesando la prueba, especialmente a los ancianos y a las personas que están solas». Finalmente aprovechó la bendición apostólica para pedir la paz en el mundo: «Que Cristo, nuestra paz, ilumine a quienes tienen responsabilidades en los conflictos, para que tengan la valentía de adherir al llamamiento por un alto el fuego global e inmediato en todos los rincones del mundo». Así, evidenció que no es «el momento para seguir fabricando y vendiendo armas, gastando elevadas sumas de dinero que podrían usarse para cuidar personas y salvar vidas». Y a continuación, enumeró los conflictos abiertos en el mundo para pedir su fin, comenzando por «la larga guerra que ha ensangrentado a Siria», el conflicto en Yemen y las tensiones en Irak y el Líbano. También mencionó a Ucrania y Venezuela.

Recordó una vez más los enfrentamientos entre israelíes y palestinos, y pidió que se terminen los «ataques terroristas» perpetrados contra tantas personas inocentes en varios países de África. Y, finalmente, también tuvo palabras para «tantas personas refugiadas y desplazadas a causa de guerras, sequías y carestías».