Cuando la misión dejó de ser territorio prohibido para los curas diocesanos

El nacimiento del Instituto Español de Misiones Extranjeras, cuyos orígenes se remontan a 1920, abrió las misiones al clero diocesano español en un momento en el que esta labor estaba reservada a los religiosos. Ahora la institución celebra su centenario y «recoge muchas de las realidades vividas» para «dar gracias a Dios por ellas» y también para «mostrar la realidad actual de la misión», asegura su director general

José Calderero de Aldecoa
El sacerdote diocesano José Luis Ruiz Hernández durante una celebración, con su comunidad en África. Foto: José Luis Ruiz

El nacimiento del Instituto Español de Misiones Extranjeras, cuyos orígenes se remontan a 1920, abrió las misiones al clero diocesano español en un momento en el que esta labor estaba reservada a los religiosos. Ahora la institución celebra su centenario y «recoge muchas de las realidades vividas» para «dar gracias a Dios por ellas» y también para «mostrar la realidad actual de la misión», asegura su director general

El sacerdote José García González tuvo suerte. Antes de que le mandaran a la misión estudió por su cuenta inglés, por lo que desembarcó en la colonia inglesa de Rodesia –actual Zimbabue– en 1957 de la mano del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME) defendiéndose en la lengua de Shakespeare. «Pero había compañeros que no sabían ni una palabra del idioma y lo pasaban realmente mal», asegura el misionero, nacido en Madrid en 1930, en conversación con Alfa y Omega. Otra de las adversidades para las que no habían sido preparados era para las enormes diferencias culturales con los países de destino. En un momento histórico –finales de los años 50– en los que todavía no se había inventado ni siquiera internet, viajar al extranjero era dirigirte a lo desconocido y «este choque cultural era, en muchas ocasiones, traumático». Sin embargo, Garcigonza –como conocen cariñosamente a este misionero en el IEME– también esquivó por algún tiempo el encontronazo con las costumbres del África más autóctona, porque «fui destinado, muy a mi pesar, a la nunciatura del Vaticano en Sudáfrica». Allí vivió una experiencia que él mismo califica de «no misionera», durmiendo incluso en colchones de pluma, pero que aceptó con absoluta obediencia y que se acabó dos años después, cuando fue «destinado directamente a la selva». Entonces, el colchón de pluma dejó paso a una estera sobre el suelo y los salones de la nunciatura se convirtieron en la choza más precaria. «Me encargaron abrir una misión en mitad de la selva y ser el primer párroco», pero su primer trabajo fue reponerse de una brutal crisis de adaptación que solo consiguió superar gracias a la oración y al ímpetu de su todavía floreciente juventud: 29 años.

Una vez recuperado, el misionero madrileño se empeñó en las necesidades más acuciantes: la salud y la educación. «La gente sufría mucho y había que remediar el dolor». Entonces, «empecé por conseguir medicinas y abrir en la casita un dispensario, que era una habitación, para aliviar el sufrimiento». La segunda prioridad era el combate contra la ignorancia: «La juventud no iba a tener futuro sin educación y se empezó con las escuelas», rememora.

En esta labor educativa destacó un segundo misionero, José Luis Ruiz Hernández, que llegó algunos años después a la misma misión de Garcigonza y que hoy vive junto a él en una casa del IEME en Madrid. «En su época no se elegía destino en la misión, pero en mi año ya se estableció una mejora en el IEME y, por lo menos, ya te dejaban expresar tus preferencias. A mí, sin embargo, no me mandaron ni a Mozambique ni a Colombia, donde había solicitado destino, sino a Rodesia. El trabajo principal que me encargaron fue el de la educación», aclara este misionero soriano de 83 años. «Era el responsable de doce escuelas, pero cuando Garcigonza se puso enfermo en 1962, me tuve que hacer cargo también de sus escuelas y, en total, supervisaba el trabajo en 35 de ellas».

A pesar del exhaustivo trabajo, que se desarrollaba en coordinación con el Ministerio de Educación, Ruiz Hernández hacía mucho más de lo que se pedía. «Desde el Gobierno nos exigían que hiciéramos dos visitas al trimestre a cada escuela para evaluar su desarrollo, pero yo hacía muchas más porque realmente me interesaba que las cosas funcionasen bien», asegura el misionero, al que se le «quedó grabado para siempre lo que decía Nelson Mandela de que “la educación es la mejor herramienta para el desarrollo de un pueblo”».

Ruiz Hernández en su trabajo de supervisor de escuelas. Foto: José Luis Ruiz

Evangelización por ósmosis

Más allá de las cuestiones sanitarias o educativas, los sacerdotes del IEME iban a la misión a compartir la fe. Pero esta «se transmitía casi por ósmosis mientras se desarrollaban precisamente los proyectos», asegura Ruiz Hernández. «Había, por supuesto, las sesiones específicas de catecumenado, de estudio de la Biblia, la reunión dominical, pero no hacía falta más que una sencilla invitación y la gente se apuntaba. La fe se les iba contagiando en el día a día, mientras trabajábamos juntos en los proyectos, por eso mismo no había que forzar nada».

Lo habitual era que la gente pasara en el catecumenado dos años. «Si en ese tiempo se veía que era una persona honrada en su decisión, que asistía los domingos a la reunión dominical, que participaba en los trabajos comunitarios; si se veía a alguien que no era egoísta, que no buscaba solo favorecerse a sí mismo, sino que quería cooperar con todos, pues entonces se le preparaba para el Bautismo y se le bautizaba», rememora el misionero.

Sin embargo, toda esta labor se vio interrumpida con la llegada de la guerra de independencia, en la que Rodesia dejó de ser colonia británica –1980– y se comenzó a llamar República de Zimbabue. Los misioneros tuvieron que paralizar la misión a causa del conflicto pero consiguieron, por lo menos, salvar la vida, y se dieron cuenta del nivel de apoyo que tenían entre la gente. «Si no murió ninguno de nuestros misioneros fue gracias a los lugareños, que cada vez que se acercaba un grupo armado nos avisaban para que escapáramos y nos volvían a llamar una vez que pasaba el peligro», asegura José Luis Ruiz.

Recordar a los mártires

Pero en la historia del IEME, sin embargo, «no han faltado persecuciones, como el encarcelamiento durante dos años de uno de nuestros misioneros en Mozambique, y hasta el asesinato de algunos compañeros», asegura Luis Ángel Plaza, director general del instituto desde mayo de 2018. «En Guatemala, por ejemplo, mataron a uno durante la guerra civil. Fue muy duro. También acabaron con otro misionero en Perú, que se oponía a las corruptelas del Ayuntamiento de su zona».

Todos ellos serán recordados durante el centenario de la institución, que se celebrará a lo largo de este año 2020 y que ha sido convocado para «recoger muchas de estas realidades vividas», «dar gracias a Dios por ellas», y también para «mostrar la realidad actual de la misión», asegura Plaza.

Luis Ángel Plaza con un grupo de niños en una de las misiones del IEME. Foto: Luis Ángel Plaza

120 sacerdotes misioneros

Después de 100 años de historia, el IEME está formado por 120 sacerdotes diocesanos misioneros, aunque más de la mitad –70– se encuentran en España a causa de la edad o por motivos de salud. Los que todavía permanecen en el extranjero están repartidos entre Japón, Tailandia, Zimbabue, Mozambique, Zambia, Benín, Perú, Brasil, Guatemala, Nicaragua, Cuba, Costa Rica y República Dominicana.

Los que ya han vuelto no conocen, sin embargo, la palabra jubilación. «A pesar de ser tan mayores es impresionante la ilusión que todavía tienen por trabajar, por ayudar, por colaborar aquí en lo que puedan», asegura el director general. De hecho, «una de las cosas en las que siempre hemos insistido es que uno es misionero siempre, esté allí o esté aquí, y con ellos estamos intentando formar un grupo con el que visitar los seminarios o tener algunos encuentros para animar al resto de sacerdotes diocesanos a plantearse su vocación misionera».

Relevo en Tailandia

Uno de los últimos presbíteros en responder a esa llamada ha sido Julián Mansilla. Él es uno de los misioneros del IEME más jóvenes –y eso que tiene 52 años–, y es el único que ahora mismo se encuentra en el periodo de formación. Con el paso de los años, en el instituto se implantó una etapa formativa que incluye un curso de misionología, otro en el que se estudia la propia institución, varios meses previos de aprendizaje de la lengua local y una experiencia misionera en el futuro destino para ir conociendo el terreno, las costumbres, las personas de la misión…

Mansilla hizo las prácticas con el IEME en Tailandia, donde el misionero permaneció los pasados meses de octubre y noviembre. Allí se encontró una «situación socioeconómica aceptable. Hay una pobreza generalizada, pero no se pasa hambre». A la situación pastoral la describe como «pastoral de artesanía». «Hay que cuidar, uno a uno, a cada feligrés, porque son muy pocos. En el país solo hay un 0,5 % de católicos y en la parroquia puedes reconocer a cada uno por su nombre y apellidos».

Algo parecido ocurre en el IEME, cuya situación actual pasa por la escasez de vocaciones. «Algunos están preocupados por el número y la edad. Es verdad que al haber menos sacerdotes diocesanos hay menos misioneros del IEME y hay que buscarle una solución para poder seguir manteniendo la misión», explica Luis Ángel Plaza. Sin embargo, el director general termina la conversación con Alfa y Omega subrayando la palabra «priorizar». «Como somos menos, debemos estar atentos para detectar las necesidades más acuciantes en la misión y priorizarlas. Se trata de ver las realidades locales que están más abandonadas, los desafíos más grandes, y ponernos a servir en ese contexto», concluye.


Con el Evangelio de Burgos a Cuba

A principios del siglo XX las misiones estaban prácticamente reservadas en España a las órdenes religiosas. Sin embargo, el sacerdote santanderino Gerardo Villota se rebeló contra esta manera de proceder y dedicó su vida a espolear al clero diocesano español para que también ellos respondieran al mandato evangélico de «id por todo el mundo y predicad el Evangelio». Con esta misión, Villota creó antes de morir el Colegio Eclesiástico de Ultramar, semilla del Seminario de Misiones de Burgos –encargado por el Papa Benedicto XV al cardenal Benlloch– y de su heredero, el Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), que «está integrado por sacerdotes diocesanos que se asocian para la misión ad gentes», asegura su director Luis Ángel Plaza. La obra fue culminada en 1920 y tres años después ya mandó a sus primeros sacerdotes a Colombia. En los años sucesivos se extendió por Hispanoamérica y en 1953 el IEME dio el salto a Asia y desembarcó en Japón y, posteriormente, en 1991, en Tailandia. África recibió a los primeros misioneros de la institución en 1949. El último lugar al que llegaron fue Cuba, en 2001.

José Calderero de Aldecoa @jcalderero