«¿Cuántos panes tenéis?» - Alfa y Omega

«¿Cuántos panes tenéis?»

Por la llamada y la respuesta fiel, sostenidas por la consagración sacramental, aprendemos a sacar aguas de este pozo sacramental que nos hace cooperadores necesarios de la acción salvadora de Jesús

José Cobo Cano
El cardenal Cobo pronuncia su homilía durante la Misa.
El cardenal Cobo pronuncia su homilía durante la Misa. Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

Homilía de la Eucaristía durante CONVIVIUM en la catedral de Santa María la Real de la Almudena. 9 de febrero de 2026

Esta es la pregunta que Jesús nos dirige hoy en este encuentro. Una pregunta sencilla que nos invita a no dejar de mirar a la multitud: a nuestro pueblo de Dios, a tantos vecinos y vecinas de Madrid, a los hombres y mujeres de nuestra diócesis, más allá incluso de nuestras parroquias, de nuestras comunidades y de nuestros encargos concretos. Una multitud con hambre y sed de sentido, a la que Cristo quiere ofrecer su amor y su Evangelio por medio de esta Iglesia a la que servimos.

Este clamor, puesto en labios de Jesucristo, es el motivo real de nuestro encuentro y del esfuerzo por reunirnos como presbíteros de Madrid que desean escuchar y responder. 

Esta tarde, en la catedral —«hogar común donde todos tienen lugar» y templo diocesano por excelencia—, nuestra asamblea toma cuerpo de un modo singular en esta asamblea eucarística, culmen y fuente de la energía que hace posible nuestra fraternidad sacerdotal.

La Eucaristía edifica la Iglesia y genera un vínculo de comunión. No solo cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Por eso, en vez de encerrarnos en nosotros mismos, nos convertimos en «sacramento para la humanidad» para continuar así la misión profética de Cristo (Cf. Ecclesia de Eucharistia, 21-22). Como nos decía el Papa León en su carta al presbiterio de Madrid: «[…] Para el sacerdote no es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia».

Vista general de la catedral llena de sacerdotes, acompañados de bastantes laicos.
Vista general de la catedral llena de sacerdotes, acompañados de bastantes laicos. Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

Nuestra asamblea quiere ser respuesta a una llamada y, al mismo tiempo, una provocación profética para el tiempo que vivimos. Conscientes de que llevamos el tesoro de «la alegría del Evangelio» en vasijas de barro (cf. 2 Cor 4, 7), ofrecemos respuesta y profecía. Dos puertas que, como presbiterio, abrimos ante las oscuridades de nuestro tiempo: 

—Por un lado, la polarización que también se cuela en la Iglesia y puede convertirnos en rivales o competidores. A veces la fe queda relegada, mientras los recelos, las ideologías o nuestras propias maneras de ver las cosas se imponen y debilitan la comunión. En otras ocasiones, cedemos a relatos que nos quieren imponer una percepción distorsionada de lo que es la Iglesia, y de lo que somos los sacerdotes. Estos discursos generan división y no ayudan a una mirada evangélica sobre la Iglesia, los sacerdotes y el mundo al que el Señor ama. Estos relatos no vienen de Dios, porque dividen.

Frente a la oscuridad: respuesta y profecía. La reunión fraterna, vivida con humildad y a la luz del Señor, nos aquilata y nos alivia; nos permite caminar juntos y acoger la verdad de quiénes somos. De esta forma, juntos, aprendemos a descubrir cómo Dios acompaña a su pueblo por caminos que solo se reconocen en comunidad y a ritmo de Evangelio compartido. 

CONVIVIUM es cultivar un modo fraternal y sinodal de vivir nuestras relaciones y nuestro pastoreo. Eso ayuda a la Iglesia a lanzar una voz profética, a ser un signo levantado en medio de nuestra gente y a invitar a sentarse juntos, para revitalizar nuestras comunidades concretas como parte del pueblo de Dios. 

Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

Esto es un desafío a la violencia que nos pesa y al individualismo creciente que se instala también dentro de nuestra Iglesia. No somos la fuente, sino el cauce. Y estamos llamados al cuidado mutuo, a generar relaciones fraternas, reales y concretas, a mirarnos a los ojos y a ejercer la corresponsabilidad por el bien común.

—Por otro lado, en un mundo cada vez más complejo y cambiante, ante una humanidad herida y hambrienta de paz y de sentido, también nosotros podemos sentirnos como los discípulos: desbordados, incluso desanimados.  

Jesús vuelve a decirnos hoy: «Dadles vosotros de comer». Y, como los discípulos, sentimos la tentación de pensar que no tenemos medios suficientes, que la realidad nos supera, que quizá sería más realista «despedirlos». Así, abrimos la puerta a la comodidad, a la disminución del celo apostólico, a la desconfianza y a la pérdida de esperanza. 

Pero la llamada y la respuesta fiel al ministerio, sostenidas por la consagración sacramental, son una fuente inagotable de gracia, ánimo y esperanza. Por su fuerza aprendemos a sacar aguas de este pozo sacramental que nos hace cooperadores necesarios de la acción salvadora de Jesús. Resuena con fuerza el himno de CONVIVIUM, cantado por una hermosa polifonía de edades y sensibilidades presbiterales: «Yo te enviaré, ungido para ser un latido de Dios siempre vivo». Sí, es Él quien se conmueve ante esa multitud que hoy anda por nuestros barrios y pueblos como «ovejas sin pastor». De esa compasión nace el encargo que pone a prueba nuestra fe: dadles vosotros de comer.

Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

También nosotros necesitamos dejarnos tocar, antes que nada, por la compasión que nace del corazón de Cristo, para escuchar con responsabilidad de forma nueva esta encomienda que nos une y nos compromete juntos.

Esta tarde renovamos por esta Eucaristía, con nuestros nombres e historias personales, el don total que Cristo ofrece a su Iglesia. Reunirnos expresa que nuestra misión brota de la Eucaristía y que en ella encuentra su realización más profunda.

1. Convocados por la Palabra

«Dadles vosotros de comer». Este eco resuena sobre nosotros como presbiterio. 

Es la fuerza de la Palabra que nos convoca en asamblea. Una escucha que solo es auténtica cuando nos escuchamos unos a otros, cuando abrimos el corazón y acogemos con gozo y sin prejuicios la fraternidad de nuestro presbiterio, en toda su diversidad y riqueza.

2. Amémonos unos a otros

«Amémonos unos a otros, ya que el amor procede de Dios», escuchábamos en la primera lectura. No es una frase piadosa más, sino el fundamento de todo lo que somos y hacemos. Reconocemos que no podemos amar sin el amor primero que brota del Dios trinitario. 

Nuestra comunión y el amor que despliega nuestro ministerio se expresan hoy en esta Eucaristía. No es un gesto formal, sino la encarnación concreta del amor de Dios en esta diócesis, en este presbiterio y en el pueblo al que servimos. Estar, cuidar y convertir nuestras relaciones fraternas no es una estrategia organizativa, sino la forma en que Dios se manifiesta en su Iglesia.

3. «¿Cuántos panes tenéis?»

Es una pregunta dirigida al corazón de nuestra fraternidad presbiteral. Nos hemos encontrado en la asamblea no como en una simple reunión, sino como una comunidad viva de fe, convocada por el Señor para ser enviada en misión. No estamos aquí para defender proyectos personales ni para afinar estrategias, sino para renovar la escucha a Cristo, ayudarnos mutuamente y ponerlo todo sobre el altar: panes y peces, cansancios y deseos, heridas y esperanzas.

La respuesta a esta pregunta no es individual, sino fraternalmente sinodal. Juntos descubrimos que la providencia no deja de ofrecer lo necesario cuando compartimos con fe lo poco que somos y tenemos. Así, la confianza se convierte en protagonista y la multitud es atendida. Cada uno de nosotros ofrece algo profundamente personal y, al mismo tiempo, inmensamente eclesial, aunque sea insignificante. 

Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

Cada Eucaristía hace esto: toma lo disperso y lo convierte en comunión; recoge lo frágil y lo transforma en pan compartido, presencia real del Señor. No somos un equipo de especialistas, sino una comunidad de fe, rica y variada, convocada por el amor de Dios que nos amó primero y nos envió a servir a su pueblo.

Os invito hoy a renovar nuestra identidad como asamblea eucarística, signo visible de la presencia salvadora de Cristo en su Iglesia. No importa si lo que ofrecemos es poco o mucho: basta con ofrecerlo todo para la misión de Cristo. 

Aquí nadie sobra, pero nadie se basta a sí mismo. Cada vida sacerdotal encuentra su lugar cuando se vive al calor de la fraternidad. Somos diversos, y esa diversidad es don del Espíritu, orientado siempre a una finalidad clara: construir la unidad del Cuerpo de Cristo.

4. Espiritualidad de comunión y testimonio

El Espíritu es el autor de esta armonía que nos lleva al encuentro, al respeto y al diálogo fraterno.

La espiritualidad de comunión comienza con una mirada del corazón, capaz de reconocer al Dios trinitario que habita en nosotros y de descubrirlo en el rostro del hermano. Sin este camino interior, los instrumentos externos de comunión se vacían y se convierten en meras apariencias. 

Y los discípulos pusieron en manos del Señor lo que tenían, y fueron testigos del milagro…

Nada de lo que hacemos es pequeño cuando se vive desde el amor que procede de Dios. Somos hoy testigos de que la bendición del Señor supera nuestros cálculos: donde nosotros vemos desproporción y desafíos, Él multiplica y da de comer por medio nuestro a nuestra gente. 

Esa misma bendición, que también transforma el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, nos convierte también a nosotros en un solo cuerpo, y juntos en bendición. 

Gracias por ser parte de esta bendición. Gracias, queridísimos hermanos sacerdotes, por vuestra entrega cotidiana y por vuestros desvelos, bien reconocidos por el pueblo de Dios que peregrina en Madrid y que hoy nos abraza. Gracias por vuestra acogida, implicación y participación en todo este proceso del CONVIVIUM. Gracias a la vida consagrada y contemplativa que, como siempre, se ha sumado con generosidad a esta iniciativa.

Gracias a tanta buena gente de nuestras parroquias y realidades eclesiales que nos ha acompañado todos estos meses con su reflexión y su oración. Lo he dicho en otras ocasiones: sin el pueblo de Dios al que servimos, no somos nadie.

Pidamos al Señor que sigamos caminando así: como presbiterio unido, alegre y diverso; sacerdotes que confían, oran, disciernen y vuelven a salir con celo de discípulos misioneros que no se rinden al desaliento. Pidamos crecer como hermanos que se cuidan, se saben don unos para otros; como pastores dispuestos a salir al encuentro de la oveja perdida, conscientes de que no caminan solos porque saben bien que el Señor les precede y su Espíritu los mantiene unidos.

Gracias de corazón por dar juntos de comer y por hacer posible, con vuestra propia vida, el milagro del Señor.