Cuando no hay más receta que el amor

Si la semana pasada comentábamos Quédate conmigo, una película protagonizada por un matrimonio de ancianos, uno de ellos aquejado de Alzheimer, hoy volvemos de nuevo la mirada a esa dolorosa realidad, pero de una forma mucho más dramática: la enferma no pasa de los cincuenta años. Un canto a la familia y al amor que vuelve a cuestionar la Solución Final propuesta por Haneke en Amor

Juan Orellana
Escena de la película Siempre Alice

Si la semana pasada comentábamos Quédate conmigo, una película protagonizada por un matrimonio de ancianos, uno de ellos aquejado de Alzheimer, hoy volvemos de nuevo la mirada a esa dolorosa realidad, pero de una forma mucho más dramática: la enferma no pasa de los cincuenta años. Un canto a la familia y al amor que vuelve a cuestionar la Solución Final propuesta por Haneke en Amor

Los directores Richard Glatzer y Wash Westmoreland llevan años trabajando juntos. En 2001, nos ofrecieron un producto deplorable pseudopornográfico llamado The Fluffer (El estimulador). Algo mejoró la cosa, pero no demasiado, con Quinceañera, en 2006. El pasado mes de diciembre, se estrenó en España, en circuito on-line, el biopic sobre Errol Flyn, La última aventura de Robin Hood. Con esta película, los realizadores sin duda subían enteros, aunque es llamativa su querencia por los temas de sexo y drogas, presentes en todas sus películas…, menos en la que comentamos hoy, Siempre Alice, una notable cinta basada en la novela de Lisa Genova, doctora en Ciencias neurológicas por la Universidad de Harvard. Indudablemente, Glatzer y Westmoreland firman la mejor obra de su carrera.

El Alzheimer, que sufren 25 millones de personas, tiene cada vez más presencia en la cartelera, con películas muy variopintas, desde la nihilista Amor, de Haneke, a la luminosa Quédate conmigo, de la que hablábamos la semana pasada. También en cintas españolas esa enfermedad degenerativa aparece como telón de fondo de diversas tramas, como en Las manos de mi madre (Mireia Gabilondo, 2013), Amanecer de un sueño (Freddy Mas Franqueza, 2008), o La mitad de Oscar (Manuel Martín Cuenca, 2010).

Siempre Alice se centra en la vida de la familia Howland, en Nueva York. John (Alec Baldwin) es un importante médico, su esposa Alice (Julianne Moore) es una conocida lingüista y profesora en la Columbia University, de Nueva York. El matrimonio tiene tres hijos, Anna, casada y embarazada; Frederic, que tiene novia; y la pequeña, Lydia (Kristen Stewart), también independizada, aunque ha preferido dedicarse al teatro en vez de entrar en la Universidad.

La vida de la familia Howland transcurre feliz, hasta que Alice, preocupada por sus pérdidas de memoria y, sobre todo, por extraviarse en su propio campus, decide ir al neurólogo, el cual, tras las pruebas pertinentes, le diagnostica un Alzheimer prematuro. Su vida personal y familiar tiene que replantearse enteramente, y en muy poco tiempo ya nada volverá a ser como antes.

Sobriedad y realismo

Escena de la película Siempre Alice

La película es muy ponderada y no recurre a excesos melodramáticos, ni a sobrecargas emocionales de sentimentalismo barato. Al contrario, su sobriedad está al servicio de la credibilidad de los personaje, llenos de realistas claroscuros. Éstos se plantean dilemas morales muy razonables: ante una enfermedad irreversible de enajenación total, ¿es razonable sacrificar la propia carrera profesional? ¿Dónde acaba el sentido común y comienza el egoísmo? Marido e hijos tendrán que declinar estos conflictos, cada uno desde sus circunstancias particulares, y la película no juzgará sus decisiones. Sin embargo, sí que se señala claramente con el dedo al personaje de Lydia, la rebelde de la familia, la inconformista…, y la que se lleva peor con su madre. Ella será capaz de la mayor generosidad, y la que pronuncia la última palabra del film, Amor, como un brindis irónico dirigido al cineasta austriaco Michael Haneke. Ciertamente, hay una escena en la que Alice se plantea la posibilidad del suicidio como única salida, pero a diferencia de Amor, aquí se presenta como una opción secreta de la protagonista, que bajo ningún concepto podría ser aceptada por su familia.

La puesta en escena, en sintonía con todo lo que acabamos de decir, es muy diáfana, esencial, sin oropeles que adornen innecesariamente lo que sólo debe ser expuesto con la mayor delicadeza. Pero esto no serviría de nada sin una actriz todoterreno como Julianne Moore, que nos regala un festival interpretativo lleno de registros. Un contenido Alec Baldwin expresa el dolor silencioso de un hombre que sabe controlar sus emociones. Pero la gran sorpresa es Kristen Stewart, que demuestra lo que no supo demostrar en la saga Crepúsculo: que es una excelente actriz. Sin duda, una película más que interesante.

Juan Orellana