Si se fijan bien, descubrirán que a todos estos rostros se les intuye vida. Tienen el arrojo de quien se sabe portador de una cura para la sociedad enferma, que se empeña en negar que un niño es siempre una esperanza. En sus ojos, tres palabras: Tú me importas, dirigidas especialmente a aquellas mujeres que se sienten solas ante el momento más importante de sus vidas. No podemos acostumbrarnos a este drama. En cuestiones de vida, no podemos permitirnos pasar a posiciones de descenso. En cierta forma, todas las familias, parejas, adolescentes, ancianos, colegios, y asociaciones que, el pasado sábado, inundaron las calles de Madrid, se echaron a la calle orgullosos de sentirse del montón que da vida. Porque ser de ese montón supone una condecoración. Saberse a contracorriente, un orgullo. Todos nos echamos a la calle con la resaca de las promesas incumplidas y la convicción de que no hay palabra más viva que la que se recoge en las calles. Gritar juntos por lo que se cree, es una forma de recuperar la esperanza. Todos, actores de su propio guión, aprendido tras haber agarrado a muchas madres de la mano, ahorrándoles la amargura de tomar la peor de sus decisiones, la fatalmente irreversible, que sacrificará para siempre su felicidad. En una mañana clara, tamizada por alguna que otra veta gris, miles de personas escenificaban sus deseos de cambio frente a globos de helio amarillos que parecían enredarse entre las fibras de un aire que olía a celebración. Frente a decisiones políticas claramente injustas, hay un montón de gente para quienes salir a la calle en nombre de tantos miles de bebés no nacidos supone la mejor manera de imaginar un futuro en el que, decidir quién puede vivir o morir, no se convierta en un derecho, la ventana por la que asomarse a una España que siga teniendo esperanza. Los no nacidos también son uno de los nuestros. La jornada del pasado sábado nos dejó cientos de instantáneas como la de arriba. Quizás usted mismo se ha descubierto en algún rostro, y si no es usted, en una esquina estará el vecino, el compañero del colegio de sus hijas, o la señora que le vende el pan cada mañana… Todos apostando decididamente por ser del montón que da vida. Todos gritando el triunfo de vivir…

Y mientras miles de personas salían a la calle en Madrid, el Papa recibía a niños autistas con sus padres. Una de las fotos del encuentro es ésta de Francisco con un niño con síndrome de Down. Lugares distintos, contextos y protagonistas diferentes, pero un mismo mensaje: cada vida importa.

Eva Fernández