Dicen que leemos mucho - Alfa y Omega

Hay estadísticas que tranquilizan y otras que interpelan. El último barómetro de lectura ofrece, a primera vista, un retrato reconfortante: la lectura resiste, incluso crece; España lee más de lo que parece. Sin embargo, basta subirse a un metro, a un autobús o pasar unos minutos en la sala de espera de un centro de salud para que algo chirríe. No porque la gente no lea, sino porque lo que llamamos leer quizá ya no es lo que creemos que es.

En el transporte público casi nadie mira al vacío. Pero tampoco vemos novelas, ensayos o poesía deslizándose por las pantallas. Lo que vemos son vídeos cortos, mensajes fragmentados, meros titulares, textos que se consumen con el pulgar y se olvidan antes de llegar a la siguiente parada. Hay palabras, sí, pero sin silencio. Hay letras, pero sin reposo. Y eso también cuenta, aunque no siempre se mida en los barómetros oficiales.

Algo similar ocurre con los menores. Los guarismos hablan de lectura frecuente, pero quien convive con adolescentes sabe que el tiempo entre libros que piden continuidad y paciencia es cada vez más excepcional. No porque falte inteligencia o sensibilidad, sino porque el entorno empuja en otra dirección. La atención es hoy un bien escaso y sin ella no hay lectura profunda, solo tránsito de estímulos.

El problema no es tecnológico, ni siquiera generacional. Es cultural y, en el fondo, espiritual. Leer no es solo descodificar palabras; es aceptar una cierta disciplina interior, una renuncia a la inmediatez, una disposición al encuentro con algo que no se pliega del todo a nuestro ritmo. Eso vale para una novela, para un ensayo y, por supuesto, para la lectura que alimenta la vida interior. Sin ese aprendizaje del silencio, la lectura se convierte en consumo y deja de ser formación.

Quizá sea ahí donde resida el desajuste entre las estadísticas y la experiencia cotidiana. El barómetro revela frecuencia, soportes y porcentajes. Mide bien lo mensurable. No calibra la calidad del acto lector, ni su capacidad de transformar, de ordenar la mirada o de ensanchar el juicio. No mide si lo leído deja poso o solo huella digital.

Desde una mirada cristiana, no es un asunto menor. Una sociedad que lee sin detenerse corre el riesgo de hablar mucho y comprender poco, de estar siempre conectada y raramente recogida. No se trata de nostalgia ni de demonizar las pantallas, sino de recordar que la lectura, como la oración o la conversación verdadera, necesita tiempo, continuidad y atención.

Probablemente leamos más de lo que creemos y menos de lo que necesitamos. Y entre una cifra y otra, convendría no desatender lo que vemos cada día, al levantar la vista del móvil y mirar alrededor.