Diarios de habitación

Manuel es hondureño y vive confinado con otras 13 personas en un piso de Toledo. Juan, Lucía y Martín, un pequeño de 3 años, pasan el Estado de alarma en una habitación, con una maleta y un par de juguetes. Carolina tiene 24 años, es venezolana y está embarazada. Tras vivir un calvario, ha encontrado gracias a Cáritas Diocesana de Toledo una familia que por fin la acepta y espera con ilusión la llegada del bebé en medio de la pandemia

Cristina Sánchez Aguilar
Lucía, Juan y su hijo Martín, pasan el Estado de alarma en una habitación. Foto: Cáritas Diocesana de Toledo

Manuel es hondureño y vive confinado con otras 13 personas en un piso de Toledo. Juan, Lucía y Martín, un pequeño de 3 años, pasan el Estado de alarma en una habitación, con una maleta y un par de juguetes. Carolina tiene 24 años, es venezolana y está embarazada. Tras vivir un calvario, ha encontrado gracias a Cáritas Diocesana de Toledo una familia que por fin la acepta y espera con ilusión la llegada del bebé en medio de la pandemia

«Hay luz al final del túnel». Lo dice Manuel, hondureño que vive en confinamiento en un piso con otras 13 personas. Lleva desde septiembre en Toledo, ciudad a la que llegó huyendo de su país, uno de los más violentos y conflictivos de Centroamérica. El testimonio de Manuel es el primer Diario de habitación que Mónica Moreno, responsable de Comunicación de Cáritas Toledo, comenzó a enviar hace dos semanas a los diocesanos para dar a conocer las historias de confinamiento de personas que son acompañadas por Cáritas Diocesana.

Manuel llegó a Toledo con su mujer, embarazada, y su hija de seis años, porque aquí estaba su hermana. «En esta ciudad nació mi niña, que tiene seis meses». Los cuatro viven en un piso con otras dos familias, en total diez adultos y cuatro menores de entre diez años y seis meses. «El Estado de alarma nos pilló buscando piso, y no tuvimos más remedio que venir a vivir con mi hermana», asegura. Pero el hacinamiento no paraliza a este hombre optimista, que asegura que «esto ayuda a no sentirnos tan solos». Eso sí, no puede salir a arreglar la documentación que le permita buscar trabajo. Pero se muestra esperanzado, «ya que ahora estamos en el túnel, pero estamos seguros de que pronto, con la ayuda de Dios, saldremos adelante».

El día en la casa de esta familia de hondureños tan nutrida se pasa rápido, y Manuel asegura que «el confinamiento nos ha ayudado a unirnos más como hermanos», porque «ahora nos reunimos a recordar momentos de la niñez y situaciones que habíamos vivido en nuestro país». También recuerdan en familia «a nuestros padres, que se han quedado en Honduras».

En una situación extrema se encuentran también Juan y Lucía, colombianos de unos 30 años, y Martín, su niño de 3. Llegaron hace unos meses a Toledo y fue Carmen, una mujer de su misma nacionalidad de unos 50 años, con sus dos hijos mayores –Pedro y Felipe, uno de 25 años que trabajaba en la construcción por horas, y el otro enfermo–, quién les dejó una habitación para poder estar hasta que encontrasen un piso. «Pero llegó el Estado de alarma y ya no pudieron salir de casa», explica Moreno en este segundo diario. Carmen es inmunodeprimida y su hijo, que antes traía ingresos a casa, ahora tampoco puede. Cáritas Diocesana les ayuda con los pagos y con los alimentos que necesitan.

En estas circunstancias se encuentran Juan, Lucía y Martín, «que tienen que pasar estos difíciles días en una habitación, con una cama pequeña, en la que duermen Lucía y el pequeño. Juan duerme encima de unas mantas en el suelo». La maleta, recogida, solo se abre para cambiarse de ropa. «Esta familia, que a pesar de todo ve la misericordia de Dios en su vida, no sale apenas de la habitación porque no quiere molestar», añade Moreno. Siguen buscando pisos, pero «ahora todo parece misión imposible. Los propietarios de los pocos pisos que hay piden adelantos de hasta cinco meses. Sin trabajo, sin ingresos y sin poder salir, es inviable».

Habitación en la que vive Carolina, a la espera de su bebé. Foto: Cáritas Diocesana de Toledo

Un camino de espinas

Carolina es venezolana. Tiene 24 años y está embarazada de ocho meses. La historia de los últimos dos años de su vida está marcada por el sufrimiento. «Cuesta no conmoverse por su testimonio de vida a pesar de su juventud», expresa la responsable de Comunicación de Cáritas Toledo en este tercer diario.

Esta joven, técnico de anatomía patológica, tuvo que emigrar de Venezuela hace dos años. Su primera parada fue Ecuador, donde había ido a trabajar su pareja. «Pero la vida en el país vecino fue un camino de espinas, donde las oportunidades laborales que surgían escondían trabajos relacionados con prostitución y acoso sexual en la mayoría de los casos», explica Moreno. «En todo momento te hablaban de “prepago”», afirma Carolina, entre lágrimas.

Esta joven se quedó embarazada y consideró que ya no podía seguir viviendo allí. A los tres meses, «tras reunir todo el dinero posible con mucho esfuerzo, pues racionábamos la comida y ahorrábamos para enviar dinero a mi familia y para el pasaje», explica la venezolana.

El 17 de febrero de 2020 llegó a Palencia, donde conocía a una familia que le alquilaría la habitación. «Allí fui hasta que me dijeron que tenía que buscar una alternativa». Entonces encontró una habitación en un pueblo de Toledo. Pagó la fianza y un 13 de marzo, «en la raya del Estado de alarma», llegó a este pueblo donde la familia la obligó a marcharse, «porque estando embarazada, cómo la iban a atender si se ponía de parto». Así que, «tras mover cielo y tierra», obtuvo respuesta de Cáritas parroquial y Cáritas Diocesana de Toledo. «Enseguida me dijeron que harían lo posible para solucionar el problema», recuerda.

Carolina ya estaba de ocho meses. A mediados de abril, desde Cáritas Diocesana de Toledo, gracias a las trabajadores sociales «que no pararon hasta conseguirme una habitación», consiguió llegar a Talavera de la Reina, donde está viviendo con una familia venezolana «que me quiere y que espera con gran ilusión la llegada de mi niño». «Espero devolver ayudando a otras personas todo lo que han hecho por mí».

Cristina Sánchez Aguilar