De nuevo, en Toledo

El pintor de lo visible y lo invisible, de la luz y del color; el autor de figuras alargadas, de Cristos, Vírgenes, Apóstoles, místicos que miran a lo Alto… ha vuelto a Toledo, aunque sólo sea para una estancia de tres meses. En el IV centenario de su muerte, en la ciudad imperial, acaba de inaugurarse la exposición titulada El Griego de Toledo, en siete espacios distintos (seis en la ciudad, y uno en Illescas)

Fernando de Navascués
Vista y plano de Toledo. Museo de Santa Cruz (procedente del Museo del Greco)

El pintor de lo visible y lo invisible, de la luz y del color; el autor de figuras alargadas, de Cristos, Vírgenes, Apóstoles, místicos que miran a lo Alto… ha vuelto a Toledo, aunque sólo sea para una estancia de tres meses. En el IV centenario de su muerte, en la ciudad imperial, acaba de inaugurarse la exposición titulada El Griego de Toledo, en siete espacios distintos (seis en la ciudad, y uno en Illescas)

Don Fernando Marías, catedrático de Historia del Arte de la Universidad Autónoma de Madrid, es el Comisario de esta muestra que recoge cerca de 80 obras del genial pintor cretense Doménikos Theotokópoulos. Se trata de una oportunidad irrepetible, pues combina pinturas prestadas de todo el mundo, junto con otras que jamás podrán salir de sus iniciales y definitivos emplazamientos. La exposición se ubica en un total de seis espacios en la ciudad de Toledo, más un séptimo en Illescas. Lugares que conoció el pintor cretense y que nos llevan por las callejuelas de Toledo, por rincones y paisajes que crean una atmósfera que ayudará al visitante a disfrutar más, si cabe, de este regreso del Greco.

A decir verdad, lo primero que nos provoca El Greco es pasmo y asombro: los trazos de su pincel expresan figuras que elevan el alma; la mirada de sus figuras pertenece a unos ojos arrebatados que se dirigen a Dios y trasmiten serenidad y fe.

Pasemos de las musas al teatro, o más bien a los escenarios singulares de la geografía toledana que nos invitan a esa contemplación. En el Museo de Santa Cruz, punto de partida de la visita, encontramos la mayor parte de la exposición, comenzando con Vista y plano de Toledo, o con su Autorretrato, o el retrato de su hijo Jorge Manuel Theotocópuli. También veremos algunas pinturas menos conocidas para el público español, como iconos cretenses, venecianos y romanos, pintados antes de 1577, fecha de su llegada a nuestro país. De la iglesia griega de Syros, llega el icono La dormición de la Virgen, pero también hay obras de grandes pinacotecas mundiales: de la National Gallery of Art, de Washington, llegan La Virgen con el Niño y santa Martina y santa Inés, y San Martín y el mendigo… Y encontramos obras del Louvre, del Hermitage, del Metropolitan, de la National Gallery de Londres, del Prado, del Thyssen…

Paseando por Toledo

El Greco también se puede encontrar tal y como fue concebido, y no únicamente bajo la guardia de un museo. La primera visita puede ser a la Capilla de San José, en donde encontramos a San José con el Niño, donde la ternura del gesto paternal conmueve a toda alma que se acerque a ver esta pintura. Le acompaña La coronación de la Virgen, obra que remarca esa idea de la Sagrada Familia que siempre aporta el esposo de María.

El siguiente lugar a visitar es el Convento de Santo Domingo El Antiguo, en donde El Greco pintó sus primeras obras toledanas. Aquí podemos observar, entre otras, La Resurrección de Cristo. Después, en el Hospital Tavera, edificado para los tocados de diferentes enfermedades, se custodian algunas joyas como el conocidísimo Bautismo de Cristo, procedente del Prado, y una de las pocas esculturas que se conocen del Greco: el Cristo resucitado.

Si Martín de Riquer llegó a decir: «Felicitaría a quien no haya leído el Quijote, pues aún le queda el placer de leerlo», algo parecido cabría decir de quien aún no se ha dejado arrebatar por El entierro del Conde de Orgaz. Sus imponentes cinco metros de alto por tres y medio de ancho se hallan en la iglesia de Santo Tomé. Sólo por esta pintura vale la pena ir a Toledo, pero convendría leer algo previamente que ayude a desentrañar lo que El Greco representó en esta monumental obra.

La catedral es parada obligada, y nos espera El Expolio, en todo su esplendor tras su reciente restauración, además del Apostolado que conserva la sacristía. Por cierto, que también podemos encontrar El prendimiento de Cristo, de Goya, otra de las joyas de la sacristía, junto con la bóveda, obra de Luca Giordano.

La exposición no finaliza aquí. En dirección a Madrid, a mitad de camino, se encuentra la población toledana de Illescas, donde se conserva el Hospital-Santuario de Nuestra Señora de la Caridad. El viajero podrá detenerse para descubrir la última etapa de la muestra; en concreto, podrá ver a San Ildefonso y a la propia imagen titular del Hospital, La Virgen de la Caridad.

En resumen, se nos invita a contemplar lo mejor del Greco en la ciudad del Tajo, la ciudad que vio nacer algunas de las más altas expresiones artísticas que ha conocido la Humanidad. Se trata, sin duda, de una oportunidad irrepetible.

Fernando de Navascués