De Indiana Jones a León XIV: la fascinación por la arqueología - Alfa y Omega

Suelo comenzar mis clases de Arqueología en la Universidad de Navarra discutiendo con los estudiantes algunos fragmentos de las películas de Indiana Jones. Ciudades perdidas, viajes exóticos, tesoros ocultos, agujerear el mundo… Con esos términos, en La última cruzada, el arqueólogo más mediático de la historia trataba de desmitificar la todavía actual imagen social de la arqueología. 

Frente a esa visión, desde los trabajos de Andrea Carandini, profesor de esta disciplina en La Sapienza de Roma, y su libro Archeologia e cultura materiale, publicado en 1984, la arqueología, al menos en el circuito académico, empezó a ser vista, también en nuestro país, como una ciencia capaz de convertir los elementos materiales del pasado en realidades culturales desde las que describir las sociedades que las crearon. Estructurada como saber científico, empírico, acumulativo y comparativo no ha perdido, por ello, un ápice de su indiscutible atractivo social. Estos estudios, al menos en mi universidad, siguen atrayendo cada año a las aulas a decenas de estudiantes que, inquietos, buscan yacimientos en los que perfeccionar su futura práctica profesional. 

En medio de este innegable apetito por la cultura material de la Antigüedad —del que da también buena muestra el auge del denominado arqueoturismo y las crecientes cifras de visitantes que registran museos, exposiciones y yacimientos arqueológicos— y con motivo del centenario del Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana, quienes vibramos generando vocaciones por la Antigüedad contamos ahora con un tan nuevo como inesperado aliado: el Papa León XIV que, el pasado día 11 de diciembre, publicó una hermosa carta apostólica íntegramente dedicada a la arqueología notablemente celebrada, y viralizada, por colegas docentes. 

No es para menos. Para empezar, porque no es la primera vez que el primer Pontífice estadounidense habla de esta disciplina. Lo hizo ya el pasado 6 de septiembre, en una de sus audiencias jubilares; en la que, a propósito de santa Elena, la madre del emperador Constantino, reivindicó «la especial fascinación» —propia de los niños, afirmó— que tiene excavar en la tierra para «ver lo que hay debajo». Y definió a la que es tenida como patrona de los arqueólogos, la citada santa Elena, como una mujer «que investiga, que busca, que excava»; tres acciones claramente unidas a la profesión arqueológica hoy. 

La nueva carta apostólica, sin embargo, va mucho más allá y realiza un retrato de la arqueología tan exacto como actual y sugerente. Para el sucesor de Francisco —citando a Pío XI— esta es «indispensable para la reconstrucción exacta de la historia», al tiempo que es una «escuela de humildad», una vez que para obtener conocimiento «nada puede descartarse […]; ni un trozo de cerámica, ni una moneda corroída ni un grabado desgastado», ya que, tras esos objetos, que durante varios siglos fueron cancelados en la vieja arqueología de corte historicista y coleccionista, se puede —se debe— «captar el aliento de una época». Especialmente porque, como recuerda el Romano Pontífice y explicamos en las aulas, esta disciplina «no habla solo de cosas, sino también de personas, de sus casas, de sus tumbas, de sus iglesias, de sus oraciones», subrayando así el gran papel que ha tenido, y sigue teniendo, para conocer la Antigüedad si, como ciencia, no se queda en «la materialidad de las cosas, sino que la trasciende», convirtiendo el objeto en una elocuente fuente de conocimiento al pasar del plano descriptivo al interpretativo. 

Pero, incluso quizás sin saberlo, en este delicioso documento el Santo Padre se atreve a mediar en debates disciplinares en boga actualmente en la academia. Respondiendo a quienes, en el proceloso mundo universitario, han tratado de contraponerla al estudio de los textos antiguos, más propio de la historia antigua o de la filología clásica, el Papa recuerda que la arqueología, «intuyendo eso que no está escrito, […] ilumina los textos con testimonios materiales […], los completa, los problematiza», reivindicando así una transdisciplinariedad de la que estamos muy necesitados en una universidad como la española, víctima de la cainita parcelación en áreas de conocimiento. 

Del mismo modo a quienes, especialmente desde las Administraciones competentes en materia de gestión del patrimonio arqueológico, abogan por un ultraconservacionismo que casi tiene que pedir perdón por excavar, León XIV les recuerda que la arqueología —«profesión táctil», como la llama— «no destruye, sino que descifra […], no descarta nada, sino que conserva». Un diagnóstico magistral, y actual, para una ciencia fascinante, que cada día —pese a no contar, a veces, con los apoyos institucionales y económicos que merecería— contribuye a nuestro conocimiento del pasado. Desde luego, Indiana Jones tendrá que compartir protagonismo con el Papa León XIV en el inicio de mis clases en este nuevo semestre.